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El #MeToo armenio

Lucy Kocharyan, una periodista armenia, comenzó a publicar relatos personales anónimos de acoso sexual y violencia en su página de Facebook. Al final del día, se sumaron más de 200 historias y el hashtag asociado, #բռնության_ձայնը (“voz de violencia”), se convirtió en la tendencia viral más alta de Armenia.

La campaña se desarrolló después de un caso de agresión sexual contra una mujer checa llamada Eva que fue publicada por el centro de noticias de investigación Hetq.am. Eva, que vivió en Armenia durante un año, había sido voluntaria en Vanadzor, cuando sobrevivió a un ataque e intento de violación. Después de escapar de su atacante, buscó refugio en casas de vecinos pero fue expulsada al grito de “Es imposible que ocurra eso en Armenia”.

La historia de Eva es significativa, no solo por los evidentes problemas sociales que reveló; esto es, la negación generalizada del problema, sino porque Eva buscó justicia y su atacante fue sentenciado a prisión.

Después de que Kocharyan publicara esta historia, fue abordada por mujeres armenias que querían mostrar que la violencia sexual no solo es experimentada por extranjeras. También pretendían ir contra el estereotipo de que las mujeres armenias son cerradas, y enviaron a Kocharyan sus relatos personales de agresión sexual, quien inmediatamente publicó de manera anònima. En un giro inesperado, en su mayoría mujeres pero también hombres, confiando en mantener ocultas sus identidades, contaron sus historias.

La campaña de Kocharyan fue apoyada públicamente por al menos dos miembros del gobierno: la ministra de Trabajo y Asuntos Sociales, Zara Batoyan, y la ministra de Salud, Arsen Torosyan; además de replicarse en diferentes medios de prensa internacionales.

Sin embargo, una parte de la sociedad armenia se muestra escéptica acerca de la veracidad de las historias; se niegan a creer que hayan ocurrido tantos incidentes en Armenia, especialmente aquellos en los que el abusador es un familiar. Sofya Hovsepyan, miembro del parlamento de la coalición gobernante, criticó la campaña por crear lo que considera una imagen injustamente negativa de Armenia. Kocharyan ha respondido a esta negaciòn diciendo que “el acoso sexual ocurre en todas las sociedades, incluida la nuestra; nuestro desafío específico es lo que hacemos al respecto de acá en adelante”.

Se leyeron historias de abusos por parte de familiares, compañeros de clase, parejas y extraños. Algunos hombres también compartieron los suyos, expresando la esperanza de que sus experiencias mostrarían que los hombres también están sujetos a violencia sexual. Kocharyan revisó y verificó todas las historias y, en algunos casos, contactó a los autores para verificar ciertos detalles. La campaña podría compararse con un #MeToo armenio. Ha forzado un cuestionamiento público de lo que está debajo de la comprensión idealista de la sociedad armenia, cómo opera el poder en la sociedad tradicional, machista y patriarcal de Armenia. Además, ha resaltado la importancia de una aplicación efectiva de la ley que pueda responder a las personas que enfrentan el abuso y perseguir a los perpetradores.

Quizá el aspecto más significativo de esta campaña fue la reacción abrumadoramente positiva del ciudadano armenio, una comunidad que apoya a las víctimas de violaciones. Esto se evidenció tras el relato particularmente angustioso de una mujer que fue abusada de niña por la pareja de su madre. Después de describir la violación, la mujer escribió: “Ahora quiero morir cada día. Quiero preguntarle ‘¿Por qué me hiciste eso, por qué arruinaste la vida de una niña? ¿Por qué me causaste tanto dolor?. Era una niña pequeña, bonita, de pelo rizado, valiente y fuerte. ¿Por qué me convertiste en un ser cobarde tan agotado y asustado?’”.

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