Opinión

De nación milenaria a republiqueta hay sólo un paso

25 de febrero de 2021

Uno de los pilares del equipo de redacción y edición de nuestro diario acaba de hacer una “observación” con respecto a nuestra última nota, la del “breve cancionero”. Deberíamos desarrollar notas de enfoque periodístico, ha dicho con razón, con relación al análisis que requiere la situación que se vive en Armenia. Cierto es también que uno ya no sabe de qué manera y qué palabras usar para describir todo lo que allí está sucediendo.

Cada vez que nos convencemos de que hemos encontrado el tema a desarrollar, sin dar tiempo a ordenar las ideas, aparece el siguiente e inmediatamente después, el subsiguiente. El resultado es que muchas “opiniones” quedan en el tintero debido a lo vertiginoso de los acontecimientos. Tal vez haya sido esa la causa del “cancionero”: un intento de “atrapar” la realidad sin que se nos escape de las manos...

Vayamos pues al análisis periodístico. Para ello es necesario un constante seguimiento de fuentes informativas de diversas tendencias: gubernamentales y opositoras, internas y externas, pro occidentales y pro rusas y hasta las de nuestros enemigos tradicionales. De todo ese bagaje informativo escrito y audiovisual desde ópticas variadas y contradictorias, es preciso sacar conclusiones y volcarlas “al papel”, como decíamos en épocas pasadas. Menuda faena.

Nos quedamos sin el pan y sin la torta. Armenia está atravesando los momentos más críticos y decisivos de su historia contemporánea. Desde 1988 a la fecha no fue moco de pavo todo lo que se había conseguido en cuanto a aspiraciones nacionales: derecho de autodeterminación –de facto‒ de Artsaj, regreso a una Armenia independiente, victoria en la lucha de liberación de territorios armenios ancestrales, formación de un ejército propio, reconocimiento internacional, relaciones bilaterales con vecinos estratégicos, apoyo de la diáspora con inversiones en Armenia y Artsaj, etc.

Todo eso y mucho más, como corrupción en los más altos niveles políticos y judiciales, desigualdad social, salarios y pensiones de miseria, etc. Y de pronto “vientos de cambio” soplaron aterciopeladamente en 2018, con la intención declarada de seguir el rumbo trazado y corregir los errores de los “anteriores”. Y la gente creyó. ¿Por qué no habría(mos) de hacerlo? Cansada de los “anteriores” vio en la palabra y en la figura del “nuevo” la esperanza de un cambio.

Hete aquí que casi tres años de gobierno y 44 días de guerra fueron suficientes para echar por la borda los logros –y fracasos‒ de los últimos 33 años. ¿Ineptitud? ¿Ignorancia? ¿Negligencia? ¿Dolo? Sólo un tribunal competente podrá determinarlo. El “Nuremberg” armenio tendrá que llegar tarde o temprano. A más de tres meses de finalizada la guerra, ya hay indicios más que suficientes de que tantos “errores” cruciales, decisivos y sucesivos, no pueden ser producto de la casualidad...   

Como consecuencia de la guerra se ha perdido la mayor parte de Artsaj y ahora se está perdiendo el sur de Armenia, en “trocitos”, día a día. Tramos de ruta que unen localidades armenias aparecen con carteles “Bienvendidos a Azerbaiyán”, banderas azeríes se plantan en alturas estratégicas, se entrega medio pueblo aquí, se pierden diez casas allá... Y esa inseguridad que mata. ¿Quién soporta vivir con familia e hijos en estascondiciones?

A eso apunta el enemigo: a que sin necesidad de una nueva guerra (por el momento) la población de las regiones fronterizas de Zankezur-Syunik desaloje sus hogares y abandone su suelo patrio. La pregunta es ¿dónde están los que tienen que velar por la seguridad e integridad física de esa gente? Porque sólo con las autoridades locales (el jefe del pueblo con un puñado de hombres) es imposible llevar a cabo esa misión. Sin duda, algo huele mal en la reino de Dinamarca...

