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A la memoria del Padre Mgrdich

Una historia que merece ser rescatada del olvido

Padre MgrdichEn mis años de estudiante, me agradaba sentarme en el banco que se hallaba en la parte sur del convento principal de Surp Echmiadzín, desde donde contemplaba extasiado el campanario espléndidamente construido con sus delicados ornamentos.

Es una edificación de piedra, elocuente, plena de vitalidad, entrelazada al pasado y que cautiva el corazón.

Un faro esperanzador que se yergue hacia lo inmaculado y puro de entre la oscuridad del paisaje.

Si bien es construcción de un período tardío, si no estuviera, difícilmente otra cosa le daría ese encanto al entorno. En ella es posible ver a simple vista el talento y sublimidad particulares, inherentes a la arquitectura armenia.

A menudo sucedía que temprano en la mañana, antes que yo, ocupaba ese lugar el Padre Mgrdich, oriundo de Aparan, corpulento, de cara redonda, un personaje canoso y de expresión meditabunda.

Su piel era tan blanca como su barba y cabellos, tanto que parecía una masa desprendida de la nieve resplandeciente del Masis.

Era uno de los sacerdotes ordenados por el desafortunado Catolicós Jorén Muratbekian, arzobispo de Ereván en aquel tiempo. Cinco humildes postulantes provincianos, carentes de educación superior, son ordenados sacerdotes en diferentes pueblos. Uno de éstos era el Padre Mgrdich, que según su propio testimonio, el arzobispo que lo había ordenado, en su sermón había dicho al pueblo: “Ninguna voz se asemeja a la voz del cura oriundo de Aparán, es lo que importa, no miréis otra cosa”.

A pesar de todo, hay que señalar que esos humildes sacerdotes realizaron obras más meritorias hacia los creyentes que estaban bajo su cuidado, que una serie de eclesiásticos universitarios de hoy en día, cuya vanidad y conducta deshonesta, delata a cada instante, su esterilidad espiritual.

Y realmente, ninguna voz era como la voz maravillosa del Padre Mgrdich y en cuanto a su fe, no tenía límite alguno. Muy pocos en la Iglesia leían la Biblia como él. Al leer se emocionaba y conmovía a sus oyentes.

La voz del Padre Nicol, también era excelente, pero era más despreocupado respecto a la lectura de la Biblia. En cierta ocasión, en que la lectura del evangelio de ese día era muy extensa, el Padre Nicol se llevó el dedo a la boca humedeciéndolo y al dar vuelta la página murmuró: “Este muchachito judío me tiene aburrido”…

Era el período más cruel de las persecuciones que desencadenaron los comunistas contra la iglesia. Cientos de clérigos que ocupaban distintas funciones eran arrestados, entre ellos, el Padre Mgrdich. Los funcionarios de seguridad del estado soviético Checa * con gran dificultad, logran contenerlo.
Se entremezclan golpizas, insultos, injurias. Lo acusan de actividades antisoviéticas y lo declaran enemigo del pueblo, pero él, no comprendía qué era eso de ser “enemigo del pueblo”; él conocía sólo un pueblo y ése era el pueblo armenio del cual era servidor y no enemigo, era el guardián y defensor de sus valores sagrados.

Pobre, Padre Mgrdich, no percibía que justamente esto, era un gran delito en esos días.

El sacerdote vejado y herido hasta lo más profundo de su alma estaba sentado frente a su principal inquisidor, un miembro de la Checa de baja estatura, rostro porcino, ojos de expresión severa, desprovisto de todo sentimiento humano. Miró con repulsión al Padre Mgrdich y ordenó:

- Confiese qué instrucciones ha recibido del Catolicós para ayudar a los elementos antisoviéticos.

- No he recibido instrucciones de esa índole. El Catolicós jamás da órdenes a sus sacerdotes, éstas son efectuadas a través de los prelados.

- En ese caso diga los nombres de esos prelados, que lo han empujado a la actividad política clandestina.

- No he recibido ninguna instrucción de orientación política, soy una persona completamente ajena a la política, sólo predico el Evangelio y realizo oficios religiosos. Jamás he prestado atención a la orientación política de los feligreses.

