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Ana Arzoumanian: “No distingo la herencia de la identidad”

Abogada, traductora, poeta y ensayista.
Ana Arzoumanian

La distinción es la clave. Una voz, una palabra, una obra. Un cuerpo, un territorio, una comunidad. Todos y cada uno de estos elementos hacen una unidad y la diferencian de las demás. Acaso la poesía resuma todo. Ana Arzoumanian es su mejor representante.

Ana Arzoumanian es dueña de una palabra única, la de la poesía. Acaba de publicar La Jesenská (Paradiso), la mujer detrás de Kafka más el recorrido de la caída de otro imperios. Como Walter Safarian, nuestro primer entrevistado para esta sección coincide en la importancia de su formación y como tantos, aprendió castellano en el colegio, «Jrimian significa mis primeros vínculos más íntimos y el modo de relacionarme con las cosas». Refiere al amor que le inculcó la institución sobre lo que no está, la Armenia que no está, una construcción del amor sobre lo que se imagina. Observadora de ojos magnánimos, participa culturalmente en Argentina, en el exterior y en Armenia de modo incansable: «A la comunidad armenia en nuestro país la veo consolidada en relación a la identidad. Pero es una identidad que va hacia el pasado, que respeta el legado y repite la tradición pero tiene muy poco espacio, quizá por miedo, a la asimilación, a las rupturas, a lo nuevo. En Armenia también tienen una mirada al pasado, al territorio perdido. Hay que revalorizar el pasado pero sin dejarlo anquilosado, desanetesiarnos del pasado es fundamental».

—¿Cuál es tu formación y el devenir literario, la relación sangre-letra?
—Escribo por necesidad. Porque me siento tocada por la belleza y el dolor del mundo. Y ante esa sensación de estar en consonancia, escribo porque debo responder, me siento responsable por formar parte de un tiempo. Escribo para adelante pero también para atrás. Escribo lo que mis abuelos perdieron, para recuperarlo; escribo esa imposibilidad.

Vengo del derecho porque me gustaba la diplomacia; formé parte de un grupo de estudio de derecho internacional, fui profesora de filosofía del derecho y estudié varias lenguas. Pronto advertí que la diplomacia necesitaba de la negociación como herramienta y mi mirada era más visceral. Encontré en la literatura ese lugar privilegiado de poner en el banquillo de acusados al menos sospechado e indagar no los hechos, sino las emociones. ¿Cómo se podría conformar un tribunal internacional que indagara los sueños, el goce de los personajes, ese tartamudeo detrás de los rostros? Mi decir tomó dos aristas: la poesía y la investigación de ese vértice entre ficción y derecho. Bajo la inspiración de pensadores belgas y norteamericanos fui bordando ideas en ese intersticio y, hace dos años, me encontré con un grupo de trabajo en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires que ahonda y legitima el entramado: derecho-ficción, poesía-derecho.

—¿Cómo es tu herencia armenia?
—Mis abuelos llegaron escapándose del genocidio. La familia materna (Karakashian- Kalaydjian) vino desde Gürün, y la paterna (Arzoumanian) desde Bursa. Mi abuelo paterno perdió a su primera esposa y a sus cuatro hijas. Lo habían alistado en el ejército otomano y cuando volvió a la aldea, su familia ya no estaba. Solo tengo el registro de los nombres y las edades que tenían en el momento de su desaparición. Acarreó esos nombres escritos en una Biblia, único objeto que traía en su valija. Mi abuelo materno ha dejado esposa e hija, mi abuela: su esposo. Es ese estallido de lo familiar, allí donde no hubo un cuerpo para velar, ni sepultura donde llorar. Allí donde todo los escombros devinieron lugares de veneración como lugares posibles de encuentro de los restos, allí el arte. Quizá por eso mi literatura sea una literatura de escombros porque, de algún modo, me he convertido en una devota de las ruinas. La herencia armenia es vasta y no distingo la herencia de la identidad. Me he educado en Jrimian, en la época en que Armenia era soviética y bajo el ideario tashnatsagán. Eso implicaba un ávido deseo de retorno y de constante reivindicación. Luego esos ideales se fueron reinventando, el retorno con una Armenia libre se hizo posible, pero menos romántico. Y la reivindicación en mí ocupó un lugar más compasivo, si se pudiera utilizar ese término. Compasión con la víctima, para salir del lugar de la victimización eterna y compasión con ese mundo del horror no más horroroso que Ruanda o Sarajevo.

—¿Cómo ves el papel de la mujer tanto en Armenia como en la comunidad local?
—Podría escribir un ensayo sobre la primera parte de la pregunta, y otro de la segunda. Ambas están moldeadas desde la idea de «sacrificio». De neto corte religioso, el sacrificarse hizo que la mujer armenia anclara su identidad en la maternidad colocando a lo familiar como lugar constituyente. En el caso de la diáspora habría que revisar estos modelos. Observar cómo la categorización de lo familiar como lugar nodal de la sociedad responde a una familia esencialmente rota, desaparecida. Tener presente esas madres que se mataron, mataron, se ahogaron, enloquecieron. Y el modo en que las futuras generaciones de madres «sobreactuaron» ese rol como manera de desandar el desastre anterior. Una generación que no se interrogó sobre el deseo y que embargó su cuerpo y su emoción.
La mujer en Armenia: debemos pensar en la mujer en la era soviética y postsoviética. Si bien en ambas también prima la idea de sacrificio, pero una abnegación de corte diverso a la diáspora. La renuncia de la mujer en Armenia es la resignación sobre el hijo/hija para el orden nacional. La construcción de la Nación pone a la Madre/ Mujer como pilar de privación. Privada de su propio hijo/hija con miras a construir una integridad territorial. El cuerpo de la mujer/madre es un cuerpo que entrega sus frutos a la tierra. Y por entregar, digo dar para la guerra. Hay un diseño colectivo (nacional) del deseo personal que no solo abarca a la mujer, sino que lleva al hombre a cierta utilización de ese cuerpo para proteger y afianzar las fronteras de la Madre-Patria. Una mujer que albergue la vitalidad que es, según Spinoza, un afecto alegre. Toda afección triste es una disminución en nuestra vitalidad.
En Argentina, las dinámicas son otras. No hay una disputa territorial, no se vive al vecino como amenaza. Aquí lo conminatorio es un sistema de vida, es la idea de consumo dentro del teconocapitalismo. De modo que el cuerpo de la mujer, también del hombre, han devenido espacios consumibles; protésicos, intervenibles, modificables según un diseño al modo serial. Veo el rol de la mujer como una nueva distribuidora de modos afectivos y, entonces, como una justa compañía redefiniendo soberanías. Recordemos que juris-dictio significa «decir lo justo» y es utilizada para designar un territorio sobre el cual se ejerce un poder. Serán otros modos, como manera de decir: Será justicia.

Lala Toutonian
Periodista
latoutonian@gmail.com

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Arménia y Diáspora