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El duro camino hacia la madurez

Arto Kalciyan

velvet_18La naciente República de Armenia, libre e independiente, a partir del año 1991, encontró una dirigencia política continuadora del sistema totalitario que gobernara su destino durante siete décadas. Así fue como la soberbia, el autoritarismo y una particular interpretación de la democracia, estuvieron vigentes durante su primer cuarto de siglo de vida. La indisimulada corrupción reinante, además de beneficiar enriqueciendo a unos pocos, produjo como es natural el retroceso del desarrollo del país, el malestar general y la falta de expectativas de la población. La emigración y la falta de inversiones y participación masiva de la diáspora, para lograr la prosperidad de la flamante Nación, fueron sus peores consecuencias.

Es triste, pero necesario decir, que la Iglesia como columna vertebral de nuestra identidad cristiana, no puso objeciones ni levantó la voz ante la voracidad y la ausencia de sentido nacional de quienes hicieron del poder la inagotable fuente de su riqueza personal.

Declarada la independencia, los armenios del mundo, con fe, idioma, cultura y raíces indisolubles, aunque sin una patria propia hasta ese entonces, nos pusimos de pie para abrazar y fortalecer nuestro histórico territorio. Muchos estaríamos deseosos de volver a nuestra tierra originaria, ocurrió lo contrario, casi un millón de compatriotas dejaron la Madre Patria en este tiempo, por falta de esperanzas hacia el futuro, en un nuevo y esta vez, inexplicable destierro.

Los primeros entusiastas pioneros armenios del exterior, llegaron a la joven República con sus capitales, su conocimiento y su experiencia occidental para crear trabajo y prosperidad, se encontraron indefensos frente a las mafias organizadas, apañadas por un Estado cómplice e indiferente, sumado a la desidia y la inoperancia de los individuos, acostumbrados a un sistema perverso que sucumbió justamente por sus vicios de venalidad con la corruptela.

No tardaron en abandonar sus iniciativas y retirarse, sin que lo establecido tuviera continuidad alguna. Un claro rechazo a la participación activa e integración de la diáspora en la vida nacional ha quedado de manifiesto, a pesar de los discursos enfáticos que hablan de una Nación, un Idioma, un Armenio. La actitud en general del plano dirigente no coincide con lo que se percibe en la gente del pueblo, pidiéndonos que los ayudemos, guiemos y acompañemos para construir un país con un futuro promisorio. Pero tarde o temprano los pueblos con carácter reaccionan. Se trata del pueblo de los Mártires del Genocidio de 1915, de los héroes de Sardarabad, Pash Aparan, Gharakilisse, de los que lucharon en Karabagh, de los que exponen su vida a diario guardando las fronteras de Artsaj.

Los últimos acontecimientos acaecidos en Armenia pueden ser un verdadero hito en la historia, un antes y un después. Entiendo que el disparador de la reacción del pueblo fue la designación de Serge Sarkisian como Primer Ministro en la nueva forma de gobierno de la República.

Al modificarse la Constitución, se daba por entendido que Sarkisian daría un paso al costado en la nueva conformación gubernamental, después de ocupar durante diez años la presidencia del país. La ética y el sentido común dictaban que no sería correcto emular el sistema Putin-Medvedev, en un juego de pingpong a contramano de todo principio democrático.

Sin desear inmiscuirme en la discusión acerca de la honestidad y los verdaderos sentimientos patrios del expresidente Serge Sarkisian, reconozco que no ha sido fácil la tarea de mantener una armonía con países enfrentados entre sí como Irán, Rusia y Estados Unidos, al tiempo de sostener una relación cercana con China y la Unión Europea, su error creo, consistió en la ambición de poder, fuerte elixir que domina la región y también más allá, al mismo tiempo se debe reconocer que evitó utilizar su frágil y circunstancial posición, generando enfrentamientos que podrían haber culminado en páginas de sangre y dolor.

Durante mis numerosos viajes a la Madre Patria, en el lapso de los últimos veinte años, sostuve conversaciones con gente de las ciudades y los pueblos, muchos de ellos coincidieron que hay dos generaciones de gente mayor con dificultades para adaptarse a los actuales desafíos, es más, algunos añoran los días de la ex Unión Soviética, durante la cual la subvención a fin de mes estaba asegurada a costo de obediencia y fidelidad.

Reiteradas veces tuve la sensación que hablar con ellos de una Armenia libre e independiente, una patria propia por la cual luchar y soñar, resultaba ajeno y carente de interés. Muy lamentablemente, gente ajena a la tecnología, al funcionamiento universal, a los métodos productivos y administrativos, a la posibilidad de desarrollarse, tener aspiraciones a vivir confortablemente, seres superados por los vicios y la mediocridad. Desde hace tiempo sostengo que el futuro de prosperidad y fortaleza nacionalista está en manos de la juventud, de Armenia y su Diáspora, juntos sabrán ellos desarrollar definitivamente la patria soñada.

Justamente los jóvenes encabezados por un líder carismático gritaron ¡BASTA! Son la generación de la independencia, los que pretenden un destino mejor para su patria, aman la insignia tricolor, no aceptan injerencias externas, pretenden de sus gobernantes honestidad y patriotismo, con sus sueños e ideales guiarán y formarán el futuro de la República de Armenia, ellos están decididos y comprometidos a hacer de Armenia un país mejor, a luchar por la justicia social, las normas democráticas para todos, el fortalecimiento de la condición de Estado de Armenia y la garantía de futuro predecible para ellos y su patria.

Nikol Pashinian es el abanderado de la gesta que ha encabezado durante días a cientos de miles de ciudadanos, cuales han desbordado las calles de Erevan, exigiendo un necesario cambio de rumbo, reanimando el sentido patriótico, despertando nuevas esperanzas para superar el letargo. En el duro camino hacia la madurez, los armenios de la Diáspora debemos acompañar activamente los cambios, sin desestimar que de aquí en más, nos espere un nuevo y sustancial rol protagónico.

 

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