- Entonces se niega a mostrar evidencias. Pero aquí nosotros tenemos muchas pruebas de sus expresiones antisoviéticas; lea por ejemplo, este documento.

La prueba se basaba en delaciones escritas y en los testimonios sustraídos de los distintos interrogatorios forzados, de varias personas, donde estaban anotadas múltiples expresiones de carácter disidente atribuidas al sacerdote, de las que sólo una mínima parte eran ciertas, aquéllas en las que él expresaba a sus allegados su disconformidad respecto a los operativos antirreligiosos emprendidos por las autoridades.

El interrogatorio realizado al Padre Mgrdich, obviamente, era una farsa. Su destino ya estaba decidido. El arresto de múltiples inocentes como él, simplemente formaba parte del plan estatal de eliminarlos y de esa forma destruir la iglesia, plan del cual el sacerdote no sabía nada. Estaba sumamente perplejo ante las calumnias orales y escritas sobre su persona. Si bien no le manifestaron los nombres de los autores de éstas, comenzó a sentir repugnancia ante toda esta situación.

Era una época tal, en la que se concedía el apodo de héroe al hijo que delataba a su propio padre, y el clérigo que violaba a una joven virgen era merecedor de un alto cargo, en tanto que los clérigos honestos y piadosos, eran eliminados.

Así se debe obrar, había dicho Lenin, conductor ideólogo del Estado: “El sacerdote que viola a las vírgenes es menos peligroso que esos clérigos irreprochables, idealistas, democráticos y predicadores de Dios”.

El indagador ordenó al Padre Mgrdich firmar el documento de inculpación, que se le había dado a leer, equivalente a su condena.

- No firmo, - dijo tajante.

- Veremos si no firmas, - dijo el funcionario de KGB y ordenó a sus subalternos pasar a la obra.

Una vez más golpiza e insultos. Luego amenazas con arrestar a toda su familia si se niega a firmar el acta de culpabilidad.

Hay momentos, en los que el ser humano sin querer, se entrega a su destino, momentos en que él mismo se apresura hacia lo inexorable, con tal de liberarse de la pesadilla que atormenta todo su ser. El Padre Mgrdich esperaba esto, con angustia.

Si bien no temía a la golpiza, quería que ese interrogatorio llegara a su fin, quería proteger a su familia y finalmente, quería librarse de mirar el repulsivo rostro del comisario.

Por eso decidió firmar las acusaciones infundadas hechas contra él, o sea, su propia condena.

Los emisarios armenios de la tristemente célebre Checa de las autoridades soviéticas, al igual que sus otros colegas, eran ejecutores del plan. Generalmente desprovistos de personalidad, eran individuos completamente vacios de la comprensión de los valores humanos, sumisos ejecutantes de las órdenes superiores y así tenían que ser, pues eso se les exigía a quienes trabajaban en esos organismos para la salvaguarda de su insignificante existencia.

En esa época los funcionarios de la Checa, considerando que habían llevado a cabo el plan de pena de muerte a ultranza, en vez de fusilar al Padre Mgrdich lo deportaron a la lejana Siberia, teniendo en cuenta que por su robusta complexión, podría soportar los trabajos que se realizaban en las pésimas condiciones de ese lugar y así sería útil al estado.

Pasaron ocho largos años. En la profundidad de los frondosos bosques de Siberia, el Padre Mgrdich había talado tantos árboles que sus manos desacostumbradas al trabajo físico se habían tornado toscas. Al igual que las gélidas estepas de Siberia se habían congelado muchos sentimientos, dulces y melancólicos recuerdos y tal vez la mejor manera de resguardar éstos era su congelamiento, o sea, no pensar en ellos.

Pero no podía resignarse a permanecer lejos de su propia familia, ya que ni las múltiples capas de los glaciares de Siberia eran impotentes de mermar la llama ardiente de la nostalgia que sentía por ella. A veces trataba de pensar que no había tenido pasado, que no había tenido siquiera una familia, ni patria, que todo había sido un sueño, y que ha despertado de ese sueño, encontrándose frente a frente a una fría realidad: el trabajo forzado.

