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Alejandro Tantanian: “Falta una obra sobre el Genocidio Armenio”

A Tantanian se le nota el compromiso con el arte en los ojos; unos muy expresivos, honestos. El hoy director del Teatro Cervantes es, además de actor, por supuesto, autor, director, régisseur, cantante, docente, traductor y gestor cultural. Hablar con él resulta una experiencia única: es todos esos personajes delineados con un pincel propio, con su sello de identidad.
Ph. Ernesto Donegana

Su primer contacto con la cultura fue de parte de su tío Levón Sasyan: la rica biblioteca cautivó a un pequeño Alejandro y ya las cosas no serían iguales. Alejandro Tantanian fue el responsable de la obra que se llevó a cabo en el Luna Park en el homenaje al centenario del Genocidio Armenio: “Falta una obra sobre el genocidio -comenzará diciendo-, algo que entre el circuito tanto artístico como comercial. Cuando hicimos Luna Park se habló pero no prosperó”. Su idea de penetración cultural vía el teatro, dice, es en contraposición “a las telenovelas turcas que tan hábilmente se han metido en nuestra cotidianeidad para decir su propio discurso y anular el otro. Es necesaria una obra fuerte, quizá un musical y entrar cual caballo de Troya”.

El despliegue artístico de aquella velada del 29 de abril de 2015 se hizo bajo la rigurosa supervisión de Tantanian que logró uno de los momentos más emotivos de nuestra historia diaspórica. Habrá que repetirla. “Fue muy conmovedor hacer el espectáculo con el coro armenio de las cien voces, Jairo, Patricio Contreras. Un show contundente”.

Forma parte del colectivo de autores Caraja-jí y del grupo de teatro experimental El Periférico de Objetos; además ha participado en numerosos festivales internacionales y lo ha hecho merecedor de diversos premios. Es el primer artista del campo teatral argentino seleccionado para la beca Akademie Schloss Solitude de Stuttgart en Alemania. Sus piezas han sido estrenadas en Argentina, Brasil, Uruguay, Francia, España, Italia, Bélgica, Austria y Alemani. Dirige Panorama Sur una plataforma de formación e intercambio para artistas y es curador de Artes Teatrales del Museo de Arte Moderno.

—Mi madre nació en Rusia cerca del Mar Negro pero de ambas partes soy armenio. Ella vino con mis abuelos, es hija única, llegaron en la década del 50. Habían emigrado en el ‘41 pero vivieron en Alemania y en Francia. Mi padre, que falleció en el ‘92, fue el primero de su familia en nacer en Argentina. Él no hablaba armenio, mi madre, sí, que también hablaba mucho ruso, claro. Y yo no tuve educación en armenio.
Mi relación con la armenidad era a través de la cocina, mi abuela materna la mantuvo siempre aunque muy mezclada con la rusa, esto es comíamos borsch con hummus (risas). Sí recuerdo ir a Homenetmen algunas veces o a la iglesia. Tuve una relación, diría, reactiva con la comunidad. Pero cuando fue lo del Luna fue maravilloso, me encantó hacerlo. Por eso lo que hicimos a partir de la convocatoria fue importante: hacer algo para la colectividad pero que despegara con un poco más de vuelo.

—¿Cómo te formaste?

—Fui al Numen y luego al Nacional Buenos Aires, a los trece empecé teatro en la Universidad Popular de Belgrano, cerca de casa. A los 14 tuve mi primer trabajo en esa compañía como asistente de dirección y ya no paré. Ingresé en Psicología de la UBA. No terminé, lo hice porque me gusta estudiar y veía una vinculación con el teatro. Ya salía de gira, tenía funciones todas las semanas, seguía estudiando teatro, claro. Mis maestros fueron Laura Yusem, Augusto Fernándes, Norman Briski, Juan Carlos Gené y en la dramaturgia, Ricardo Monti y Mauricio Kartun. Luego comencé a dar clases.

—Hay una estrecha relación entre el teatro y el psicoanálisis.

—Sí, Briski como Pavlovsky lo hacen, eran muy amigos y veían el teatro del mismo modo. Tato era un gran psicoanalista y antes que eso, psiquiatra. Trabajaba técnicas de psicodrama y cruzaba estas disciplinas.

—¿Antecedentes artísticos en tu familia?

—No profesionalmente, pero mi madre formaba parte de un conjunto de danzas folklóricas armenias en Rusia. De la familia de mi viejo había una rama que eran cantantes del coro de Gomidás.

—¿Cómo surge ser director del Teatro Cervantes?

—En 2016 me convocó Enrique Avogadro, en ese momento en Cultura de Nación, para la dirección del Cervantes, lo pensé dos meses porque no deja de ser un cargo público pero uno tiene que hacer lo mejor que puede sin adscribir al funcionario de turno. Nuestra dirección tiene absoluta potestad sobre contenidos y ejecución de presupuesto y llevamos a cabo ciertas políticas que nada tienen que ver con las políticas culturales. Tuvimos una serie de pedidos, se cumplieron y aquí estamos. Avogadro luego pasó a Ciudad pero con Pablo Avelluto nos entendemos perfectamente. Objetivamente, es un proyecto muy visible y por eso hay una especificidad que logramos nosotros y desde Cultura acompañan. Tenemos una independencia de gestión pero defienden cuando tienen que defender. Este año en el teatro llevamos a cabo la Asamblea de las Mujeres, la acción de inicio alrededor de los feminismos y las luchas por los géneros, ahora está Edipo Rey de Sófocles en cartel dirigido por Cristina Banegas, Tadeys de Lamborghini, una maravilla. Hicimos Integral Pavlovsky con las 33 lecturas de sus obras dramáticas, cosa que no había ocurrido en ningún teatro nacional, habían asignaturas pendientes… Hicimos Marx Nace, también, Romancero Gitano sobre Lorca, claro. Nos interesa ser un teatro contemporáneo que discuta y polemice con las cuestiones que importan, que interpelen a la personas, una caja de resonancia para la sociedad. Hemos hecho acciones concordantes con esos postulados que generó una enorme empatía con el público. Antes, por ejemplo, el promedio del público del Cervantes era de 63 años, hoy es de 41; más del 20% de las personas que asisten, es la primera vez que vienen al teatro. Es el primer teatro accesible del país, esto es, tenemos funciones para gente con discapacidad visual y auditiva. Y son funciones integrales, no es que haya funciones especiales para discapacitados: todos pueden ver la misma obra con lenguaje de seña, código QR, audio descripciones, cosa que no ocurre en ningún teatro del país. O las comunidades LGTB no se veían representadas pero hicimos un Copi completamente trans y vinieron bachilleratos trans enteros: el 40% de ellos jamás había ido a un teatro.

—Grandes logros, ¿cuántos más, verdad?

—Muchos más, ojalá que muchos más.

Un objeto. Lo ruso y lo armenio estaba muy mezclado. Conservo un juego de té de mi abuela que trajo de Rusia, un pequeño ícono de oro y una campana de bronce que suena como los ángeles.

Lala Toutonian
Periodista
latoutonian@gmail.com

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