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Entrevista a Elisa Mahdjoubian: Las damas del Vestido de Oro

“Salimos de Estambul con lo puesto, mi papá nos llevó volando y nos embarcamos en el primer barco que zarpaba. No teníamos boleto así que tuvimos que escondernos en el sector donde llevan la basura del barco. Hasta que en Marsella nos descubrieron y ahí mis padres se encontraron en la encrucijada de decidir si nos quedábamos en Francia o seguíamos hacia Argentina. Eligieron Argentina porque se hablaba muy bien de acá, que había grandes posibilidades de avanzar y que el trabajo abundaba”, rememora Elisa Mahdjoubian con sus ojos llenos de recuerdos y de dulzura. Navegaron alrededor de treinta días para que esta pequeña de apenas dos años de edad comenzara una nueva vida.

Después de un año y medio de investigar mi propia historia familiar para que salga a la luz la obra de teatro, “El Vestido de Oro”, hoy me toca entrevistar a mi tía abuela de 99 años, Elisa Mahdjoubian sobreviviente del Genocidio Armenio.

La obra de teatro nace a partir del entrañable y no menos doloroso recuerdo de mi abuela Margarita Serchejian. Escapó de Estambul junto a dos tías y emigró a la Argentina como tantos otros armenios. Margarita bajó del barco Antonio Delfino con su vestido forrado en monedas de oro dejando atrás aquel lugar emparentado con la muerte. Como no podía ser de otro modo se casó con un armenio llamado José Mahdjoubian, hermano de Elisa Mahdjoubian.

Y así fue como Elisa abordó el vapor Alsina atestado de inmigrantes para poner pie firme en la Argentina junto a toda su familia en enero de 1923. A pesar de sus 99 años, su dichosa lucidez le permite recordar en detalle todas las peripecias que tuvieron que sortear cuando atravesaron el mediterráneo junto a sus padres y a sus hermanos José y María desde Constantinopla. “Mi mamá siempre contaba que yo estaba muy inquieta en el barco y una tarde me saqué uno de mis zapatos y lo tiré al agua. En ese momento se armó un lío bárbaro, mi mamá y mi papá se enojaron mucho porque no tenía con qué caminar y así fue que el resto del viaje lo hice sin un zapato”, recuerda, entre risas.

Apenas llegaron a Buenos Aires vivieron un tiempo en el legendaria Hotel de Inmigrantes. Onning, el papá de Elisa, aprendió el oficio de la sastrería en Estambul, y aquí trabajó de manera ardua hasta lograr montar su propia sastrería y hacer de ella un negocio que les permitió vivir a él y toda su familia del oficio. “Nosotros llegamos a la Argentina sin nada, apenas con lo puesto, como otros tantos inmigrantes”, rememora Elisa.

Con el elenco de El vestido de oro

—¿Dónde fueron a vivir cuando llegaron?

—Estuvimos en el Hotel del Inmigrante alrededor de un año, y luego alquilamos una habitación en una casa que quedaba sobre la avenida Canning frente a la comisaría. Poco a poco fuimos progresando. Nos esforzamos por hacer borrón y cuenta nueva. Con mucho trabajo de mis padres, al tiempo pudimos alquilar una casa entera para nosotros y fue ahí donde mi papá instaló su taller de sastrería. Mi papá nos enseñó: “Si tenés diez, gastás uno y guardás nueve”. Siempre ahorramos así. Al tiempo compramos un coche y fuimos avanzando. José, mi hermano cosía muy bien y el continuó con la sastrería. Cuando tu abuela Margarita lo conoció a José, él ya trabajaba confeccionando trajes. A mí lo único que me dejaban hacer era poner la cinta hilera y alguna que otra vez me tocaba planchar.

—¿Cómo fueron los comienzos cuando llegaron?

—Yo era muy chica pero mi mamá siempre contaba una anécdota: al principio, como no sabíamos hablar castellano, comíamos mucho huevo porque era lo único que mi mamá podía ir a comprar al almacén y le entendían. No sabía la palabra “huevo” pero le decía al almacenero co-co-ro-co y aleteaba los brazos. Después habló bien porque fue al colegio de noche para poder aprender a leer y firmar los boletines.

