Hagop Tabakian: "Renunciar al reconocimiento del genocidio es la autodestrucción de la identidad armenia"

04 de mayo de 2023

El representante de la Federación Revolucionaria Armenia (FRA – Tashnagtsutiún) de Sudamérica, Hagop Tabakian, mantuvo una entrevista con Diario ARMENIA en la que analizó la actualidad de Causa Armenia, el conflicto de Artsaj (Nagorno Karabaj) y las decisiones del Gobierno armenio.

¿Qué pensás de lo que está pasando en Armenia y en Artsaj?

—Me parece que estamos atravesando una situación dramática y creo que eso es algo en lo que todos coincidimos. El hostigamiento de Azerbaiyán es constante y eso pone en una situación crítica a la población armenia de ambas repúblicas.

Creo que este capítulo de la historia es un punto de inflexión donde lo que viene sólo puede ser positivo si se trabaja mancomunadamente defendiendo los intereses del pueblo armenio. Esos intereses son la defensa de la República de Artsaj, el reclamo del Genocidio Armenio y sus consecuente reparación, y el fortalecimiento de las relaciones entre el Estado y las comunidades armenias del mundo.

Es evidente que esto no está en la agenda.

¿Y creés que el Gobierno armenio está haciendo lo correcto?

—¿Qué Gobierno armenio? ¿El de Artsaj o el de Armenia?

El de Armenia.

—Bueno, las intenciones de Pashinyan parecen claras y uno podría decir que, en función de los objetivos que su sector persigue, los resultados no pueden ser distintos. Ya todos saben lo que pensamos desde el Tashnagsutiún y creo que no hace falta reiterar demasiado. Es claro que Pashinyan está buscando desprenderse de Artsaj y que considera que la problemática de ese territorio es un lastre para Armenia.

Además, está buscando un acercamiento a Europa y Estados Unidos y modificar todo el balance de fuerzas del Cáucaso Sur. Lógicamente, desde Rusia no se ve con buenos ojos ese movimiento, porque Pashinyan pretende endilgarle a sus fuerzas armadas la responsabilidad de la seguridad de la población de Artsaj y, al mismo tiempo, liberarse de su tutela regional e insertarse en el esquema occidental-europeo.

Pero, es necesario decir que, además, hay mala praxis. Aún suponiendo que esos objetivos sean buenos (que por supuesto no lo son), el Gobierno de Armenia comete muchos errores; quizás más de los que se puede permitir.

Así como lo decís, parecen temas muy grandes. Hay mucha gente que ve eso y piensa que nosotros vivimos en un lugar muy alejado del conflicto y que, en definitiva, lo que debe pesar es la voluntad del pueblo de Armenia, expresada en las urnas. ¿Vos qué pensás de eso?

—Por supuesto que es así. El pueblo de Armenia define su destino democráticamente y está bien que así sea. Ahora bien, eso no significa que quien gane una elección, en este caso Pashinyan, pueda hacer lo que quiera. Hay una Constitución a la que tiene que apegarse.

Pero dejame decirte algo más, porque se escucha mucho a nivel comunitario. A veces parece que no ganar una elección equivale a tener que callarse la boca y no denunciar aquellas acciones que van en contra de los intereses del pueblo armenio. Nigol está abusando de ese poder que el pueblo le dio, persiguiendo a la oposición y poniendo en juego el destino del pueblo armenio al tomar decisiones que no son exclusivamente atribuciones de un ejecutivo y que merecen un consenso más general; y eso no sucede, sino todo lo contrario.

Entonces, lo primero que hay que remarcar es que el Tashnagsutiún tiene presencia en Armenia y que participa de las elecciones. En la última votación, en junio de 2021, su coalición obtuvo el 24% de los votos. No fue suficiente para ganar, pero nos dice algo de su representatividad. Por otro lado, también hay que tener en cuenta que el Tashnagustiún tiene voluntarios en el frente de batalla. Y dejame decirte que, en la guerra de 2020, donde estábamos nosotros, no hubo retirada.

También está lo otro que señalás, que en la diáspora no se puede opinar. Los que dicen eso no tienen en cuenta que nosotros estamos acá y allá. Y también en otros países, como Estados Unidos, Francia, Líbano o Irán, por mencionar algunos. En todos lados tiramos para el mismo lado y, aunque puedan haber matices, no dejamos de preocuparnos por el destino de la nación armenia en su conjunto.

¿Pensás que las decisiones del Gobierno de Armenia nos pueden afectar en la diáspora?

—Turquía va por todo. Quiere que Azerbaiyán se apodere de Syunik y poder realizar el tantas veces postergado sueño panturquista. Pero también quiere que Armenia renuncie al reclamo por el reconocimiento del Genocidio Armenio. Y Pashinyan parece dispuesto. Ya dijo que ese asunto siempre fue un tema de la diáspora, no del Estado armenio. Entonces, yo me pregunto, ¿qué hacemos nosotros en la diáspora si eso pasa? ¿Dejamos de marchar a la Embajada de Turquía como lo hacemos todos los 24 de Abril? Entonces, diría que sí. Que nos afecta. Porque a esta altura del partido, la identidad armenia no es solo cultural, es sobre todo una identidad política afincada en el reclamo del reconocimiento del genocidio y su reparación. Si alguien piensa que puede ser armenio renunciando al Ararat, mejor que lo piense dos veces.

¿Puede haber paz en la región?

