La biblioteca de Kissag Mouradian y una decisión que invita a repensar

13 de febrero de 2026

En los últimos días comenzó a circular, por vías informales, a través de mensajes enviados desde ámbitos vinculados a la comunidad educativa de la Iglesia Armenia, una invitación abierta a retirar libros pertenecientes a la biblioteca del recientemente fallecido arzobispo emérito monseñor Kissag Mouradian.

La propuesta, impulsada en el marco de una actividad cultural por el grupo docente SIUN, despertó rápidamente malestar y desconcierto en distintos sectores y personas de la colectividad. No se trata de cuestionar la buena voluntad de quienes organizan la actividad. Tampoco se trata de una reacción emocional ni de un apego nostálgico a objetos materiales. Se trata de señalar el destino de un acervo que debe ser considerado por su valor simbólico y documental, ya sea por los títulos y autores, como por los subrayados y anotaciones que forman parte de la vida intelectual de su dueño.  

Ante una consulta de Diario ARMENIA, el obispo Aren Shaheenian, primado de la Iglesia Apostólica Armenia, indicó que la propuesta involucraría “unos cuantos libros”. No obstante, la convocatoria pública que está circulando ampliamente sugiere un alcance mayor.

La iniciativa se apoya en una costumbre noble: en Armenia, cada 19 de febrero, fecha de nacimiento del escritor Hovhannés Tumanyan, se celebra el “Día del Libro” con intercambios y obsequios literarios. Sin embargo, trasladar  ese gesto simbólico al desprendimiento de una biblioteca personal de alto valor cultural y religioso abre, inevitablemente, algunos interrogantes.

La figura de monseñor Kissag Mouradian excede lo estrictamente pastoral. Llegado a la Argentina en 1975 y primado de la Iglesia Apostólica Armenia durante más de tres décadas, fue también investigador, traductor, docente y periodista. Su producción escrita lo ubica como una referencia cultural ineludible. Sus libros son huellas de un camino espiritual e intelectual que acompañó a generaciones en nuestra colectividad.

Convertir ese acervo en obsequios dispersos puede parecer un gesto amable, pero también corre el riesgo de diluir un patrimonio que merece una mirada más amplia. Una biblioteca personal de estas características es una herramienta de estudio y una fuente potencial para investigadores, estudiantes y fieles. Desmembrarla  implica, inevitablemente, perder parte de su valor.

Existen alternativas posibles que permitirían honrar tanto la intención de compartir como la responsabilidad de preservar. La creación de una biblioteca especializada en el ámbito eclesiástico o un espacio de consulta pública dentro del propio arzobispado serían opciones coherentes con la trayectoria del prelado.

Repensar la medida la jerarquiza. Tal vez este sea uno de esos momentos en los que detenerse, ordenar y planificar con mayor cuidado sea, precisamente, la mejor forma de honrar a quien alguna vez expresó  su deseo más simple y profundo a este medio: “Quisiera que se acuerden de mí como alguien que trabajó para el bien de la comunidad y que mi nombre no se pierda en la memoria”.

Pablo Kendikian

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