—¿Te hablaban del genocidio tus padres?

—Mi mamá estaba horrorizada de lo que había visto, ella me contó que los turcos agarraban a las mujeres, las ponían en fila en la vereda y con la espada les cortaban la barriga y le sacaban los bebés. No querían que haya descendencia. Y a los hombres les cortaban la cabeza con un sable. Los que escapamos vinimos tan sufridos… yo no tengo rencor porque no es de cristiano tener rencor hacia nadie pero durante los días en que se recuerda la matanza de tantos armenios a mí me da mucha tristeza.

—¿Tus padres los llevaron a algún colegio armenio?

—No, mi papá no quería que dijéramos ni el buen día en armenio. Quería que aprendiéramos castellano para poder trabajar. En casa no se decía ni una palabra, todo en castellano. Se hablaba muy poco de todo lo que había pasado, recordar no era lo más alentador, había bastante hermetismo.

A los 20 años se casó con su primer marido Juan. Para aquel momento fue un problema porque Juan no era armenio. “Fue difícil casarme. Mi madre, Lucía, estaba enojada porque yo me había enamorado de un muchacho que no era armenio. Gracias a Dios me tocó un buen hombre”, recuerda Elisa con una sonrisa repleta de satisfacción. Fruto de ese amor nació su primera hija, Diana, pero al poco tiempo su esposo falleció. Luego de 9 años y con un espíritu de nunca bajar la guardia a pesar de todo, la vida le dio una segunda oportunidad para el amor. Precursora en su generación se volvió a casar con José con quien tuvo a su segunda hija Silvia. Pepe, como ella lo llamaba falleció en 1976. A pesar de todas sus pérdidas ella tiene una fuerza interior admirable. “Esperá que me saco la campera para la foto así salgo mejor”, me indica Elisa. Ella estudió hasta sexto grado y a los 15 años se entusiasmó con la idea de coser. Empezó a enterarse de casamientos y de cumpleaños dentro de la comunidad armenia y comenzó a coser ropa para varios de esos festejos: “Seguí los pasos de mi padre”.

—¿Cómo se conocieron mis abuelos Margarita y José?

—Los armenios nos habíamos hecho como una colectividad, nos ayudábamos mucho entre paisanos. Había un club a dónde íbamos a comer asado los domingos y después se bailaba. Una de las tantas veces fue Margarita con sus dos tías. Nosotros estábamos ahí como todos los domingos. Después de comer se armaba un baile y cuando Margarita vio bailar a José, quedó deslumbrada. Él la invitó a bailar dos piezas. Margarita siempre decía que ella se había enamorado de sus ojos negros. La confirmación llegó de parte de las tías Takui y Takoshi que se aparecieron a los pocos días en nuestra casa para pedirle la mano de José. Igual que a mi hermano, a mí también siempre me gustó bailar, yo no sé cómo no fui bailarina, en todos lados donde había reuniones era una de las primeras en empezar. Me gustaba mucho el tango y los boleros. Mis preferidos eran Pugliese, D’Arienzo y Mores.

—¿Qué te pareció la obra de teatro “El Vestido de Oro”?

—Para mí fue toda una aventura haber salido de noche del geriátrico y poder ir a verte. Es toda la vida de los armenios y los turcos, les va a encantar la obra. Todos se peleaban entre sí pero la protagonista se enamora de un turco y comienza como una especie de guerra. Las actuaciones son muy buenas, la historia, la escenografía, la iluminación. Realmente la pasé muy bien, parecía que estábamos viviendo ese tiempo.

Elisa, de baja estatura, delgada y coqueta por sobre todas las cosas, tiene una gran personalidad, y siempre se la ve con una sonrisa. A sus 99 años, camina rapidito y se despide con mucha calidez. Esa sonrisa que queda en mi recuerdo para siempre, esa dulzura que transmite cuando habla y rememora. Y nuevamente esa sonrisa que contagia.

Muriel Mahdjoubian
Periodista, actriz de “El vestido de oro” y sobrina nieta de la entrevistada

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