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¿Qué es ser armenio hoy en Sudamérica?

En esta definición se entrecruzan desde cuestiones que hacen a la identidad, el concepto de diáspora y la contraposición entre el nosotros y los otros, hasta la interacción en redes sociales.

Durante décadas la cuestión de la identidad atravesó a las diferentes generaciones de armenios en la diáspora y, por supuesto, también en Sudamérica. Hablar en armenio en la casa para preservar el idioma como rasgo distintivo, ir a un colegio de la comunidad para no mezclarse con aquellos que no comparten nuestro pasado, juntarse en los clubes e instituciones de la colectividad para recrear ese sentido de pertenencia, fueron parámetros habituales en la comunidad armenia local hasta no hace muchos años.

Otro tanto podría decirse del mandato de buscar parejas dentro de la colectividad para formar familias armenias. También era y es común asistir a oficios religiosos de la Iglesia Apostólica Armenia, como símbolo de identidad, al margen de la fe.

Todo esto está orientado a mantener viva nuestra identidad, la cultura armenia, el idioma y las tradiciones. Pero con distintas oleadas inmigratorias y cada una con características propias, quizás sea momento de repensar las categorías inamovibles del pasado.

¿Qué es ser armenio hoy en Sudamérica? ¿Somos armenios nacidos en la Argentina o argentinos de origen armenio? Lejos de plantear un juego semántico, aquí se propone abordar la cuestión de la identidad en la diáspora, la mayor o menor asimilación a la cultura argentina y los nuevos desafíos que presenta la sociedad moderna. El concepto de asimilación, opuesto al mantenimiento de la propia identidad que durante años interpeló a la dirigencia armenia en toda la diáspora, sigue vigente pero con los años ha sido resignificado. Probablemente, hoy exista una nueva forma de relacionarse con otros miembros de la comunidad armenia y el resto de la sociedad, en la que estudiamos, trabajamos y con la que convivimos.

Incluso la relación con Armenia es distinta. Hasta los años 80 viajar a Armenia era casi una utopía para la mayor parte de la diáspora. La independencia de 1991 abrió las puertas de la Madre Patria a millones de armenios de todo el mundo que, además, hoy conocen los hechos que acontecen en Armenia y en Artsaj en tiempo real, a través de las redes sociales. Así, se relacionan con armenios de cualquier rincón del planeta a través de una computadora o aplicaciones del celular.
En suma, la experiencia de vivir como armenio ya salió del ámbito familiar, escolar o institucional y se trasladó al escenario más inasible de las redes sociales y el espacio virtual.

Somos lo que somos

Llamativamente, en su tesis de doctorado en la Universidad de Sevilla, presentada en 2018, Verónica Domínguez aborda la cuestión de la migración y la identidad social, basada en las representaciones del pasado en relatos de inmigrantes ucranianos y armenios en Buenos Aires.
“La identidad supone un proceso de diferenciación de un otro a través de determinados elementos distintivos como son la lengua, una historia común, las costumbres. El compartir esos elementos genera en el individuo y en los grupos el sentimiento de pertenencia y por lo tanto de identificación”, señala en el documento.

Cuando Domínguez pregunta qué es ser armenio, los consultados “expresan que lo que más los identifica es su dedicación a la familia: vivir juntos siempre que sea posible, la preocupación constante por el bienestar de hijos y padres, la indisolubilidad del vínculo matrimonial, la solidaridad intrafamiliar por encima de todo”.

Por su parte, Pedro Mouratian, director del Área de Diversidad del Centro de Estudios para la Gobernanza, asegura que “la identidad es una construcción social, que cada uno construye desde sus vivencias y experiencias, más allá de la nacionalidad”. Mouratian explica que “la identidad se construye permanentemente” pero, en cierto modo, el proceso está determinado por el entorno en que se construyó esa identidad. Así, si bien uno trae una carga desde la cuna y la infancia, también “te atraviesan los problemas de la Argentina, temas que te interpelan como ser humano, como la pobreza, la distribución de la riqueza o la búsqueda de una sociedad más inclusiva”, asegura.

¿Qué es ser armenio?, le preguntó este diario. “Es lo que cada uno siente y quiere ser, no vivir por mandato sino por deseo. Armenio es todo aquel que reinvindica en su condición identitaria tener parte de un legado, que le pertenece por la subjetividad con que construye su identidad”, explica el exinterventor del INADI.

