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Juan Carlos Manoukian: “El desafío de la comunidad es integrarse sin perder la identidad”

Lleva años de militancia en el Partido Justicialista y de trabajo en el mundo editorial. Pasó por la Secretaría de Cultura de la Nación y actualmente preside Ediciones CICCUS, sello que cuenta con 35 años de historia y más 700 títulos lanzados.

La vocación comunitaria de su padre dentro de la colectividad, confiesa, fue determinante para su militancia dentro del peronismo. Y si bien admite que su familia ha participado más dentro de la colectividad, Juan Carlos Manoukian no ha dejado de participar en los actos y las marchas y de difundir la Causa Armenia. Todo este trabajo en política, combinado con su labor en la edición de libros, lo llevaron a crear 200 bibliotecas en la Argentina, dirigir Ediciones Culturales Argentinas (ECA) –la editorial de la Secretaría de Cultura de la Nación- y a cofundar el Centro de Integración, Comunicación, Cultura y Sociedad -CICCUS-. También fue presidente de la Mutual “Catalinas Sur”, entre los años 1980 y 1986, habiendo sido colaborador de la creación del Grupo de Teatro del mismo nombre.

—¿Cómo es la historia de tu familia? Se decía que tu papá era el presidente de la República de La Boca…

—Es así. Mi viejo, Juan Manoukian llegó en 1923 con 18 años. Venía de Beirut, de haber sobrevivido a las matanzas. Acá se casó con mi madre, Prapión Kevorkian y tuvieron cuatro hijos: Bety, Nubar, Armen y yo. A mi papá siempre le impresionó mucho la generosidad de Argentina y, teniendo en cuenta de dónde venía, el lugar le pareció un paraíso. La manera de retribuir el don recibido fue dedicarse a la acción comunitaria y social del barrio. Llegó a participar en 14 instituciones presidiendo muchas de ellas, como la Cooperadora del Hospital Argerich, el Hogar de Ciegos de San Telmo, los Bomberos de La Boca y bibliotecas del barrio. También militaba en la colectividad armenia. Siempre participó de las distintas convocatorias, sobre todo con el tema del Genocidio. Su misión dentro de la colectividad era poner paños fríos en las internas que había. Mi viejo era una especie de canciller que trataba de unir las “grietas”. Uno de sus espacios de activismo era la Iglesia Armenia, no faltaba ni un domingo.

—¿Qué heredaste de tu familia en cuanto a lo comunitario?

—Heredé muchísimo. Yo estoy convencido de que la vocación que tengo social, comunitaria y política, en buena medida se la debo a mi papá y a mi mamá, que llegó a ser presidenta de HOM. Yo creo que los dos me influyeron para que sea solidario con los que tengo al lado. Ellos, tanto dentro como fuera de la colectividad, tuvieron una sensibilidad particular y estoy seguro que eso forjó mi personalidad. Estoy muy agradecido con lo que me inculcaron. Lo hacían también contando historias de la resistencia armenia. Las conversaciones de sobremesa de mi familia eran acerca de batallas de Antranik y los grupos guerrilleros armenios. Me contaba las historias de los combates, de la toma del Banco Otomano o la defensa de Sasún.

—¿Cómo fue tu formación?

—En la primaria iba durante la mañana a la escuela pública del barrio en Barracas y después del almuerzo me iba a la escuela armenia de La Boca, que tenía un único grado con una sola maestra. Nos enseñaban lengua, historia, geografía y danzas armenias. Luego estudié en el Liceo Naval Militar. En la facultad hice dos años y medio de economía política en la Universidad Católica Argentina, pero todo eso se cruzaba con mi militancia clandestina. Yo esos años participaba de grupos que hacían piquetes o realizaban acciones con cierto grado de violencia para llamar la atención. Llegó un punto en el que mi cabeza no dio más, así que dejé la facultad y empecé a trabajar con mi padre en el comercio textil, sin dejar la política. Así como mi viejo militaba a la salida de su negocio en lo comunitario, yo lo hacía en el movimiento nacional peronista. No tenía tanta participación en la comunidad porque me parecía que eso ya estaba cubierto por mi familia. No es que rechazara o no valorara la militancia armenia, todo lo contrario, iba a los actos y participaba de las marchas del 24 de abril, pero canalicé la vocación en la comunidad argentina.

Un objeto. Esta imagen está junto a mi escritorio. Es una bula que el Catholicós Vazken l le dio a mi padre en el año 1984 como un reconocimiento por su dedicación a la tarea comunitaria y religiosa. De alguna forma junta lo armenio y la vocación social y solidaria que tanto influyó en mi vida.

—¿Cómo llegaste a ser un hombre de la cultura?

En 1983 decidí poner una imprenta con un socio, lo que me permitió incursionar en la producción de libros y hacer los primeros recorridos como productor cultural. En 1988, junto con otros compañeros, armamos una agrupación de investigadores y productores culturales –Espacio Audiovisual Nacional (EAN)-, que luego terminamos en la función pública desde la Secretaría de Cultura de la Nación, en la primera etapa del gobierno menemista. Hicimos un buen trabajo, a pesar de que no había recursos. Luego hubo un cambio de gestión dentro de la secretaría y varios tuvimos que renunciar. Los que nos fuimos armamos la Fundación CICCUS. Al principio la idea que teníamos era desarrollar un centro de investigación, capacitación y producción en lo que hoy se llaman industrias creativas. Estuvimos dos años trabajando en ello pero la energía fue derivando hacia la producción editorial, hacia lo que actualmente es Ediciones CICCUS.

—A tu entender, ¿cuál es el desafío de la comunidad armenia?

—El desafío de la comunidad armenia en el futuro, no es distinto al de cualquier otra comunidad, que es el de integrarse a la sociedad argentina sin perder identidad, personalidad y carácter. Todas las naciones tienen proyectos, cosmovisiones y formas de entender el mundo. Armenia tiene una identidad muy profunda con sus 5000 años de historia. Entonces está ese doble juego, integrarse a la sociedad que la recibe y preservar identidades. Esto habla de la necesaria integración desde la diversidad. La globalización lo que pretende es borrar fronteras, clausurar disidencias y desdibujar naciones para poder sojuzgar a los pueblos. La riqueza del ser humano es la de ser capaz de con-vivir en la diversidad, reivindicar lo plural y lo colectivo.Hay muchos armenios que han desarrollado acá sus industrias, sus comercios, sus profesiones y sus vocaciones culturales. Todos los que se desarrollan en este contexto, no ocultan su pertenencia a la colectividad armenia, así como yo me siento orgulloso de mi doble condición de argentino-armenio. Veo muy saludable que haya un interés en participar en ambos andariveles. En el argentino y en el de la reivindicación de las banderas armenias tradicionales: su cultura, su identidad y su lucha por el reconocimiento del Genocidio.


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