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Margarita Djeredjian: “¿Estamos transitando el camino correcto?”

Marga es una institución ella sola. Profesora de historia, fue durante muchos años rectora de San Gregorio el Iluminador y qué decir del amor de un docente que no sea insondable. Sus ojos reflejan esa misma profundidad que cultiva: la pasión por el conocimiento y el valor empírico de la cultura, transmitirla.

—Tu herencia armenia, Marga.

—Tomé conciencia de ella en la adolescencia. En la niñez, lo armenio representaba mi vida familiar, las comidas, las conversaciones en armenio con mi abuela y el colegio Jrimian, donde realicé mi escolaridad; eso formaba parte de mi mundo pero con el tiempo me di cuenta que faltaba algo. En la escuela, cuando las voces de las maestras de armenio nos narraban las terribles escenas del genocidio, me costaba conectar esa historia con la mía, aun cuando junto a mis compañeros escuchábamos atentos los padecimientos que habían atravesado los sobrevivientes, no terminaba de entender que esas aberraciones podrían haberle ocurrido a mis abuelos, ya que durante la niñez no se conversaba al respecto en casa. Mientras en la escuela repetíamos la palabra genocidio sin terminar de entender que ese concepto doloroso era tan próximo, con el tiempo comprendí que las maestras no nos hablaban desde un saber sistemático sino desde las entrañas. A los 12 años empecé a pensar en mis abuelos desde otro lugar, miraba a mis compañeros y me preguntaba si a los suyos les había sucedido algo similar; éramos niños de origen armenio escuchando nuestras propias historias y no la de próceres, batallas e imperios. ¿Cuántos seres queridos había perdido cada uno? Cientos de historias similares en ese micromundo escolar. En casa, o al menos en mi presencia, no se hablaba. La única abuela que conocí nos agasajaba con sus comidas pero no nos hablaba de lo padecido. Esa herencia empecé a indagarla más tarde, la busqué cuando tomé conciencia que ese relato escolar me pertenecía. Ahí comenzó a forjarse mi identidad; una historia familiar que se conectó con la personal. Desde los primeros años de secundario sabía que me dedicaría a la Historia, todo cobraba sentido. Comencé a participar en actividades juveniles por los reclamos de reconocimiento del genocidio, una causa de la que me apropié definitivamente. Eran tiempos difíciles para salir a la calle pero ahí estábamos haciendo lo que podíamos, sin los medios ni el nivel de comunicación de hoy.

—Contanos sobre tu abuela.

—Mi abuela materna, Lucín Aivazian de Havnichian, fue la única de los cuatro abuelos que conocí. Cuando indagué en su historia, descubrí aspectos de su infancia y conocí sus pérdidas y el horror, sus fiebres, me contó acerca de la familia que la cobijó cuando quedó sola, habló de sus padres y un hermano muertos durante el genocidio y cómo quedó separada por casi 50 años de los hermanos que sobrevivieron, pudiendo volver a verse en 1968 en Francia. Me habló de su llegada a Argentina completamente sola, similar a la de tantos que pudieron salir del infierno. En la década del ‘30 queda viuda muy joven con tres hijas, ahí aparece el trabajo fuera del hogar, cambia su cosmovisión, se involucra en cuestiones comunitarias armenias, habla de política, siempre informada, su palabra no pasaba desapercibida. Quedarme a dormir en su casa era una fiesta: por las noches escuchaba radio teatro, me hablaba en armenio y tejía. Por las mañanas la acompañaba a hacer las compras y a visitar vecinos armenios del barrio de Barracas con quienes tomaba café y les comunicaba de algún evento comunitario. Creó un matriarcado y estableció un lazo dinámico entre nuestra causa y mi identidad.

—Tu paso por San Gregorio.

—Ingresé en el año 1983 con mi título de profesora de Historia recién otorgado para cubrir una suplencia que duraría un mes. La suplencia se extendió, se abrieron más cursos y me fueron ofreciendo más horas de Historia y Educación Cívica y luego sumé más de Historia Armenia, significando una experiencia singular, ya que me permitió programar, sistematizar, actualizar bibliografía e idear las actividades para enseñar toda la Historia del Pueblo Armenio desde 1° a 5° año. A la rectoría del nivel medio llegué en 2007. La gestión fue otro desafío relevante, fueron 11 años que me permitieron controlar e impulsar la dinámica de la institución, atenta a cada proyecto pedagógico y al funcionamiento de la comunidad educativa. Fueron años de enorme crecimiento. Podría decir que por San Gregorio no pasé, San Gregorio fue y sigue siendo mi casa, ese espacio al cual llegué hace treinta cinco años atrás y dejé hace pocos días atrás.

—¿Cuál es tu visión de la comunidad en esta época?

—El devenir de la comunidad me lleva a pensar en la idea instituciones–dirigencia. Todos podemos observar que la participación, sea la institución que corresponda quien la convoque es cada vez es menor. Sin embargo, creo que hay eventos atractivos desde lo artístico-cultural, social, educativo y comunitario que son convocantes, pero aún estamos lejos de que alguno se presente como una cita de masiva concurrencia. Tal vez un análisis sociológico ayude a entender e imagino que muchos de los que lean esta nota tengan alguna respuesta. Se ha debatido bastante al respecto en las últimas décadas y aún se sigue en la búsqueda de una respuesta. Hablar acerca de la comunidad armenia siempre es un disparador para formular la pregunta “¿dónde estamos parados y hacia dónde queremos ir?”. Nuestra presencia diaspórica y nuestros reclamos serán nuestra fuente y razón, ese no es el punto. Fueron cambiando las necesidades y tendríamos que analizarlas seriamente para saber si hoy estamos transitando el camino correcto.

—¿La historia de tus abuelos?

—Los abuelos Samuel y Macruhí Djeredjian llegaron el 1° de enero de 1930 al puerto de Buenos Aires junto a sus tres primeros hijos (los tres restantes nacerían en acá). Además de los niños, traían solo dos valijas. La ciudad los recibía en un día festivo. Ellos aún no podían festejar la llegada del nuevo año pero sabían que había mucho por agradecer a este país. Definitivamente en este viaje tan largo, esperanzador y pleno de incertidumbres tuvieron que realizar una minuciosa selección de pertenencias y la abuela Macruhí jamás dudó que el havan (mortero en turco) o sand (en armenio), debía ser parte del viaje. Cuando falleció, este preciado cuenco de bronce continuó siendo utilizado por sus hijas; las hierbas y las carnes se siguieron procesando en la cocción y el continuo deleite de nuestros sabores orientales. Imagino que muchos de nuestros abuelos tuvieron historias similares con aquellas piezas que debieron seleccionar, para acompañarlos en este doloroso peregrinaje, las fotos y los objetos nos hablan de ellos, de sus rutinas y tradiciones; son las historias de vida y los mismos objetos los que nos permiten tenerlos aunque ya no contemos con ellos.

Un objeto. Elegí este mortero porque
además de ser parte de la
historia familiar me permite
recrearla desde su funcionalidad
adicional que trasciende
a la reliquia. Agradezco
ser, desde hace varios años,
la guardiana de esta preciada
herramienta culinaria.

Lala Toutonian
Periodista
latoutonian@gmail.com

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