Todos sabemos que portar el ian en el apellido no es garantía de armenidad. Ciertamente, más importante que ser armenio en el DNI es sentirse armenio y vivir como armenio. “Tu identidad es lo que querés ser, lo que te da orgullo, lo que te vincula”, resume Pedro Mouratian.

Quedarse o retornar

La antropóloga Lucila Gayané Tossounian en su tesis de licenciatura (Diáspora e identidad. Procesos de re-producción de armenidad en Buenos Aires luego de la independencia de Armenia – 2005) destaca que las primeras generaciones en el país “representaron el haiabahbanum como criterio que definió un accionar institucional resguardando la identidad para cuando llegase el momento de retornar”.

En contraste, “la repatriación es operacionalizada en relación a los inmigrantes recientes”, los que llegaron al país tras la independencia de Armenia.

También hubo una redefinción del concepto de haiabahbanum. “Ya no se conserva la armenidad para retornar, sino para permanecer en otro sitio”, apunta Tossounian. Incluso el concepto de diáspora está en revisión. “Luego de la independencia, esta categoría implica (y pretende) la inclusión dentro del marco de lo que se define como la nación armenia, cuyas partes incluirían un Estado, antes ausente para la mayoría”.

Es una categoría que implica derechos y obligaciones, como el reclamo de la diáspora a la doble ciudadanía o la intervención en la reconstrucción del Estado, que “evidencian la inclusión dentro de un ‘nosotros’ que extensivamente incluiría a todos los armenios, más allá de su ciudadanía”, explica la investigadora.

Carlos Boyadjian
Periodista
coboyadjian@yahoo.com.ar

Refugiados en un país de inmigrantes

Bajo los criterios establecidos por la ley argentina a fines del siglo XIX, toda persona que llegara al país proveniente del exterior era considerada un inmigrante. Y en algún sentido eso es cierto, por cuanto una vez radicada en el país esa persona debía tener un trabajo o una actividad económica para procurarse el sustento.

Sin embargo, las circunstancias en que llegó a la Argentina cada grupo migratorio difieren según el momento histórico y las motivaciones políticas o económicas que tuvieron al subirse a los barcos y cruzar el Atlántico rumbo a Sudamérica.

Nélida Boulgourdjian, docente e investigadora del Conicet en el Centro de Estudios e Investigaciones Laborales (CEIL) y la Universidad de Tres de Febrero, cuestiona el carácter de inmigrantes de los armenios llegados al país después de la Primera Guerra Mundial. En especial, por contraposición al estatus de refugiados que traían muchos connacionales, luego de la disolución del Imperio Otomano y la caída del zarismo en 1917.

En una investigación que lleva por título “Del Imperio Otomano a la Argentina. Recepción de los armenios post-genocidio: ¿Inmigrantes o refugiados?” (2015), Boulgourdjian destaca que la noción de refugiado maduró en Europa luego de la Gran Guerra (1914-1918) por una situación de excepcionalidad, el éxodo de millones de personas que perdieron la protección de sus estados y buscaron refugio en otros países.

“Este movimiento de población se produjo en momentos en que los Estados occidentales profundizaban los controles de sus nacionales y de los extranjeros mediante el documento de identidad, del que carecían los apátridas”, señala la investigadora.

Y aclara que por aquellos años se buscó atender la situación de las personas que habían sido corridas de sus territorios sin documentación, como el caso de los emigrados de Rusia o los armenios expulsados del Imperio Otomano.
“En 1921 el Alto Comisionado para los Refugiados, en el marco de la Liga de las Naciones instauró el estatus jurídico de refugiado. Su responsable, el filántropo y científico noruego Fridtjof Nansen, creó un certificado conocido como Pasaporte Nansen, con el objeto de permitir el ingreso de estos apátridas en los países que los querían recibir”, explica Boulgourdjian.

Sin embargo, aunque algunos armenios entraron a la Argentina con el Pasaporte Nansen, según las leyes argentinas eran considerados inmigrantes. Recién en 1951 se reconoció la figura legal de refugiado, cuando el país adhirió a la Convención de Ginebra relativa al Estatuto de los Refugiados, que entró en vigencia recién en 1962.

C.B.

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