Quien siembra vientos, recoge tempestades. La agencia oficial Armenpress acaba de informar que durante la última marcha de protesta en Ereván, “algunos manifestantes lanzaron huevos contra el edificio de los servicios de investigación especiales”.

Resultó ser un adolescente que una hora después de finalizada la marcha fue literalmente secuestrado en pleno centro de Ereván por unos tipos vestidos de civil quienes lo metieron por la fuerza en un coche particular y lo llevaron con destino desconocido. Al mejor estilo Falcon verde.

En la comisaría le dijeron que lo acusarán por “hooliganismo” y lo soltaron. Pregunta retórica: ¿Qué es más conveniente para un gobierno que ha perdido toda legitimidad popular, que los jóvenes y adolescentes se limiten a tirar huevos contra la pared o que se animen a ponerlos sobre la mesa?

Claro que en este último caso los jóvenes tendrían que tener en cuenta que el “estado tiene el derecho de disparar contra la gente”, tal como acaba de expresar un diputado oficialista llamado Antranik Kocharian, de muy mala fama por la corruptela generalizada existente durante los años que estuvo al frente de la región de Gyumrí. Y de muy mala fama también ahora, en su cargo de presidente de la comisión parlamentaria de Defensa y Seguridad y líder de la corriente que pretende establecer, yamismo, relaciones comerciales y bilaterales con Bakú y Ankara.

A ver si podemos explicar(nos) lo que sucede: en el estado caótico en el que se encuentra el país desde todo punto de vista, este gobierno ¿pretende ejercer el derecho de reprimir a la población descontenta abriendo fuego contra ella? ¿ríos de sangre en Ereván y en otras ciudades? Amenaza real o intimidación el señor Kocharian bien haría en dedicar su tiempo a la defensa de los pueblos fronterizos y sus habitantes... Claro que para él no existe tal problema.

El ejército de policías (boinas rojas, boinas negras, boinas azules, gorras Daniel Boone negras, grises, gorras pochito, encapuchados o vestidos de civil y hasta francotiradores en las terrazas) que hoy en día se dedica a la protección de las sedes y de los miembros del gobierno, bien podría estar en las fronteras cumpliendo con su cometido. Para no hablar de los “plus” que según se dice reciben por reprimir con violencia, o del chantaje gubernamental –en caso de no someterse a las órdenes‒ de sacar a la luz el escándalo de no haber querido participar, en su mayoría, en la guerra de Artsaj... 

Por la boca muere el pez. Eso de que la mentira tiene patas cortas lo hemos comprobado por milésima vez finalizada la guerra. No queremos volver sobre ese tema porque ya hemos llegado al hartazgo. Un dato: el muy explícitoArdzrún Hovannisian (el que durante 43 días repitió “venceremos”) luego de mantener silencio por largo tiempo, apareció un buen día haciendo declaraciones a la prensa. Lo único seguro es que esta vez no pudo convencer a nadie. Se le habrán acabado las dotes actorales. Eso sí, según “datos colgados del aire” –como dicen en Armenia al citar las redes sociales‒ ya ha hecho valijas y está en los EE.UU...

Si hay algo que reina en los círculos gubernamentales, en primer lugar en la figura del todavía primer ministro y en la de sus allegados, es la mentira. Fieles a los dichos “miente, miente, que siempre algo queda” y “la mentira cuanto más grande...” desde el primer día hasta hoy, no se cansan de mentir. Sería una lista muy extensa citar una por una las declaraciones malintencionadas, carentes de veracidad y las promesas falsas que se han pronunciado desde 2018 hasta la fecha en cuanto a la cuestión de Artsaj, a las relaciones con estados aliados, a la lucha contra la corrupción, a los tejemanejes durante la guerra... Hasta Goebbels se asombraría del manejo de la propaganda oficial y de la desinformación.

