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Las siete monjas de Armenia

Una tradición que regresa

Iglesia-ArmeniaArmenia, una de las tierras más antiguas y profundamente cristianas del mundo, está llena de monasterios de siglos de antigüedad y habitados por muchos religiosos, pero sólo hay un convento de monjas: el recién inaugurado claustro de Ghazaraván, ubicado en el noroeste de Armenia.

Sus siete monjas son las únicas de todo el país.

Hasta el año 2000, la Iglesia Apostólica armenia, la fe predominante del país, no permitía la presencia femenina en el clero. El pensamiento instalado durante décadas era que las mujeres eran necesarias para procrear y aumentar la población.

Pero cuando el Catolicós de Todos los Armenios Karekín II revirtió la prohibición, un puñado de mujeres respondió a la oportunidad.

El convento de Ghazaraván está ubicado en la aldea del mismo nombre en el nordeste armenio. El pequeño poblado tiene poco más de cuatrocientos habitantes. El claustro se construyó después de que se levantara en el año 2000 la prohibición de que las mujeres se unieran a las comunidades monásticas de la Iglesia Apostólica Armenia.

Hermana-Elizabeth

Hermana Elizabeth

La hermana Elizabeth de setenta años de edad fue una de las primeras. Ella dice que “conoció a Dios” después del devastador terremoto de 1988 en la ciudad de Gyumrí, en el norte de Armenia. “Jamás había pensado en convertirme en monja porque era algo prohibido”, asegura. Tomó sus votos en el 2000.

“Quería ser médica cirujana, pero Dios me quiso de esta manera. Quería tener diez hijos, pero Dios me dedicó a mis hermanas. Ahora soy feliz. No hubo un sólo momento en el que haya pensado en abandonar este lugar”, agrega.

Sor Elizabeth nació en Abjasia, pero se trasladó a Armenia a la edad de 13 años. Se convirtió en monja en 2000 cuando Karekín II permitió la ordenación de monjas. “Mi vida secular no fue completamente feliz porque no hay felicidad sin Dios”, dice ella.

La hermana Rima de cincuenta y ocho años teje un brazalete, con la hermana Mariam y la hermana Seda sentadas a su lado. Sor Rima se convirtió en monja en 2015 y disfruta cultivando vegetales en el huerto cercano al convento. Ella dice que es una prueba difícil porque el suelo es pedregoso y, sin un sistema de riego, tiene que llevar agua en baldes para regar la parcela.

La Iglesia Apostólica Armenia, fe de la enorme mayoría de los casi tres millones de habitantes de Armenia, fue fundada en el primer siglo. A principios del siglo IV, Armenia se convirtió en el primer país en adoptar el cristianismo como religión estatal. No mucho después, comenzaron a aparecer los conventos. “Históricamente, Armenia siempre los tuvo”, dice el teólogo Vartán Khachatrian, que da clases en la Universidad Estatal de Ereván.

“En el año 353, durante el gobierno del Católicos de Todos los Armenios, Nersés el Grande, florecieron los conventos. Pero en 370, el rey Pap de Armenia prohibió la existencia de los retiros y dio a las monjas el derecho a casarse, justificándolo con el hecho de que durante diferentes guerras el número de la población y los nacimientos habían disminuido”.

Cuando el reinado del rey Pap concluyó en 374, se levantó la prohibición, sin embargo el enfoque en el papel reproductivo de las mujeres resurgió en el siglo XX.

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Cinco de las siete monjas en Ghazaraván

“Después del Genocidio Armenio en 1915 y la Segunda Guerra Mundial, debido a la muerte de miles de mujeres, la tasa de natalidad disminuyó y el objetivo era estimular los nacimientos”, agrega Khachatrian. En la Armenia soviética, los carteles con lemas que declaraban que “la condición natural de una mujer es estar embarazada” no eran infrecuentes en las salas de maternidad.

Sin embargo, Khachatrian no ve ninguna razón por la cual las mujeres de hoy no puedan elegir seguir otro camino. “Las monjas son las novias de Jesucristo”, sostiene. “Esta es una opinión aceptada en teología. Y si alguien se hace religiosa, nadie puede impedirle tomar esa decisión. Las justificaciones de que las mujeres deben dar a luz para que no disminuya la población de nuestra nación devastada por la guerra no tienen fundamento”.

La hermana Tatev creció en medio de esa costumbre. Nacida en Ereván hace sesenta años, trabajó como traductora de inglés en la Biblioteca Nacional de Armenia y en distintas instituciones sin fines de lucro. Tenía ingresos estables con los que podía mantener a sus padres. Pero en el 2000, ella decidió renunciar a ese estilo de vida. “Tuve una existencia secular, pero mi voz interior siempre me dijo que debería tener una vida monástica. Dios siempre me llamó”, asegura.

Cuando solicitó convertirse en monja hace unos 18 años, fue una de las once mujeres enviadas por un período de prueba al Monasterio de Haghpat en la región Lorí del norte de Armenia. Luego de cuatro meses de prueba, solo cinco de las aspirantes quisieron continuar. Fueron llevadas al monasterio de San Hripsimé, mientras que las otras regresaron a la vida laica.

Ahora, la vida en su nuevo convento es exigente. El día comienza a las 6 am y está rigurosamente programado, con horas específicas para la oración y el trabajo. Las monjas observan todos los días de ayuno, lo que dicen es una oportunidad para la contemplación y para acercarse a Dios. Cuando ayunan, solo comen pan y beben agua. Las hermanas pueden visitar o alojar a sus familiares en el convento una vez al mes.

La hermana Rima, de 58 años, decidió ser monja hace tres años. Ella tiene una hija, un hijo y cinco nietos, y los extraña. “Les prohíbo a mis nietos que me visiten a menudo. Cuando los veo, mi alma entra en regocijo”, dice ella. Las otras cuatro monjas – Gayané, Mariam, Seda y Shushanig – dicen que también extrañan a sus familias.

La hermana Gayané cuida las flores que plantó en el jardín del convento de Ghazaraván. Las monjas planean vender el aceite de las flores para generar ingresos. Gayané solía vender velas en una iglesia y decidió convertirse en monja en 2008.

El trabajo de las monjas también incluye mantener el convento, ofrecer servicios espirituales en una iglesia cercana y atender tareas agrícolas. Las monjas también crían gallinas y abejas. Las mujeres obtienen su alimento de Echmiadzin, la sede de la Iglesia Apostólica Armenia, distante a unos 27 kilómetros al sur, pero pretenden ser autosuficientes.

Su claustro marca un nuevo capítulo en la Iglesia Apostólica Armenia, señala Khachatrian. "La cultura de los conventos es bastante nueva para nosotros, pero estoy convencido que la cantidad de monjas crecerá. Este paso también fortalece la base social de la Iglesia”.

Arminé Avetisyan

chai-khana.org

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