Historias de armenios que emigraron de Grecia a la Argentina

Con la música a otra parte...

15 de agosto de 2018

Excursión de scout de Homenetmen Atenas 1946

Excursión de scout de Homenetmen Atenas 1946

Es un domingo nuboso de 1956 en Buenos Aires. El día de la inauguración de las actividades de la flamante agrupación scout “Ararat” de Homentemén. En el campo de deportes del club todo está listo para el inicio de la ceremonia y los asistentes esperan impacientes el comienzo del desfile. En el palco oficial están los invitados, las autoridades de la institución y Der Shavarsh, el sacerdote que bendecirá el evento. A su lado, el “ieghpair” Garbís y el “ieghpair” Baruir, dos de los jefes scout que fundaron la agrupación. Los tres se conocen desde hace tiempo. Kalí arjí (*), se desean. No lo hacen en armenio ni en castellano. Años atrás llegaron desde Grecia –junto a miles de inmigrantes armenios- a la “tierra prometida”, la lejana Argentina. Y decidieron seguir trabajando en pos del scoutismo armenio, algo que habían aprendido a hacer en Atenas.

apostillaY gracias a ellos, durante más de sesenta años, generaciones de scouts aprendieron –entre muchas otras- las canciones “Eperásame ómorfa” y “Yupi ia ia” con versos armenios. La primera en su traducción literal (“Menk antsutsink shad aghvor”) y la segunda, en una versión modificada del griego. Pasaron décadas hasta que descubrí el origen de estas canciones cantadas hasta el cansancio... A principios de los ´90 escucho por primera vez a un cantante de pelo largo y canoso -famoso en su tierra- cantar al piano “Yupi ia ia” en griego. Se llama Lukianós Kilaidonis. Me sorprende y me alegra a la vez... El refrán es el mismo, pero los versos difieren. “Tinos ine vre guineka ta pediá?” (“Mujer, ¿de quién son los niños...?”) pregunta el marido en tono gracioso. Es el andarti -“guerrillero” de la resistencia griega- que de regreso a casa, quiere saber... si son del guermanará o del macaroná... (**). Lobato de nueve años en 1969, había aprendido –sin saberlo- una canción del Katojí... (***)

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“O mikrós” (el pequeño) y “parea” son dos de las primeras palabras griegas que aprendo de mis padres. La primera la pronuncian cada vez que no me tengo que enterar que hablan de mí... La segunda está siempre presente en las conversaciones familiares. Extraña palabra griega desde el punto de vista etimológico. “Parea” proviene del español “pareja”, que ha pasado al griego con el significado de “grupo de amigos”, mientras que en español no existe una palabra que exprese esa idea...

La parea pues, se junta a menudo, en especial los fines de semana largos y los feriados. La componen parejas de entre treinta y cuarenta años, en su mayoría con hijos. Todos sus integrantes son primera generación de hijos de sobrevivientes del genocidio de 1915 o del que culminó en 1922 en las costas de Asia Menor. Y todos, sin excepción, nacidos en Grecia. La mayoría son de Kokkiniá o de Fix (algo así como Alsina y Palermo, respectivamente) con algunas excepciones de Salónica o de Kavala. Hablan armenio entre ellos y no ven con buenos ojos que los armenios “locales” se hayan convertido en “hispanohablantes”...

Mucho hablar en armenio, pero cuando se juntan, se divierten en griego. Las cargadas y las bromas son moneda corriente. Es lo que llaman “hacer plaka”. Además, tienen sus propios códigos de comunicación. Para expresar desaprobación, negación o desacuerdo, mueven la cabeza hacia arriba o levantan las cejas. Otras veces, exclaman “Ná...”y al mismo tiempo hacen un gesto raro mostrando una o ambas palmas de las manos abiertas con fuerza hacia el interlocutor, algo que no parece indicar nada bueno...

Y sobre todo, cantan, bailan y festejan, casi exclusivamente en griego. Simonig es el que anima. Canta y toca el acordeón o el buzuki. Todos lo acompañan cantando apasionadamente “Ena vradi pu ébreje” (“Una noche lluviosa”), “Manduvala” y otros éxitos de los ´40 y los ´50. Al son de “Den ime o Giorgos pu agapuses mia forá” (“No soy el Jorge que entonces amabas”), baten el récord de participación y entusiasmo... Y a su alrededor, el “público” presente admira el festejar de los grandes... Es la “parea” de los chicos, sus hijos, que si bien no entienden las palabras, se saben de memoria casi todo el repertorio. No serán “Los chicos del Pireo”(****), pero les encanta escuchar a sus madres cuando ellas lo cantan...

