Detrás de las flores

10 de marzo de 2020

La primavera se siente en las calles. Los días fríos ya han quedado atrás y en particular, este domingo tiene un brillo especial. Sí, efectivamente son los destellos que emanan las mujeres caminando sobre la Avenida del Norte vestidas de punta en blanco y prolijamente peinadas. Se me dificulta un tanto dilucidar con exactitud qué es lo que se esconde tras las máscaras de pestañas y los labiales colorados. Van y vienen parejas sonrientes; jóvenes con ramos de rosas que van hacia el encuentro de sus amadas. Los puestos de flores están colapsados de hombres eligiendo las mejores especies y por supuesto, las que su bolsillo pueda afrontar.

En los locales gastronómicos un sinfín de copas elevadas cobijan al vino que se zarandea en cada brindis bajo mensajes halagadores para las mujeres de la mesa. Mientras tanto fuera, se han dado las condiciones para un festejo con todas las letras, las letras que conforman el Día Internacional de la Mujer.

Si hoy no fuera domingo, sería feriado declarado por el Gobierno de Armenia. Bajo su halo, se organizan cuantiosos eventos y acciones. Todas ellas con el infaltable detalle floral. Flores en la calle; flores en los comercios, flores en los balcones. Y las mujeres nos sentimos a gusto. Nos sentimos honradas y respetadas. Como si aquel par de pétalos fuera el polvo mágico que haría realidad lo que nos prometen. El gobierno de la revolución trajo bajo su manga promesas de derechos ampliados para las mujeres, a modo de un chasquido de dedos que nos convertiría en una nueva mujer para una nueva nación. Al menos este año, el comunicado de salutación del Primer Ministro para las ciudadanas abordó la cuestión de la violencia doméstica y el activismo político de las mujeres en Armenia. “Al menos”, porque es la primera vez que el representante del Estado no se limita a vincular este día con la belleza, el amor, la maternidad y la familia. “Al menos”, porque desde la conquista de la independencia de 1991 es de las pocas veces (¿o nulas?) que el Estado hace referencia al liderazgo público de la mujer como prioridad en su agenda. “Al menos”, esta vez el Estado tomó posición; aunque la perspectiva de género frecuentemente transita de boca en boca sin aterrizar en políticas concretas.

Al tiempo que el mandatario anunciaba su compromiso para tomar medidas destinadas a proteger los derechos de la mujer, una niña de 13 años yacía en la cama de un hospital con lesiones graves y sin poder respirar por sus propios medios a causa de la violencia ejercida por la pareja de su madre. La mujer de 43 años no sobrevivió y pasó a engrosar la lista de casos de femicidios del país.

Como si su pérdida no fuera suficiente, comenzaron los acertijos sobre qué pasó, cómo fue, porqué. Comenzaron los prejuicios. Y allí está la sociedad armenia; la primera que desde el podio, aprieta el martillo crítico para sostener el manto que naturaliza la violencia. Inmediatamente, irrumpe el algo habrá hecho rechinando hasta el hartazgo. Arrasan las voces sentenciadoras resonando como ecos sobre las víctimas –si es que sobreviven- o sobre sus familiares. Pero también sobre todas -absolutamente todas- las mujeres que forman parte de más del 50% de la población armenia. Ecos impartidos desde masculinidades que nos indican cómo compotarnos y qué pensar, o nos juzgan cuando nuestras actitudes no corresponden a la de una mujer armenia. “Si conocieras tu lugar, esto no habría pasado”, “si fueras lo suficientemente inteligente, no te habrías metido en esta situación”, “si estuvieras casada, no se hubieran acercado”.