—Por supuesto que puede haberla. El asunto es preguntarnos si esa paz será la de los cementerios o si será una paz justa. Azerbaiyán pretende fundar la paz en amenazas y extorsiones. Un juego que a esta altura ya parece jugar en tándem con Pashinyan. De lo contrario, no se entiende que un día Pashinyan diga que Artsaj es parte de Azerbaiyán y que al otro Aliyev empiece a construir un puesto de control en el Corredor de Lachin. Entonces, cuando uno ve la secuencia de los acontecimientos, lo que ve es una coreografía ensayada a espaldas de los intereses del pueblo de Armenia y de Artsaj.

¿Y qué pasa con el reinicio de las relaciones con Turquía?

—Nuevamente, el tema es el costo que implica ese reinicio para la parte armenia. Cuando Turquía pide la renuncia a todo reclamo por el genocidio, en definitiva, lo que está pidiendo es que el negacionismo sea una política de estado también en Armenia. Y esta es una derrota que no se mide en kilómetros de territorio recuperado en la primera guerra de Artsaj (renuncia que a muchos les parece razonable). Estamos hablando de otra cosa. Del corazón mismo de nuestra identidad armenia. Renunciar al reclamo del Genocidio Armenio es tirar a la basura una lucha sostenida por generaciones durante más de 100 años. Ahora tenemos a Erdogan sumando un nuevo bloqueo sobre Armenia, el de su espacio aéreo. ¿Y cuál es el motivo? El monumento a los héroes de Operación Némesis erigido en Ereván. En Turquía pueden haber monumentos a Talaat Pashá, pero en Armenia no podemos honrar la memoria de los que se la jugaron toda por dar justicia a las víctimas del Genocidio Armenio.

¿Y por qué Turquía quiere la renuncia al reclamo?

—Pareciera ser que Turquía se dio cuenta de que, a pesar de que pasaron más de cien años, los descendientes de las víctimas no olvidamos el genocidio y le resulta un estorbo que sus relaciones con terceros países se vean constantemente afectadas por los reconocimientos que impulsan las comunidades armenias. Entonces, Turquía presiona sobre el centro de ese sistema complejo que es la armenidad; presiona sobre Armenia. Y de nuevo, si el actual gobierno accede, no solo estará renunciando a uno de sus baluartes políticos, sino que también estará promoviendo la autodestrucción de la identidad armenia. Porque, como ya dijimos, esta identidad no es solo cultural, sino también política.

¿Qué opinión te merece las declaraciones del Presidente de Armenia en la entrevista que le hizo el diario La Nación?

—Lo primero que llama la atención de esas palabras es la confusión en la que parece estar sumido el gobierno de Armenia. Se victimiza por el incumplimiento de los acuerdos por parte Azerbaiyán, pero a la vez llama a hacer nuevas concesiones. Y creo que ahí está la clave. Es una estrategia para desmotivar. Esa nota no está dirigida a conseguir apoyos para Armenia; lo que quieren es desmovilizar a la diáspora. Las declaraciones del presidente están teñidas de derrotismo y desesperanza. Es un mecanismo que utilizan para gobernar en un proceso aletargado cuyo destino es una paz ficticia construida sobre la base de la humillación de Armenia, Artsaj y la diáspora.  

Distintos analistas afirman que estamos ante el peligro de un nuevo genocidio en Artsaj.

—Sin lugar a dudas, estamos en la antesala de la estocada final contra el pueblo de Artsaj. El gobierno de Pashinyan retiró el ejército, entregó las rutas de acceso y generó las condiciones necesarias para que, con un simple corte de camino, Artsaj quede desconectada del mundo. Es una verdadera tragedia. Azerbaiyan solo tuvo que mandar a un grupo de pretendidos ecologistas para dejar a la deriva a ciento veinte mil personas. Ahora la situación se agravó, porque directamente construyeron un paso fronterizo, desconociendo flagrantemente los términos de la sentencia de la Corte Internacional de Justicia.

¿Qué puede hacer la comunidad internacional para remediar la situación?

—La comunidad internacional debe continuar haciendo esfuerzos para que se alcance una solución pacífica del problema. Se necesita garantizar los derechos y la seguridad de la población de la República de Artsaj.

Las comunidades armenias tenemos un rol importante en ello. Porque hasta que haya un cambio político en Armenia, Artsaj parece no contar con nadie más que con nosotros y con la buena voluntad del contingente de paz ruso.

Entonces, a pesar de las señales que se dan desde el gobierno de Armenia,  pensás que desde la diáspora podemos hacer algo para revertir esta situación.

—Sin lugar a dudas. Ante estos movimientos que buscan la resignación, nosotros tenemos que oponer movilización y reclamo. Desde el Tashnagsutiún llamamos a todos a seguir luchando contra la injusticia, a levantarse y manifestar como nunca. Tenemos que luchar por nuestros derechos, tenemos que seguir apelando a la comunidad internacional y conseguir aliados que nos acompañen. No podemos dejar que el negacionismo gane la partida.

Y aprovecho este espacio para denunciar a los que están dentro de las comunidades y son funcionales a estas políticas de entrega. Las dirigencias institucionales tenemos que estar a la altura de los desafíos de esta coyuntura. Tenemos que poder identificar esos discursos que esconden derrota y humillación. Hay que animarse a discutir con ellos. Desenmascararlos. Porque son una nueva forma de negacionismo, una que tristemente se encarna en las voces de gente de la comunidad que antes solía reclamar justicia y ahora pide renunciar a Artsaj y al reconocimiento del genocidio.

La diáspora tiene que ser un motor de resistencia, del mismo modo en que siempre lo fue de memoria y reclamo. Para eso, tenemos que estar fuertes y unidos.

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