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Hasta en nuestro colegio -el Jrimian- tenemos “representantes” de Grecia en el cuerpo docente. La “Diguin” Neredian y “la” Baidzar, maestra y directora de armenio. Incluso “la” Madlén, que vino de Alejandría, sabe algo de griego. A principios de la década del 70, tengo que preparar mi lección especial de geografía de séptimo grado. La presentación a la clase será sobre... Grecia. Tengo que juntar material y voy seguido a la embajada, en Diagonal Norte, donde unas señoras me proveen de abundantes folletos turísticos, fotos y mapas del país. “Pero hijo, decime una cosa, vos naciste allá?”, me pregunta “la” Selfa -nuestra maestra- asombrada por el conocimiento detallado de los sitios que voy mostrando a mis compañeros a través del proyector.

Por esa época llega al colegio una chica de Grecia. Son, tal vez, los últimos en venir. Le comento que sé algo de griego. Le digo unas palabras y sonríe. “Sé también muchas canciones”. Insiste para que le cante alguna. Y no tengo mejor idea que cantarle “Tora pu séjasa, éniosa ti isun gia mena” (“Ahora que te he perdido, siento lo que eras para mí...”), un tango griego de amores de 1949, que había aprendido de mi madre... A diferencia del “cantante”, ella entiende las palabras de la canción... “Tenés buena pronunciación...” dice tímidamente, como para salir del paso...

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La “prolongación” del colegio son los micros escolares dentro de los cuales pasamos “prolongadas” horas al día debido a las distancias. Y para hacer más entretenidos los interminables recorridos, allí también está presente la “inmortal” canción griega, gracias a los hermanos Kirazian, que se las conocen todas. ¿Y cómo no iban a conocerlas? Su padre es el propietario de “Zorba el griego”, taberna con música en vivo en la Av. Independencia, donde frecuentan marineros griegos que bajan de los barcos mercantes y miembros de la “comunidad greco-armenia” de Buenos Aires.

Así, un “coro” de cuatro desafinados, nos ponemos a cantar a menudo en griego en el micro, rompiéndoles la paciencia a nuestros compañeros de viaje y al chofer. Lo curioso es que ni entendemos lo que cantamos ni llegamos con la letra al final de las canciones... “Esta la cantábamos en el micro...”, es un flashback que tuve al escuchar por primera vez después de muchos años “Efigues ke pigues makriá” (“Te fuiste y marchaste lejos”), en la inconfundible voz de Viky Mosjoliú, una de las cantantes más populares...

Años más tarde, abre Kalispera. Los que lo frecuentan son los mismos. Yannis, el propietario, un bigotudo con cara de cretense, canta y toca el buzuki. Escucho que le piden parangueliés, “encargos” o pedidos especiales para que toque o cante una determinada canción. El que la pide tiene la tácita “autorización” de bailarla en la pista, solo, sin ser molestado por los demás. Solía hacerlo el rebetis, hombre de los bajos fondos del Pireo, una especie de “guapo” porteño pero a la griega. De allí que el rebético –aceptado y popularizado después-sea para los griegos lo que el tango para los argentinos. La diferencia es que a partir de una determinada época, la mayoría de los rebetis en Kalispera son armenios que le piden parangueliés... al “gordo” Arturo!

Mientras tanto, ha llegado un “vapori” -barco mercante- de Grecia, que siempre viene con algún encargo. Esos sí, son especiales... Algún uzo o latas de lakerda (*****). También vinilios de 45. Mientras los veo girar en la winco, me pregunto por qué a los mayores les gustará tanto escuchar a este tipo “con voz de borracho” cantando la célebre “Sinefiasmeni kiriakí” (“Domingo nuboso”, canción muy popular entre los griegos, algo así como “En esta tarde gris”, salvando las distancias...). Tsitsanis, se llama. Es el rey del rebético. Una leyenda viva...                                                                                                                                                . . .

Es 1968 y nuestro colegio está cerrado desde hace días. No por vacaciones sino por inundaciones. El riachuelo se ha desbordado y toda la zona de Valentín Alsina está bajo un metro de agua contaminada... La insaciable curiosidad de mi padre, el taxi que nos deja apenas cruzar el puente y ya estamos ante el espectáculo dantesco. Las calles por donde pasamos con el micro todos los días son ahora ríos por donde la gente anda como puede, unos a pie con el agua hasta el pecho, otros en barco... De pronto, se acerca un bote dentro del cual hay una familia que trata de salvarse y escapar de la catástrofe. El que rema es un hombre vestido de negro. Escucho a mi padre hablarle y preguntarle... en griego. Es el pope ortodoxo de la zona! Recuerdo esa escena -versión surreal griega de “Pompeya y más allá la inundación”- cada vez que escucho “Vgueni i varkula tu psará” (“Sale el barquito del pescador”), una popular canción infantil... Sólo que en esa ocasión no fue del psará (pescador), sino del papá (sacerdote)...

