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Zabel Yesayan: la esperanza de justicia oculta en una caja de fósforos

Seda Grigoryan

Zabel 1(VNReport).- “Además de lo que he dicho durante la investigación preliminar y aquí en esta sala, en mi testimonio, anuncio que no he emprendido ninguna acción en contra la URSS en nombre de los servicios de inteligencia franceses, no he realizado ninguna tarea, ni he hecho nada malo. Soy culpable de los delitos que he cometido, soy igual de desafortunada que cualquier otra mujer criminal. Le pido a la corte que tome en cuenta mi honesta confesión y me dé la oportunidad de enmendar mi pecado y todos los errores que he cometido”

Así es como la escritora, crítica literaria y figura pública Zabel Yesayan concluyó su declaratoria el 23 de enero de 1939, luego de las preguntas formuladas por el tribunal antes de recibir su veredicto. Ya había pasado un año y medio desde su arresto el 27 de junio de 1937. Ella, quien a lo largo de sus actividades públicas y culturales -desde Constantinopla hasta París y Ereván- abrazó con dignidad todas las dificultades de su vida y sus horrorosos acontecimientos históricos. Ella, que estaba profundamente consciente de su misión de cumplir los objetivos nacionales, ahora enfrentaba interrogatorios interminables, torturas, malas condiciones en prisión, escasez de alimentos y la privación constante de las armas de un escritor: la pluma y papel.

Yesayan fue una de las intelectuales armenias más notables a principios del siglo XX y se ganó su lugar “honorable” en la infame lista de los jóvenes turcos del 24 de Abril de 1915. Se encargó de documentar el Genocidio Armenio, cuidar de los huérfanos y de difundir y promover la literatura armenia en Europa. Más tarde, encontró refugio en las paredes húmedas y oscuras de la cárcel al impartir lecciones improvisadas de literatura francesa para sus compañeros de celda. Su libro “En las ruinas” es una representación sincera de la masacre de los armenios de Adana en 1909, y fue publicada solo dos años después de los hechos, en medio de las crecientes tensiones en la Turquía otomana.

Incluso cuando los gendarmes turcos fueron a su casa en Constantinopla para arrestarla, no tropezó ni se puso nerviosa, ante la pregunta “¿Eres Zabel Yesayan?”. En ese momento, contestó con calma que Zabel estaba dentro y luego logró escapar. Durante meses se escondió en uno de los hospitales de esta ciudad, desde donde pudo huir a Europa con su hijo, abandonando su lugar de nacimiento de una vez por todas. Sin embargo, aun estando en París, no pudo evitar el peligro de publicar bajo un seudónimo masculino, los relatos de testigos presenciales que habían escapado del Genocidio, continuando así su misión de documentar estos eventos horribles.

Años más tarde, Zabel Yesayan se paraba frente a un tribunal soviético reconociendo su culpa, ya sin la fuerza para luchar contra el desaliento interminable. Culpable no de espionaje, de la que estaba acusada, sino simplemente de tener una conexión con aquellos que ya habían sido proclamados “enemigos del pueblo” o eran sospechosos: personas, escritores como ella, que nunca pensaron que podrían ser culpables de algo como lo que fueron acusados luego de años de interrogatorios.

Tiempo después, en 1956, cuando el hijo de Zabel, Hrant Yesayan, solicitó que se reabriera su caso, una de las personas que daría su testimonio sería su compañera de celda, Karine Gyulikekhvyan: “Algunas veces se hacía de tal manera que la llevaban para interrogarla varias veces al día. Cuando aparecía, ella parecía vacía y avergonzada. Diría que le agregaban acusaciones absurdas, de las cuales ella no tenía idea, culpándola, por ejemplo, de espionaje”.

Todo esto tuvo lugar en la Armenia soviética, a la que Zabel Yesayan  prefirió sobre París, abandonando su vida europea cuando se mudó a Ereván en 1932.

