No solo se está juzgando a Karekin II

El viernes 7 de agosto ocurrió algo que, hasta hace poco, era difícil de imaginar: el Catholicos de Todos los Armenios, Karekin II, llegó a un tribunal de Echmiadzín junto con seis altos miembros del clero para enfrentar un proceso penal surgido de una decisión interna de la Iglesia Apostólica Armenia.
La primera audiencia duró poco. El juez Hakob Manukyan se apartó de la causa al considerar que una relación profesional previa con uno de los abogados defensores podía generar dudas sobre su imparcialidad. Deberá designarse otro magistrado y el proceso continuará. Fue un primer revés para un juicio al que se llegó después de meses de enfrentamiento abierto entre el gobierno de Nikol Pashinyan y la conducción de la Iglesia, en una puja desmedida.
La defensa de la Iglesia no exige compartir todas las decisiones de su actual conducción. El tema es hasta dónde puede avanzar el poder político sobre una institución religiosa autónoma.
La causa se originó en la destitución del arzobispo Gevorg Saroyan, quien recurrió a la Justicia civil y obtuvo una resolución que ordenaba su restitución. La Santa Sede sostuvo que la designación, remoción y disciplina de un obispo pertenecen al orden canónico de la Iglesia y no pueden ser decididas por un tribunal secular. La negativa a ejecutar aquella resolución derivó en la acusación contra Karekin II y otros seis miembros del alto clero.
Sería imposible analizar ese expediente al margen del enfrentamiento que lo precedió. Pashinyan pasó de cuestionar públicamente al Catholicos a exigir su renuncia, acusarlo sobre aspectos de su vida privada, hablar de una “mafia espiritual” y sostener que el Estado debía intervenir en la elección de su sucesor. La disputa política terminó llegando a los tribunales de Armenia y encontró también, en nuestras latitudes, amplificadores de un discurso que termina sirviendo a una ofensiva contra la propia Iglesia armenia
Esta arremetida ya había dejado imágenes difíciles de olvidar. El 27 de junio de 2025, fuerzas del Servicio de Seguridad Nacional y de la Policía ingresaron a la Santa Sede de Echmiadzín para detener al arzobispo Mikayel Ajapahyan. Hubo tensión, forcejeos entre agentes, clérigos y fieles y una fuerte presencia de fuerzas de seguridad dentro del principal centro espiritual de la Iglesia armenia. Fueron escenas particularmente dolorosas para una sociedad que veía a sus propias fuerzas de seguridad, muchos de ellos encapuchados, enfrentadas con religiosos y creyentes dentro de Echmiadzín.
Después de la malograda audiencia, Karekin II regresó a la Santa Sede y denunció que desde el poder se busca “dañar la autoridad de la Iglesia, limitar su autonomía y someterla a la voluntad de las autoridades”. Al mismo tiempo pidió a los fieles “estar lúcidos y ser prudentes” y no ceder a provocaciones.
La tensión había crecido después de que Karekin II y otros dirigentes religiosos cuestionaran la política del Gobierno sobre Artsaj, denunciaran el desplazamiento forzado de su población armenia y reclamaran por los prisioneros retenidos en Azerbaiyán.
En paralelo, desde Bakú se atacaba a la Iglesia Apostólica Armenia y se llegaba a afirmar que Echmiadzín se encuentra sobre supuestos “territorios históricamente azerbaiyanos”, pero el Gobierno armenio no salió en su defensa. Poco después, Allahshukur Pashazade, presidente de la Junta de Musulmanes del Cáucaso y cercano al régimen de Ilham Aliyev, utilizó incluso los ataques de Pashinyan para reforzar su propia ofensiva contra la Iglesia armenia.
Durante los siglos en los que los armenios no tuvimos Estado, la Iglesia ayudó a preservar la lengua, la cultura, la educación y una conciencia común de pertenencia. Después del Genocidio volvió a cumplir esa función entre los sobrevivientes dispersos por el mundo.
La diáspora conoce bien esa historia. Alrededor de las iglesias crecieron escuelas, instituciones sociales y espacios comunitarios. Para las generaciones nacidas lejos de Armenia fueron uno de los lugares donde se conservaron la lengua, las tradiciones y la identidad.
La propia Constitución de Armenia reconoce la misión particular de la Iglesia Apostólica Armenia en la vida espiritual, el desarrollo de la cultura y la preservación de la identidad nacional. Al mismo tiempo establece la separación entre las organizaciones religiosas y el Estado. Pashinyan gobierna la República de Armenia, pero el Catholicos de Todos los Armenios conduce una institución cuya dimensión es panarmenia.
La Federación Revolucionaria Armenia-Tashnagtsutiún denunció después de la audiencia una “persecución sistemática” contra la Iglesia y sostuvo que las acciones de las autoridades “socavan fundamentalmente el principio constitucional de separación entre la Iglesia y el Estado”. También afirmó que los asuntos vinculados con el derecho canónico, la conducción de las diócesis y los procedimientos internos corresponden exclusivamente a la institución religiosa.
El Consejo Directivo Central de la Arquidiócesis de la Argentina y Chile expresó su “profunda preocupación”, calificó el proceso como una “grave intervención” en la misión de la Iglesia y consideró que vulnera los principios constitucionales de libertad de culto y separación entre Iglesia y Estado. Su pronunciamiento pidió al Gobierno armenio abstenerse de continuar con acciones contra la Iglesia y buscar una salida basada en el respeto mutuo.
Más categórica fue la posición de IARA-Instituciones Armenias de la República Argentina que reclamó la anulación de las causas y recordó que la comunidad armenia construida por los sobrevivientes del Genocidio tuvo siempre en sus iglesias uno de los núcleos de su vida comunitaria, educativa y social. Calificó la intervención de tribunales seculares en asuntos internos de la Iglesia como un “avasallamiento institucional inaceptable”.
El Gobierno eligió abrir una batalla interna contra una de las instituciones más antiguas y arraigadas del pueblo armenio en un escenario en el que Artsaj fue vaciada de su población armenia, Azerbaiyán mantiene reclamos sobre territorio soberano de Armenia y continúa reteniendo ilegalmente a prisioneros armenios.
La Iglesia Apostólica Armenia lleva casi dos mil años formando parte de la historia del pueblo armenio y sobrevivió a imperios, persecuciones, genocidio y décadas de dominación soviética. Un gobierno puede discutirla, cuestionarla y enfrentarse políticamente con sus autoridades. Lo que no debería hacer es intentar someterla. Karekin II es circunstancial. También lo es Nikol Pashinyan.
El viernes el juez se recusó y el juicio no avanzó. Habrá otro magistrado y otra audiencia. El objetivo de este proceso penal no es el Catholicos, sino la Iglesia, una institución que sostuvo durante siglos la identidad armenia. Debilitarla desde el Estado es debilitar a la armenidad en su conjunto.
Pablo Kendikian
Director de Diario ARMENIA