¿Guerra o paz? / ¿Gas natural o libre acceso a Europa?

En septiembre de 2013, el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, convocó a su par armenio, Serzh Sargsyan, y anunció públicamente que Armenia no podía formar parte simultáneamente de la recién creada Unión Económica Euroasiática (UEE) y firmar un acuerdo de asociación con la Unión Europea (UE). Dada la dependencia económica de Armenia respecto de Rusia, a Sargsyan no le quedó otra opción que cancelar el acuerdo cuidadosamente negociado con Bruselas.
Sin embargo, la imposición rusa no impidió que la diplomacia armenia convenciera a los europeos de retomar las negociaciones para alcanzar un nuevo acuerdo que respondiera a los intereses tanto de Ereván como de Bruselas. Cuatro años después, el 24 de noviembre de 2017, Armenia y la UE firmaron en Bruselas el Acuerdo de Asociación Integral y Reforzado (CEPA), al que Moscú no se opuso. Este acuerdo fue uno de los logros más destacados de la diplomacia armenia, símbolo de una política exterior equilibrada que intentaba compatibilizar la realidad geopolítica regional con la necesidad de apertura hacia Occidente.
Durante los últimos meses de la presidencia de Sargsyan, la agenda estuvo dominada por las reformas constitucionales y las elecciones. No hubo margen para avanzar en la implementación del acuerdo con la UE. Sin embargo, tras el cambio de poder producido en abril de 2018 por movilización popular, Nikol Pashinyan tuvo la oportunidad de continuar esa línea de política exterior equilibrada. Optó, en cambio, por “empezar todo desde cero”.
Hasta el inicio de la guerra de 44 días, el 27 de septiembre de 2020, las relaciones del gobierno de Pashinyan con Rusia no mostraban señales de ruptura, más allá de las declaraciones antirrusas de algunos de sus seguidores. Ni siquiera el conflicto con Robert Kocharyan alteró sustancialmente el vínculo con Moscú. Pashinyan realizó su primera visita oficial a Rusia y mantuvo a Armenia dentro de la UEE y de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC).
¿Fue la guerra de 44 días el punto de inflexión? ¿O la invasión rusa de Ucrania en 2022? ¿O la inacción de la OTSC ante los ataques de Azerbaiyán en 2022? ¿O la pasividad de las fuerzas de paz rusas durante la limpieza étnica de Artsaj en 2023? Lo cierto es que en los últimos cinco años se produjo un quiebre en las relaciones entre Armenia y Rusia.
¿Ese quiebre implica un giro hacia Occidente? Algunos indicios —como el congelamiento de la OTSC o la ley para iniciar el proceso con la UE— parecen sugerirlo. Sin embargo, la dependencia de Armenia respecto de Rusia en materia comercial, energética y financiera no parece haber disminuido. Es más, la guerra en Ucrania reforzó en ciertos aspectos esa dependencia. Cabe incluso suponer que el gobierno de Pashinyan buscó una nueva forma de “equilibrio”, mostrando señales hacia Occidente mientras mantenía el rumbo estratégico hacia Rusia.
A diferencia de 2013, la reunión del 1 de abril de 2026 entre Pashinyan y Putin en Moscú se realizó por iniciativa armenia. No está claro si hubo presión previa desde Moscú o si fue una decisión unilateral de Ereván. Pero, al igual que en 2013, Putin volvió a plantear la disyuntiva: UE o UEE.
No fue la única presión. También recordó el precio preferencial del gas ruso y la importancia del mercado ruso para el comercio exterior armenio. Todo ello en una conversación inusualmente extensa. Incluso quedaron en evidencia errores del propio Putin, como su desconocimiento de ciertas disposiciones legales armenias.
No se conocen los detalles del encuentro a puertas cerradas. Pero al día siguiente, altos funcionarios rusos enviaron mensajes contundentes en relación con esa disyuntiva. Esos mensajes no estaban dirigidos solo a Pashinyan, sino también a la clase política y a la opinión pública armenia.
Sin embargo, pocos señalaron que el giro de Pashinyan hacia Occidente es más superficial de lo que parece. En la práctica, su estrategia apunta a avanzar en la normalización de relaciones con Azerbaiyán y Turquía. Es decir, la verdadera alternativa no es UE o UEE, sino Rusia o una apertura hacia Bakú y Ankara.
Para Pashinyan, el camino hacia la paz pasa por Bakú, y el camino hacia Bruselas pasa por Ankara. La posición de Putin frente a esto es más ambigua. Cabe preguntarse si, de haber mantenido el control del corredor de Zangezur, Moscú no habría promovido ella misma esa apertura hacia Azerbaiyán y Turquía.
Las repercusiones internas no tardaron en aparecer. Para los seguidores de Pashinyan, el primer ministro mantuvo una postura firme frente a Putin sin romper con Rusia. Para la oposición, en cambio, los mensajes rusos constituyen una advertencia seria.
En este contexto, la campaña electoral avanza bajo dos consignas implícitas: “¿paz o guerra?” y “¿gas natural o Europa sin restricciones?”. Dos caras de un mismo fenómeno: la intervención externa en el proceso electoral.
La polarización interna, sin embargo, parece incapaz de generar una alternativa política que priorice la reconstrucción de un consenso nacional tras la derrota de la guerra de 44 días.
Khatchik DerGhougassian