Las elecciones en Armenia también interpelan a la diáspora

El resultado del 7 de junio no afectará solamente a quienes viven en Armenia, a sus familias y al Estado armenio. También alcanzará al pueblo armenio en todo el mundo. Por eso estas elecciones no pueden ser leídas únicamente como una disputa política ordinaria ni como una competencia entre dirigentes. Lo que estará en juego será una definición sobre el rumbo nacional armenio.
La diáspora no vota en Armenia. No vive allí la cotidianeidad del país ni carga del mismo modo con las consecuencias inmediatas de cada decisión política. Tampoco debe pretender reemplazar la voluntad de los ciudadanos de la República de Armenia, que son quienes tienen el derecho y la responsabilidad de decidir en las urnas. Aún así, eso no convierte a la diáspora en mera espectadora ajena. La elección pone en discusión Artsaj, la Causa Armenia, la memoria y la reparación del Genocidio Armenio, la dignidad nacional, la estabilidad del Estado armenio y el futuro común del pueblo armenio. Es por eso que sus consecuencias atraviesan también a quienes viven fuera de Armenia.
En condiciones normales, una elección parlamentaria pertenece al plano interno de un país, pero en el caso armenio, las decisiones tomadas en sus fronteras trasladan consecuencias sobre la nación. La armenidad dispersa nació de una tragedia, de la resilencia y de una causa compartida que unió a quienes vivían en Armenia y a los que fuimos dispersos por el mundo.
El 7 de junio se definirá algo más que la composición parlamentaria y el nombre del próximo Primer Ministro. También estará en discusión la manera en que Armenia se piensa a sí misma en cuanto a su relación con Artsaj, el vínculo con la memoria del Genocidio y cómo va a defender sus derechos frente a las presiones externas.
En ese marco, resulta peligroso reducir el debate a una falsa alternativa entre paz y guerra. Todos queremos la paz. No existe en Armenia ni en la diáspora una fuerza responsable que desee nuevas guerras ni más pérdidas humanas y territoriales. No obstante, presentar al gobierno actual como la única garantía de paz y a toda crítica como una amenaza de guerra constituye una forma de manipulación política. La pregunta es a qué precio se propone la paz.
Si la paz significa ceder ante cada nueva exigencia, callar ante cada amenaza de Azerbaiyán y presentar esa renuncia como única posibilidad entonces la palabra paz queda vaciada de contenido. La paz no puede confundirse con la resignación permanente. Defender Artsaj, reclamar por los prisioneros armenios, sostener la memoria del Genocidio, cuidar la dignidad nacional o advertir sobre las concesiones no es lo mismo que llevar a Armenia a la guerra.
La diáspora conoce demasiado bien el precio del desarraigo, del silencio impuesto y de la negación histórica. Por eso no puede ser indiferente cuando las decisiones tomadas en Armenia afectan la memoria, los derechos históricos y el futuro común del pueblo armenio. No se trata de intervenir en una elección ajena. Se trata de reconocer que hay decisiones que, aunque sean tomadas por los ciudadanos de la República de Armenia, alcanzan a toda la armenidad.
El 7 de junio, cada ciudadano armenio tendrá en sus manos una responsabilidad que excede su propia vida cotidiana. Su voto no afectará solamente a su familia, a su comunidad inmediata o al gobierno que surja de las urnas. También proyectará consecuencias sobre millones de armenios dispersos por el mundo.
La diáspora no vota en Armenia, pero no puede permanecer al margen cuando lo que se decide también la atraviesa. Armenia es, además de un territorio y una administración de gobierno, el punto de encuentro de una historia compartida y de una causa nacional que atraviesa generaciones. Cuando su destino está en juego, ningún armenio puede considerarse espectador.
Pablo Kendikian
Director de Diario ARMENIA