Por las noches, acostado sobre el burdo lecho del campamento, el Padre Mgrdich quería dilucidar el misterio de su vida, para comprender cuál es el límite entre el sueño y la realidad, pero pronto el sueño lo vencía y dormía como un tronco, extenuado y sufrido. Al día siguiente se repetía la misma letanía. Y así pasaron ocho largos años.

Un día, inesperadamente, se recibe una orden “de arriba” para una determinada parte de los exiliados que había logrado sobrevivir de alguna forma en los campamentos de exterminio soviéticos, de regresar a sus hogares patrios. Entre estos se hallaba el Padre Mgrdich.

- ¿Qué había sucedido?

El estado soviético había introducido ciertas modificaciones respecto a los métodos de persecución de sus propios ciudadanos. En especial había disminuido la persecución respecto a la iglesia, porque en la guerra desencadenada contra los fascistas, al costo de millones de víctimas, la Unión Soviética había logrado salir victoriosa y la iglesia había aportado su amplio apoyo moral y material para asegurar ese triunfo. Sin embargo, esta vez las autoridades intentaban utilizar ésta institución para las metas políticas que perseguían. Generalmente, otorgaban altos cargos y puestos a aquéllos clérigos que colaboraban con ellos y quienes se negaban a hacerlo eran privados de privilegios, siendo a menudo víctimas de crueles calumnias y represiones.

Finalmente, el Padre Mgrdich, consumido por las penurias y el dolor tuvo la suerte de reunirse con su familia. Luego de restablecerse unos días junto a ella, va a Echmiadzín para visitar al arzobispo Kevork, electo lugarteniente (locuum tenens) del ya fallecido Catolicós de todos los armenios.

Mientras narraba, la voz del sacerdote se ahogaba de emoción. Me había contado la misma historia muchas veces, y siempre con la misma congoja, esforzándose para contener las lágrimas, pero sin lograrlo. Luego de calmarse un poco proseguía.

“Entré por el portón del monasterio y dirigí mis pasos hacia la residencia del patriarca, donde se hallaba su lugarteniente y ¡qué veo! hacia mí venía un individuo bajo y calvo. Cuando estuvimos frente a frente lo reconocí de inmediato: era el comisario de Checa que me había interrogado y torturado, el causante de mi deportación a Siberia, que había ido a visitar al arzobispo por recomendación del Estado. Lo miré fijamente, nuestras miradas se cruzaron y por un instante ninguno de los dos pudo pronunciar palabra. El me reconoció. Nuestras miradas estaban llenas de odio. Yo estaba colmado de sentimientos de justa venganza, pero al mismo tiempo sentía repulsión hacia ese ser tan vil; quería aplastar su cabeza y faltó poco para que lo hiciera, si de pronto no me hubiera percatado de las lamentables consecuencias que tendría para mi familia.

El verdugo sentía todo el peso de la mirada plena de coraje y venganza de su víctima, pero, en vez de reflexionar, se enfurece aun más. No logra aceptar que un sacerdote campesino y sin estudios se atreva a mirarlo así.

-Tú, vociferó, cómo fue que volviste del exilio? Yo te voy a demostrar cura canalla, qué significa ser enemigo de nuestro Estado, vas a volver allí de donde viniste.

Dicho esto, se marchó. Al escuchar sobre la deportación el Padre Mgrdich se estremeció. Su adversario no le había dado tiempo de proferir palabra y él, furioso ante su propia impotencia de hacer algo, comienza a llorar amargamente. Tambaleándose sobre los escalones de piedra de la residencia, tras respirar profundamente varias veces, llega a la sala de recepción del arzobispo. Luego de saludos comienza a narrarle lo acontecido.

El lugarteniente del Catolicós, arzobispo Kevork, en su fuero interno odiaba a ese Chequista y a sus jerarcas, de cuyas manos no fue posible salvar la vida de muchos correligionarios inocentes.

