Armenia después de las urnas: Ganar no alcanza

Las recientes elecciones parlamentarias en Armenia dejaron un resultado que, a primera vista, parece contundente. El oficialismo encabezado por Nikol Pashinián obtuvo cerca del 50% de los votos emitidos. Sin embargo, detrás de esa cifra existe una realidad mucho más compleja.
De un padrón cercano a los 2,5 millones de ciudadanos, participaron alrededor de 1,5 millones de votantes. Incluso aceptando plenamente la legitimidad del proceso electoral, el respaldo obtenido por el gobierno está lejos de representar a toda la nación armenia. Más de la mitad de los ciudadanos habilitados para votar no apoyó a este proyecto político. Y si ampliamos la mirada hacia la diáspora armenia, cuya población supera ampliamente a la de la propia República de Armenia, el panorama resulta aún más discutible.
La cuestión central ya no es quién ganó una elección. La ganó Pashinyan. La verdadera pregunta es qué hará con esa victoria y qué país pretende construir a partir de ella.
Durante años, el actual primer ministro edificó su legitimidad denunciando los errores, los abusos y la corrupción de los gobiernos anteriores. Pero llega un momento en que ningún gobernante puede seguir viviendo de las faltas de sus predecesores. La historia concede un tiempo para señalar responsables; después exige resultados.
Hoy Armenia necesita respuestas sobre las promesas incumplidas, sobre los errores políticos y estratégicos cometidos, sobre las omisiones que condujeron a pérdidas irreparables y sobre una Revolución de Terciopelo que prometió una nueva era democrática y terminó coincidiendo con uno de los períodos más dolorosos de la historia reciente armenia.
Porque la revolución que llegó sin violencia terminó acompañando años de guerra, pérdidas territoriales, desplazamientos masivos y un profundo deterioro de la seguridad nacional.
Pero quizás la pregunta más inquietante no sea qué hará el gobierno con el poder que acaba de consolidar, sino contra quiénes decidirá ejercerlo.
¿Será este nuevo período una oportunidad para reconstruir consensos o asistiremos a una profundización de las divisiones internas?
¿Continuará la confrontación con sectores de la oposición, con la Iglesia Apostólica Armenia, con la diáspora y con todo aquello que representa una parte esencial de la identidad nacional armenia?
¿Seguirá instalándose la idea de que toda crítica constituye una amenaza y que todo disidente es un enemigo?
Porque cuando un gobierno comienza a considerar sospechoso todo aquello que no controla, termina enfrentándose no sólo a sus adversarios políticos, sino también a las instituciones y símbolos que dieron forma a la nación mucho antes de su llegada al poder.
La existencia de elecciones no garantiza por sí sola la salud de una democracia. También importan la independencia de la justicia, la libertad para disentir, el respeto por la oposición y la capacidad de aceptar cuestionamientos sin convertirlos en actos de deslealtad nacional.
Durante demasiado tiempo se instaló la idea de que denunciar los errores del gobierno debilitaba a Armenia. Como si el patriotismo consistiera en callar.
Pero ocurre exactamente lo contrario.
La crítica no debilita a una nación. Lo que la debilita es la incapacidad de corregir errores. Lo que la debilita es una dirigencia que deja de escuchar porque se convence de que posee la verdad absoluta.
También merece una reflexión profunda la idea de que alejarse de la influencia rusa conduciría automáticamente a una protección occidental más efectiva. La realidad volvió a demostrar que las potencias actúan según sus intereses y no según las necesidades de Armenia.
Entre los intereses de Oriente y Occidente, entre acuerdos, presiones y negociaciones cuyos alcances muchas veces permanecen ocultos, Armenia experimentó uno de los períodos de mayor deterioro político y estratégico desde su independencia.
A ello se suma una realidad que muchos armenios observan con preocupación: la pérdida progresiva de soberanía en decisiones fundamentales, el abandono político de Artsaj, la creciente disposición a relativizar o resignificar aspectos esenciales de la lucha por el reconocimiento internacional del Genocidio Armenio y una política exterior que parece más preocupada por satisfacer exigencias ajenas que por defender los intereses nacionales.
No es extraño entonces que la oposición a este gobierno ya no sea únicamente política. Lo que está en discusión es una visión integral del futuro armenio.
Porque la historia enseña algo fundamental: los pueblos no desaparecen cuando pierden una elección, ni siquiera cuando pierden una guerra.
Los pueblos comienzan a desaparecer cuando dejan de reconocerse a sí mismos.
Cuando consideran que su memoria es un obstáculo.
Cuando su fe es un problema.
Cuando su diáspora es una incomodidad.
Cuando Artsaj se convierte en un tema del pasado.
Cuando la soberanía se vuelve negociable.
Cuando el Genocidio deja de ser una causa nacional para transformarse en una molestia diplomática.
Y cuando la unidad nacional es reemplazada por la obediencia política.
Por eso, levantar la voz frente al poder no es un acto de traición. Es un acto de responsabilidad.
Porque el día en que amar a Armenia signifique callar frente a sus gobernantes, la derrota ya habrá comenzado.
Y si alguna vez Armenia conserva sus instituciones, sus fronteras y su bandera, pero pierde su memoria, su dignidad, su soberanía y la conciencia de quién es, entonces no estaremos frente a una victoria política.
Estaremos frente a algo mucho más grave:
la lenta renuncia de un pueblo a sí mismo.
Hagop Tabakian
Representante del Comité Central de la FRA - Tashnagtsutiún de Sudamérica