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Avances turcos y azeríes en nuestras comunidades

Opinión

Turquía-AzerbaidjánLa lucha por la Causa Armenia tuvo siempre muchos frentes, en especial cuando desde la década del 80 surgió la batalla por la liberación de Artsaj objetivo que se agregó a las reivindicaciones armenias en torno al genocidio sufrido en manos de Turquía y su impostergable reconocimiento mundial y las compensaciones correspondientes.

El rol de la Diáspora siempre fue claro porque desde el inicio mismo de la lucha tuvo a su cargo el mayor peso de la tarea. Labor que desarrolló durante muchas décadas mediante la participación de miles de voluntades en todas las colectividades del mundo. Con un estado inexistente, la nación armenia debió bregar por sus consignas apoyándose en algunas organizaciones políticas, sociales y benéficas que incorporaron a sus objetivos la ímproba faena de velar también por la identidad nacional.

Esa cruzada tuvo muchos más éxitos que fracasos y gracias a la concreción de numerosos objetivos, Armenia no perdió su presencia en el concierto mundial debido a que la Diáspora reemplazó al gobierno ausente por siete décadas en todos los frentes abiertos.

A partir de 1991 la República de Armenia recuperó su independencia, pero las condiciones vigentes en el país hicieron que sus prioridades se centraran en la reorganización de su sociedad castigada cruelmente, primero por tantos años de falta de democracia, y luego por la acción de distintos gobiernos que siempre se mantuvieron alejados de las necesidades de su pueblo. En ese contexto era difícil suponer que esas administraciones prestaran la atención correspondiente y buscaran conciliar tareas y objetivos nacionales que seguían estando a cargo de la Diáspora.

Hoy, un cuarto de siglo después, la situación es casi la misma. Por un lado la Diáspora y sus instituciones como el Consejo Nacional Armenio o la Asamblea Armenia de los Estados Unidos, por el otro una diplomacia que parece estar más preocupada por lo protocolar que por la verdadera función de representar políticamente a una Armenia que vive en constante crisis.

Como decíamos al principio, la exitosa guerra de liberación de Artsaj trajo más deberes para aquellos que trabajan con denuedo por los intereses de armenios del mundo. Ereván centra su atención en determinadas regiones y otras como la sudamericana están muy alejadas de su bitácora. Turquía y Azerbaidján, aliadas contra el pueblo armenio, trabajan mancomunadamente para contrastar los importantes logros de reconocimiento obtenidos en todo el mundo.

Ambos enemigos de Armenia apostaron a librar su batalla en otros terrenos para neutralizar la tarea de Causa Armenia. Así, utilizan muchos medios para imponer presencia y ganar voluntades tanto de la gente, como de los políticos y gobernantes de América del Sur.

Distintas organizaciones de fachada cultural o de carácter de lobbystas trabajan con el financiamiento de las arcas oficiales de Ankara y Bakú. El personal de su servicio exterior está altamente entrenado y es habitual ver a sus recaderos visitar legisladores de cada uno de los países de la región. Pocos días atrás, esas poco habituales “gestiones” lograron una declaración  parlamentaria en Asunción, contraria a los intereses armenios.

Y qué tenemos de este lado del mostrador, poco o nada, pues a pesar de lo que se pueda argumentar, la realidad es que Armenia es prácticamente desconocida en los despachos parlamentarios tanto de Argentina, como de Chile, Paraguay, Uruguay u otros países cercanos.

No tenemos derecho a dilapidar tantos esfuerzos llevados a cargo por varias generaciones. Los militantes de nuestra causa seguirán trabajando sin descanso, pero esa voluntad debe dejar de ser solitaria y debe transformarse en una acción solidaria donde Armenia y sus connacionales del exterior enfrenten a sus enemigos codo a codo.

De otro modo, deberemos preparar barricadas para contener la invasión turco-azerí que ya se asoma por nuestras tierras. Basta de discursos vacíos, es hora de acción. Cada vez queda menos tiempo.

Jorge Rubén Kazandjian

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