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El Himno y los símbolos nacionales no tienen “alternativas” ni reemplazos

Editorial

Himno-de-ArmeniaComo la inmensa mayoría de las repúblicas democráticas, Armenia tiene como símbolos nacionales que personifican la esencia de su identidad su bandera tricolor, el himno «Mer Hairenik» y el escudo patrio. Nuestra nación, por supuesto compuesta por Armenia y toda su Diáspora ve en estos atributos la representación de la mancomunión de los millones de individuos que pertenecen una raza marcada a sangre y fuego que a fuerza de entrega y enormes sacrificios pudo superar el estigma del genocidio en manos turcas y escapar del destino de aniquilación resuelto por Talaat, Enver y sus secuaces.

Cien años atrás nuestra patria alcanzaba su independencia merced al heroísmo de un puñado de sobrevivientes que batalló contra el invasor turco y logró su tan ansiada libertad. En el fragor de esos días se adoptó a “Mer Hairenik”, con letra de Michael Nalbandian y música de Barsegh Kanachian; como himno nacional de los armenios. Es cierto, no fue una letra creada especialmente, sin embargo, Nalbandian -que la escribió en 1859- la había titulado “Canción de la muchacha italiana”, en alusión a los jóvenes que luchaban por una Italia unida contra la ocupación de los imperios de la época. Demasiadas coincidencias con la gesta vivida por nuestros valientes voluntarios que la adoptaron como su emblema y terminó siendo nuestro himno nacional.

La Tricolor, el “Mer Hairenik” y el escudo nacional quedaron a un lado cuando Armenia debió rendirse a la ocupación soviética. En ese período de siete décadas, fueron otros los atributos impuestos a un pueblo que era libre y soberano y que de pronto se encontró inmerso en un régimen que no sólo capturó su independencia sino que lo obligó a incorporar signos de su dogma político en el himno de Armenia. Mientras que “Mer Hairenik” hacía referencia a la lucha por la liberación nacional, el himno de la Armenia soviética cantaba loas a Rusia, al “inmortal Lenin” y al “mundo libre soviético”. Recordemos que la música pertenecía a Aram Khatchaturian, el célebre compositor armenio nacido en Tiflis, Georgia.

En tanto, mientras transcurrían aquellos años de dominación soviética, en la Diáspora los emblemas originales eran respetados por propios y extraños, y a pesar de algunas polémicas iniciadas por quienes – a falta de otros argumentos- intentaban desmerecerlos atribuyendo esos símbolos al Tashnagtsutiún, éste jamás sostuvo ser propietario de dichas insignias patrias, sino fue quien las enarboló orgullosamente hasta que fueron restituidas a nuestro pueblo.

El tiempo puso las cosas en su lugar. Incluso antes de recuperar la independencia Armenia resolvió reponer “Mer Hairenik” como himno nacional el 1° de julio de 1991, ya había hecho lo propio con la bandera tricolor el 24 de agosto de 1990. El escudo debió esperar un poco más porque la versión con las cadenas rotas se aprobó el 19 de abril de 1992.

Repasar un poco la historia no viene mal porque seguramente no todos conocen los vaivenes a que fueron sometidos nuestros distintivos representativos que una vez más son objetados, esta vez por un gobierno que se autodenomina como revolucionario y que hasta el momento parece estar más preocupado con estas cuestiones que sólo generan enfrentamientos, en vez de abocarse a cumplir sus promesas de campaña.

En primer lugar, la administración Pashinian resolvió cerrar varios ministerios entre ellos dos que son fundamentales para los armenios del mundo por todo lo que significan: Cultura y Diáspora. Increíblemente, los argumentos utilizados parecen ser de un economista dispuesto a un ajuste feroz y no a los de un gobierno que tiene que saber que el verdadero potencial de su nación está justamente en el exterior. La Diáspora está compuesta por más del setenta por ciento de los armenios del mundo incluyendo a la Madre Patria y clausurar el organismo que tenía a su cargo la tarea de vincular las comunidades con Armenia, parece una decisión inadecuada y casi destructiva.

Lo mismo se puede decir de la voluntad de prescindir de la cartera de Cultura con similares explicaciones que aluden a la economía administrativa. La cultura es parte preponderante de la identidad de un pueblo y de una nación, y el estado es responsable de su desarrollo y transmisión. Y esa identidad que debe ser compartida y transmitida a todos por igual y sin discriminaciones está siendo lesionada con estos absurdos intentos de justificar lo injustificable.

Alen Simonian es un joven legislador perteneciente a la alianza de gobierno Mi Paso que responde al liderazgo de Nigol Pashinian. A sus 39 años y sin demasiada experiencia política es uno de los vicepresidentes de la Asamblea Nacional Armenia. Su currículum indica que es graduado en derecho y que pasó por la banca privada armenia, luego fue periodista, productor televisivo, y editor. Simonian es el autor del proyecto de sustitución de Mer Hairenik, proponiendo para su reemplazo la versión musical del himno soviético de Khatchaturian con una letra nueva. Para alcanzar su inexplicable objetivo, asegura que la calidad musical de la obra de Khatchaturian supera a la de Mer Hairenik, escrita por Ganachian, discípulo nada menos que del Padre Gomidás.

A pesar de la polémica despertada por su proposición, el legislador sigue adelante con su idea, acaba de crear una comisión de “notables” que él mismo integra y que tendrá como misión recibir las nuevas composiciones y decidir cuál será nuestro próximo himno nacional.

A todo esto, por el momento Pashinian no se expide sobre el particular, pero atentos a la actividad que el premier armenio muestra en las redes sociales, no escapó a la consideración pública los “me gusta” consignados en la página de Facebook de Simonian donde se concentra la actividad pública de éste. El político oficialista se muestra poco propicio a escuchar las críticas que cosechó su iniciativa y con frecuencia reacciona contra los que se oponen al proyecto descalificándolos y calificando como enemigos de la revolución que dice resolverá los problemas de todos los armenios.

En este punto, la actuación de la administración Pashinian es aún poco eficaz pues no ha logrado mejorar los índices económicos que tienden a mostrar descensos en diversos campos y las inversiones prometidas aun no llegan. Hay diversidad de temas para abordar y que son parte del nudo gordiano que impide el tan esperado desarrollo de Armenia. Es incomprensible que los líderes de la “revolución” que tanto prometieran hacer luchando contra la corrupción, las mafias y otros tantos problemas que afectan a nuestra sociedad malgasten su tiempo en generar desunión con propuestas sin sentido ni justificación política alguna.

La Diáspora se encuentra a la espera de la palabra oficial del gobierno que clarifique esta situación. Los armenios que la integramos tenemos derechos adquiridos con el esfuerzo comunitario de largas décadas en la lucha por la supervivencia de nuestra identidad. No podemos aceptar no tener voz y voto en cuestiones como esta. No podemos aceptar quedarnos callados mientras nuestros símbolos patrios son manoseados por funcionarios inexpertos que buscan notoriedad y no se dan cuenta que nuestras insignias deben quedar a salvo de cualquier cálculo político.

No podemos aceptar que el gobierno armenio no nos escuche y que cierre puerta tras puerta en nuestras propias caras.

Muchos de nosotros somos integrantes de la primera generación de hijos de sobrevivientes, esa que ya va dando paso a las restantes y puedo dar fe de cómo se manifestaba el sentir patriótico de nuestros mayores cada vez que se entonaba Mer Hairenik. Nos negamos por completo a la sustitución total o parcial de la letra o la música de nuestro himno nacional. Su prosa está grabada a fuego en nuestros corazones y jamás habrá otra que pueda reemplazarla.

 

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