Pero lo peor es que esas mentiras que fluyen cual cataratas de bocas oficiales, muchas veces se transforman en manipulaciones tales que se tornan en verdaderos atentados contra la seguridad de la nación. Para dar un par de ejemplos, baste con recordar las palabras de Pashinyan sobre Shushí, esa ciudad según él “triste y descolorida”. “¿Cómo hablar de ciudad armenia cuando estaba poblada en un 90 por ciento por azeríes?” dijo hace poco sin rubor desde la legislatura. Con el mismo criterio, hace cien años Bakú, Sumgait, eran ciudades con gran presencia de armenios, ¿han dejado por ese motivo de ser azeríes?

El colmo de las mentiras y de las manipulaciones lo acaba de dar el primer ministro durante una entrevista a un medio dirigido por un siniestro personaje llamado Armán Babadjanyan. En un intento por responder a un comentario de su antecesor al frente del gobierno, llegó al extremo de decir que los misiles rusos “Iskander” no explotaron o “explotaron un 10 por ciento”...

“Sólo un idiota o un enemigo puede decir semejante cosa” aseguró Vazkén Manukian, ex ministro de Defensa en la guerra victoriosa de 1993-94 y hoy candidato propuesto por el movimiento opositor. Ni que hablar de los memes en las redes. Ni de la furibunda reacción de la prensa, de expertos militares y legisladores rusos. Poner en tela de juicio un armamento sofisticado ruso que sólo Armenia tiene en la región, es atentar contra las relaciones bilaterales con Moscú.

¿Ignorancia? ¿Manipulación premeditada? Nos inclinamos por lo último. Si Pashinyan ve su futuro inmediato saliendo con un helicóptero al estilo De la Rúa, pidiendo asilo en una embajada occidental para luego encontrar su salvación personal en el exterior, no nos sorprenden sus palabras. El chivo expiatorio estará servido: “los proyectiles rusos fueron los causantes de la derrota”.

Pero una vez más aparecen las patas cortas de la mentira. Hay una persona clave que no ha hablado públicamente hasta ahora. Es el comandante en jefe del ejército, Onnik Kasparyan. Es el hombre que más sabe sobre todo lo acontecido durante esos trágicos 44 días que llevaron a la muerte a cerca de cinco mil soldados y voluntarios armenios, con un saldo de más de diez mil heridos e incapacitados y un número aún no especificado de desaparecidos y prisioneros de guerra.

Lo tragicómico es que incluso ya acabada la guerra, no sólo siguen dando los nombres de los caídos en cuentagotas para apaciguar los ánimos de la población, sino que no informan sobre el número exacto de desaparecidos y prisioneros de guerra por considerarlo un “secreto de Estado”. ¿Secreto para quién? ¿Acaso en Bakú no saben sobre el destino de esa gente ni sobre su número?

Pero volvamos a Onnik Kasparyan. Hemos dicho que no ha hablado públicamente, lo que no significa que no ha hablado. Lo ha hecho ante Aram Kaprielyanov, un periodista armenio, magnate de la información en Rusia. En respuesta a los exabruptos de Pahinyan sobre los “Iskander”, Kaprielyanov ha decidido publicar sólo el siguiente fragmento de las declaraciones del jefe del ejército armenio:

“El tercer día de la guerra, en mi carácter de jefe del ejército, decidí hacer uso de los misiles Iskander contra dos objetivos estratégicos del enemigo: uno de ellos era el oleoducto Bakú-Ceyhán. Pashinyan lo prohibió de forma categórica a pesar de que los rusos nos dieron a entender de que ellos no se oponían. Tres días antes de la caída de Shushí le pedí a Pashinyan que permitiera lanzar dos misiles Iskander contra las fuerzas azeríes concentradas debajo de Shushí. Pashinyan lo prohibió categóricamente, diciendo que la comunidad internacional nos hará pedazos si llegamos a matar de una vez a miles de soldados enemigos. La única vez que me permitieron hacer uso del Iskander fue en dirección a Shushí. Y lo hice. Nos sirvió para llegar a meter unos cuantos tanques en la ciudad. Dos días después me ordenaron abandonar Shushí y retroceder”.