Si bien ese funcionario de la Checa era el obediente ejecutante de la voluntad del tristemente célebre trío de la SEGURIDAD DEL ESTADO, generalmente, era sobre la base de sus interrogatorios que se tomaban las resoluciones de fusilamiento o deportación. Por eso, el arzobispo no pudiendo contener la ira profiere un irrepetible insulto dirigido a aquél y apacigua al sacerdote, diciendo:

- No te preocupes, pronto tendré la ordenación patriarcal como Catolicós de todos los armenios, y lograré desembarazarme de él; hoy, la situación no es aquélla en que él hace lo que quiere. Mientras tanto, trata de evitarlo.

Y en verdad, el valiente y virtuoso arzobispo logra salvar al pobre padre Mgrdich de ser deportado nuevamente, pero no pudo neutralizar totalmente a su inexorable verdugo.

- Ahora,- dice el Padre Mgrdich,- el tiempo me permite pensar bastante sobre mi pasado. Antes muchas cosas me parecían un sueño, pero ahora comprendo que mi vida jamás fue un sueño. Por mucho tiempo, incluso en el otro mundo, voy a sentir las huellas de los oprobios físicos y espirituales de que fui objeto.

A través de los ojos marchitos y empañados por la ancianidad y los sufrimientos del Padre Mgrdich vislumbro el océano inenarrable de dolor que sentía su noble alma, ¿quién puede aliviar esos sufrimientos?, ¿quién puede contestar sus preguntas que aun hoy permanecen sin respuesta? y por fin, ¿quién puede asegurarle a él o pronosticar que lo sucedido con su generación jamás volverá a repetirse en nuestra patria tantas veces herida?

Pasaron décadas luego de aquellos días en que me sentaba a sostener charlas interesantes con el Padre Mgrdich, tomando como testimonio una serie de hechos del pasado que son dignos de estudio y útiles para conocer mejor el alma humana. El Padre Mgrdich ya no está entre nosotros. Que Dios tenga en su gloria el alma dolida y exhausta de su siervo fiel.

Hoy, estoy sólo, sentado en el mismo banco que se encuentra en la parte sur del campanario erguido hacia lo alto de la Catedral de San Echmiadzín.

A mi lado caminan los representantes de nuestra novel generación, inconscientes del destino aciago de esos clérigos de vida irreprochable, perseguidos y martirizados en un pasado no muy lejano.

Tal vez así sea mejor, sólo que no vuelvan a repetirse esos trágicos tiempos cuyo recuerdo desgarra muchos corazones.

A menudo recuerdo el aspecto diáfano del Padre Mgrdich con su sencillez campesina, su fe inmaculada, con su sublime fidelidad digna de su vocación humana y de su apostolado; una persona, que jamás se resignó a la injusticia, pero hasta el fin de sus días jamás supo por cuál de sus pecados había sido perseguido y condenado a largos años de deportación y trabajo forzado.

Evoco también a ese hombre cuyo destino está ligado al del Padre Mgrdich, y que fue su perverso inquisidor, el individuo que hirió irremediablemente su dignidad humana. Un monstruo que ejecuta a ultranza el plan de asesinar y torturar gente. En dos ocasiones debido a asuntos relativos al Estado y a la Iglesia, me crucé con él. La segunda vez sus ojos estaban hinchados de forma descomunal, su rostro estaba transfigurado. Después de esto, apenas vivió unas semanas.

He aquí dos personajes: dos seres completamente opuestos, como a menudo suele reflejarse en la vida.

La víctima y el verdugo. Bendicen la memoria del primero y oran por el descanso eterno de su alma; mientras que el recuerdo del otro es acompañado de maldiciones.

Tanto es así que el día del entierro del comisario, su viuda, una mujer buena y piadosa pidió al obispo Husik una oración para el alma del difunto. Monseñor que por fortuna aun vive, tajantemente negó esa petición aludiendo:

- No, no rezaré por él; él no es digno de la oración del clérigo armenio.-

**(Che-Ka = Чрезвычáйная Комиссия, ChK = Chrezvycháinaya Komíssiya, ‘Comisión Extraordinaria’, luego KGB).

Arzobispo Hagop Kelendjian (Primado de la Iglesia Apostólica Armenia del Uruguay)

Traducción Alis Atamian

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