“El centro del desarrollo humanístico se ha trasladado a la capital de la Unión Soviética. La humanidad progresista es de Moscú. La literatura y las artes soviéticas están llamadas a cumplir el papel que Atenas, la Italia del Renacimiento y más tarde París, han sabido tener a lo largo de los siglos. Este rol, que Moscú está destinado a realizar y que ya está llevando a cabo, es mucho más grande, más fundamental e incluso más consciente”: Pasaje del discurso que ofreció Zabel Yesayan durante la convención de escritores de la Armenia soviética.

En ese mismo discurso, Yesayan analiza el curso de la literatura contemporánea en el mundo y en Armenia (simbolismo, futurismo, impresionismo), habla de Medzarents, Bakunts, Charentz. “Ieghishé Charentz es el mejor poeta y eso es innegable para todos; su talento, como una luz brillante, nos deslumbra a todos”, explicó en aquel momento, repudiando las severas críticas que hacía de este el presidente Drastamat Ter Simonyan, sabiendo muy bien que las mismas eran producto de la presión política. Al final de su discurso, vuelve a resaltar una vez más la grandeza y el valor de este escritor.

“Charentz puede mirar hacia lo que viene con los ojos llenos de brillo. Muchos de nuestros nombres se perderán para siempre, pero las generaciones venideras no se olvidarán de él. Quizás algunos de nosotros pasaremos a las generaciones futuras solo porque, empapados de sus valores, hemos sido justos o injustos hacia alguien”

 

“Nosotros, amigos, somos los herederos de un pueblo con una cultura que se remonta a un milenio. Tenemos un lugar honorable y único en la historia de la civilización humana. En el hilo de los siglos, nuestra cultura nacional triunfó a pesar de las dificultades e incluso las condiciones más extremas no han podido romper esa cadena. Nuestro rico y multifacético pasado cultural nos impone una gran obligación, pero nuestras responsabilidades actuales son más grandes, más expansivas, más profundas y, sobre todo, con más responsabilidades”.

Zabel junto a intelectuales armenios

Zabel junto a intelectuales armenios

A Yesayan, que era tan fuerte en sus convicciones y su creencia en la justicia, tal vez no se la perdonaría por estas mismas cualidades: hablar en contra de la desigualdad, criticar a los que no eran dignos y elogiar a los que sí lo eran, a pesar del ambiente político que prevalecía. Incluso después de su arresto, ella realmente creía que no había alternativa a decir la verdad. Cuando el 23 de enero de 1939, ella estaba de pie ante el tribunal y recibió la versión rusa del testimonio que había dado en armenio, en el que las palabras expresadas ​​a menudo contradecían directamente sus propios pensamientos y la realidad, todavía creía que los cargos en su contra acerca de ser una agente de la inteligencia francesa eran simplemente un malentendido y un error en la traducción, por lo que las aclaraciones pertinentes resolverían el problema.

Fue en 1928, después de su primera visita a la Unión Soviética, más precisamente Moscú y Armenia, que publicó su novela en Marsella “Prometeo Liberado”, donde expresa su entusiasmo por las reformas y promesas del sistema soviético. “Cuando vivía en Francia, tenía todas las posibilidades de partir hacia América, incluso estaban cubrían mis gastos de viaje, pero me negué y vine a la Unión Soviética con buenas intenciones, no tenía ningún objetivo hostil”, dijo Zabel en la sala del tribunal. “En la Armenia soviética, veo la patria de los armenios, por lo tanto también la mía y creo que podría ser útil para el desarrollo de la literatura armenia”. De hecho, después de mudarse a Ereván, participó activamente en la vida social y política de la nación, se convirtió en miembro de la Unión de Escritores y delegada de su primera convención. También enseñó literatura francesa y europea en la Universidad del Estado, viajó a las diferentes regiones de Armenia, visitó fábricas y documentó las vidas, problemas y sueños del pueblo.