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Invierno de 1970, mi tío regresa de su primer viaje a Grecia desde que la familia llegara a Buenos Aires en 1949. Cuenta detalladamente todo lo que vio en Atenas, su ciudad natal y en Durguti, el “barrio” armenio de Fix. Lo que ha cambiado y lo que sigue igual. Historias de todos y de cada uno. Quiénes todavía siguen allí y quiénes se han ido a Canadá... Lo más interesante para mí, es la “caja” portátil negra que trae de regalo: un pasacasete Phillips. Y muchos casetes con las viejas melodías conocidas y el éxito del momento, “Na tane to ikosi ena” en la voz de Dalaras, dedicada a la gesta emancipadora de 1821 contra los turcos. Escuchar esa canción forma parte de la rutina diaria, en casa y sobre todo en el negocio, donde todos los mediodías después del almuerzo, un pequeño grupo se junta a tomar el café. Y a rememorar las historias, los lugares y los personajes de Durguti...

Pero lo mejor empieza cuando llega el Guermanós. Se llama Djimi pero le dicen “el alemán” por lo rubio. Simpático, agradable y siempre sonriente, tiene un aire de actor de Hollywood. Es armenio pero habla en griego con la velocidad de los griegos y tiene una capacidad increíble para imitar en todos los idiomas, sin conocer ninguno. Es la alegría de mi padre. Llama por teléfono a sus proveedores judíos y le pide a Djimi que les hable en “idish-español”, imitando a un supuesto cliente con marcado acento judío... La risa en el negocio es indescriptible... Mientras tanto, Dalaras sigue cantando...

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A mediados de 1973, la parea está alborozada. Llega a Buenos Aires Theodorakis con su orquesta. He escuchado a Tsitsanis, a Mitsakis, a Vamvakaris y hasta a Jadzidakis. Es el turno del gran Mikis. Mi padre vuelve entusiasmado del recital en el teatro Rex pero algo noto en su rostro. “No eran las canciones que conocemos...”, me dice algo desilusionado. Igual, ha comprado los tres LP del compositor que se vendían a la salida del teatro. El mueble-estereofónico del salón de casa no para de tocar -día y noche- los éxitos de Theodorakis... Por su parte, el país vive momentos críticos. Lanusse ha convocado elecciones y como resultado, Perón se prepara para volver y asumir su tercera presidencia. Al mismo tiempo, escucho noticias sobre un “Politécnico” en Atenas, donde los estudiantes se han levantado contra la junta de los coroneles...

Los domingos escuchamos en la radio “la hora griega”, que presenta una mujer de voz dulce y agradable. La cortina musical de inicio es una melodía de flauta campestre. Años más tarde me dicen que se llama Tsopanakos (pastorcito), señal característica hasta hoy de la Radio y Televisión griega. Y como el mundo es muy pequeño, conozco por casualidad a Nina, -la de la voz dulce y agradable- que ha venido a instalarse en Atenas, después de muchos años de trabajo como secretaria de la embajada griega en Buenos Aires... ¿Habrá sido una de esas “señoras” que me daban los folletos? Quién sabe...                                                                                                                                             

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Invierno boreal de 1980. Viajo por primera vez a Atenas. Todo me parece conocido. Me entero de que en la calle Sfiggós, cerca de la avenida Syngrú, todavía existe la antigua Surp Garabed, iglesia armenia de la época de nuestros padres y abuelos. Como antaño de madera y chapa, pero convertida en taller mecánico! “Pasen, pasen, muchos armenios de afuera vienen a verla...” El propietario nos recibe amablemente. Nos dice que ese barrio era el de los refugiados armenios y yo pienso en los míos, que vivían a pocos metros de la iglesia... Al año siguiente vuelvo a Atenas. Mi amigo Zirair tiene una sorpresa para mí. “Te va a gustar, estoy seguro”, me dice. Esa misma noche –un domingo nuboso y frío- estamos sentados en una taberna donde toca y canta Tsitsanis junto a la incomparable Sotiría Belu. En ese momento ha dejado de ser aquel de la “voz de borracho”... Al final, los dos cantan Sinefiasmeni kiriakí y me pongo a cantar con ellos... Hoy, todavía no me lo puedo creer. Pero eso ya es otro cantar...

Dr. Ricardo Yerganian

 

(*)“Buen comienzo”, en griego.

(**)Despectivos de “alemán” y de “italiano”.

(***)Período de la ocupación de Grecia -de 1941 a 1944- por los nazis alemanes y los fascistas italianos, durante la Segunda Guerra.

(****)“Ta pediá tu Pireá”, canción que interpreta la actriz Melina Mercuri en la película “Nunca en Domingo”.

(*****) Conserva de bonito en escabeche.

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