A simple vista, la mujer armenia debe ser correcta y agradable, debe casarse virgen y tener anhelos de ser madre, debe ocuparse de las tareas domésticas y del cuidado de los niños, debe ser quien se desprenda del hogar de su infancia para convivir con la familia de su esposo y atenderlo, no debe salir de noche, ni provocar habladurías en el vecindario. Y así, un sinfín de convenios arraigados a la construcción social de la mujer armenia, situada en el centro de un círculo vicioso donde todos los dedos apuntan a ella y deciden por ella. De este modo, afloran aquellos grupos de hombres enfurecidos en las calles recolectando firmas para evitar que Armenia ratifique la Convención de Estambul, bajo la justificación de que supone una amenaza a los valores tradicionales y a los principios de la familia armenia. Valores, por supuesto, que también han sido instaurados por hombres. Por otro lado, los medios de comunicación; guardianes indiscutibles de los lineamientos patriarcales de la sociedad armenia. Ya lo había revelado el colectivo Armenian Non-Government Organizations como parte de su reporte 2016 presentado a la CEDAW. La representación de la mujer en los medios se aleja demasiado de una mirada sensible al género, contribuye a la reproducción de estereotipos e internaliza normas discriminatorias. En los estudios de televisión circulan los valores típicos de un sistema conservador que atribuye a la mujer el carácter de objeto inmoral y marginalizado. Usualmente, los conductores ponen en tela de juicio el comportamiento de las mujeres que han desviado su actitud del recto camino de la damisela armenia. Por su parte, en los episodios de telenovelas abundan las escenas en las que las mujeres –no incorporadas a la esfera productiva- preparan el surch para los hombres de la casa o se maquillan frente al tocador. Incluso a este nivel semiótico, la brecha simbólica que contrasta los espacios masculinos y femeninos es inmensa.

Los roles de género se encuentran atrapados en un rígido aro de metal que no los deja deconstruirse. No los deja salir. Pero llegado a cierto punto, el aro comienza a apretar. Incomoda. Encuentra discordancias entre lo que es y lo que debería ser. Fallas de comunicación entre generaciones dentro de la misma sociedad armenia. Choques. Grandes choques, entre los pocos que se atreven a hablar y los que pretenden encubrir el oscuro espíritu del feminismo. “Porque los armenios no necesitamos el feminismo ni los valores occidentales. Nosotros tenemos nuestros propios valores. Los valores de la familia armenia”.

Más allá de las actitudes públicas conservadoras que obstaculizan la reconstrucción de la sociedad armenia sobre bases que respeten la igualdad de género, en la actualidad Armenia es protagonista de tímidos –muy tímidos- pasos hacia el cuestionamiento de su sistema patriarcal. A partir del derrocamiento del régimen anterior y el establecimiento del gobierno actual, el liderazgo político de las mujeres ha desplegado algunos giros. Aunque no los suficientes. En los días de movilizaciones y protestas, ellas salieron a las calles portando carteles con la inscripción “El lugar de las mujeres es la revolución”. El líder Nikol Pashinyan celebró esta delantera femenina y prometió fortalecer su lugar en la sociedad. Sin embargo, luego de su asunción tan sólo uno de sus 12 ministerios está encabezado por una mujer y ellas ocupan menos de la cuarta parte de las bancas parlamentarias.

A pesar de que los números reales de la participación fememina en la esfera política del país no son significativos, el discurso de los funcionarios estatales ha incorporado enunciados que los acercan a una mirada transversal de género. Peor es nada.

Más allá de que urgen cambios en diferentes sectores, es la sociedad armenia quien debe avanzar hacia la próxima fase. En las calles. En los espacios laborales. En los establecimientos educativos. Seguramente, se va a caer. A su tiempo; a los tiempos de la sociedad de una nación caucásica donde hoy la misoginia es cubierta de flores.

Al amanecer del 8 de marzo, salí a la calle esperando encontrarme con conciertos en vivo donde reinara el sonido estridente del zurna; esperando que algún joven se acercara ofreciéndome una flor con un mensaje amable desde algún órgano del Estado. Pero el panorama es un tanto diferente. Sobre la peatonal, se despliegan muestras de fotos que relatan la vida de mujeres que han dejado huellas en la historia armenia. Me encuentro con jóvenes que ansían contar esas historias. A la par, algunos metros más allá, el sonido de un redoblante acompaña el cántico de un grupo de mujeres que avanza decididamente. Se dirigen hacia la sede de la Asamblea Nacional. Reclaman justicia por las que ya no están. Exigen derechos. Son apenas quince. Pero al menos, salieron. Se va a caer, porque ya no habrá flor que lo sostenga.

Betty Arslanian
Corresponsal en Ereván
beatrizarslanian@gmail.com

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