“Zabel Yesayan nunca perdería la esperanza y siempre diría que pase lo que pase, la verdad ganaría, que se aclararían los detalles de su caso y levantarían todas las acusaciones contra ella. Pensaba que pasaría de esta injusta acusación y que todavía estaría al servicio de la Armenia soviética”, comentaba Kariné Gyulikekhvyan recordando sus conversaciones con Zabel en la cárcel.

Sería en esa misma Armenia soviética, que un juez en 1939 pronunció su cruel veredicto como si fuera un anuncio de rutina. Era como si la persona ante él no fuera Zabel, ni Charentz, ni Bakunts, no fuera esa mente brillante y espíritu valeroso, sino una columna de fantasmas sin rostro y sin vida. Lo más probable es que el proceso monótono ya hubiera aburrido al juez, con preguntas inútiles, y que cuanto más corto se hiciera, más rápido podría agregar el siguiente nombre a la misma “sentencia” con la esperanza de hacerlos desaparecer, como en un estallido de pólvora.

Algún tiempo después del juicio, la escritora le contó a Kariné Gyulikekhvyan las horas que pasó esperando su ejecución. “Cuando estuvo en la celda para los prisioneros que esperan ser ejecutados, en el interior de una caja de fósforos, usando el extremo de un alfiler, escribió con su propia sangre que no era culpable de nada, y que era una carga muy pesada dejar la vida, esperando que alguien la lea y que la verdad prevalezca”, explicó su compañera.

En las memorias de la hija de Zabel, Sofi Yesayan, queda claro que la familia desconocía tanto el juicio como el veredicto. Ocho meses después de la audiencia, Sofi escribió sobre la reunión con su madre: “Tuve que verla el 2 de septiembre de 1939. Ella estaba en la cárcel de la ciudad. Llevaba una túnica negra, su pelo estaba extremadamente blanco pero psicológicamente no tenía inhibiciones. Ella acarició a mi hija de dos años y dijo: ‘Serás una pionera y dirás que tu abuela era una antirrevolucionaria’. Luego se contradijo diciendo: ‘Pero no, no dirás esto veinte años después’. Luego, respondiendo la pregunta de mi hermano sobre si hubo una audiencia, mi madre explicó: ‘Sí, el primer fallo fue duro, pero segundo no fue nada’.

Ese “nada” fue el nuevo veredicto “ablandado” de Moscú: diez años de prisión en respuesta a la petición que ella rápidamente formuló y envió a Moscú, solicitándoles que reconsiderasen la sentencia de muerte y le den tiempo para esclarecer las pruebas. Yesayan y sus hijos mantuvieron correspondencia por algunos años más. Las últimas cartas que se encontraron en los archivos datan de 1943 de Bakú, aunque su hijo, Hrant, en su apelación para reabrir su caso, señala que el último mensaje que recibieron de su madre era de abril de 1945, después de lo cual, según supieron de ella, se enfermó gravemente de disentería y más tarde murió. Las circunstancias precisas de su fallecimiento, el momento y el lugar, hasta ahora siguen siendo desconocidas.

Su encarcelamiento de diez años habría terminado en 1949, pero se necesitaba más tiempo para que la justicia sea restaurada. En los registros de 1956 de su caso, aparte del testimonio de Kariné Gyulikekhvyan, están los de Stepán Zoryan, Kegham Saryan y Vahram Alazan. Todos estos la describían como positiva, patriótica y honesta. Por ejemplo, el primero argumentaba: “En ninguna de sus conversaciones o publicaciones hay una tendencia antisoviética”. Con base en estos testimonios y las circunstancias de su caso, más allá de sus confesiones, no hay absolutamente ninguna evidencia. Fue exonerada en 1957 y las acusaciones contra ella fueron eliminadas. A su vez, los responsables de su veredicto del 23 de enero de 1939 fueron castigados.

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