Si el propio Onnik Kasparyan o el ejército no desmienten públicamente en los próximos días esta cita que ha publicado Kaprielyanov, el tema es muy grave. Los comentarios sobran. Sólo que la comunidad internacional no parece haber hecho pedazos a Aliyev y a Erdogán por haber matado a miles de soldados armenios...

A cada cerdo le llega su San Martín. Podríamos seguir esta nota otro tanto. Pero ¿qué sentido tendría? Mal que nos pese y con todo el dolor del alma, debemos reconocer que de nación milenaria, Armenia se ha convertido en una republiqueta “bananera” (sin bananas). No sabemos si describir toda la situación como una tragedia “cómica” o una “comedia” trágica.

Semanas atrás se publicó en las redes un documento escrito de puño y letra por Ararat Mirzoyan, presidente de la Asamblea Nacional (Parlamento) en 2007, en el cual reconoce ser el agente “Omega” de los servicios de inteligencia. En realidad, se dijo que era un doble agente al servicio de Ankara y de Ereván. La reacción oficial fue un comunicado del Servicio de Seguridad de Armenia diciendo que Mirzoyan “no es agente extranjero...” Preguntado por los periodistas en los pasillos del Parlamento, mantuvo silencio. Tampoco desmintió que el documento fuera verdadero.

¿Alguien conoce algún país en el que los servicios de seguridad emitan comunicados semejantes, desmintiendo que el número dos en la escala gubernamental sea agente del enemigo? ¡Ni en aquel “Superagente 86”!  

Hace un par de días Pashinyan dio la muestra exacta de lo que es y de cómo se siente. Para ir caminando 150 metros, desde una sede del gobierno hasta la otra, el despliegue de las fuerzas policiales fue algo sin precedentes. Francotiradores en los techos, más de dos mil efectivos rodeando el lugar para no permitir el acceso ni aún de la prensa y un grupo de custodios y guardaespaldas a su alrededor, munidos de paraguas negros antibalas (como en “Los Vengadores”) y con portafolios negros plegables y también antibalas...

Claro que todo ese arsenal no sirvió para impedir que escuchara los gritos (no de saludo) de unos manifestantes que lograron acercarse al lugar.

La sociedad multipolarizada de Armenia está dando las primeras señales de que va saliendo de su estado de shock posguerra y de que se va dando cuenta que vive una realidad totalmente distinta a la prometida tres años atrás por Pahinyan y su equipo.

Si no fuera por la pandemia (que hizo estragos en un país tan pequeño) un gran porcentaje de armenios ya habría emigrado a otras tierras. No por esa tradición de emigrar, sino por la desilusión, la decepción y la falta de seguridad. Por eso de no ver luz al final del túnel. Y una Armenia sin armenios es justamente lo que el enemigo quiere.

Que nadie se engañe: si hace cien años vaciaron la Armenia occidental a través del Genocidio, hoy pueden lograr lo mismo en la República de Armenia y en lo que queda de Artsaj. No necesariamente a través de un nuevo genocidio sino mediante la emigración masiva y la posterior ocupación de territorios. Es cierto que Armenia tiene tratados bilaterales y multilaterales de defensa que puede y debe accionar. Pero eso supone la existencia de un gobierno que defienda los intereses nacionales y no lo que tenemos hoy.

Insanos, ignorantes, ineptos, vendepatrias, traidores, agentes de los servicios o simplemente enemigos. Cada cual tiene ya el derecho de pensar lo que le parezca.

Proveer de conformidad. Será Justicia.

Post data. Al cierre de esta nota las Fuerzas Armadas de Armenia han pedido la renuncia de Pashinyan y de su gobierno...

Ricardo Yerganian
Exdirector del Diario Armenia

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