Armenia-OTSC, el vínculo está definitivamente roto, pero salir de la órbita de Putin no será gratis

La participación de Armenia en la alianza militar liderada por Rusia pasó en tres décadas de la seguridad absoluta, al abandono y eventual traición durante la guerra de Artsaj, a la extorsión y ahora la amenaza de expulsión.
Hace sólo unos días el reelecto primer ministro de Armenia, Nikol Pashinyan, aseguró durante el debate del plan de gobierno 2026-2031 en la Asamblea Nacional que vería con buenos ojos que la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) expulsara a Armenia como miembro de pleno derecho del organismo.
No son nuevas las tensiones entre el gobierno de Armenia y la conducción de la alianza militar y de cooperación en materia de seguridad liderada por la Federación Rusa, y en la que participan además de Armenia – con su membresía vigente, pero participación congelada desde febrero de 2024- Bielorrusia, Kazajistán, Kirguizistán y Tayikistán.
Azerbaiyán y Georgia fueron miembros del bloque desde su creación en 1994 hasta su retiro voluntario en 1999 y Uzbekistán se retiró en 2012, mientras que permanecen como observadores Afganistán y Serbia, ambos desde 2013.
El mandatario armenio hacía referencia así a la velada amenaza de sanciones que analizaron cuatro presidentes del bloque, Vladimir Putin (Rusia), Alexander Lukashenko (Bielorrusia), Kasim Yomart Tokayev (Kazajistán) y Sadyr Japarov (Kirguistán) durante la última Cumbre de Bishkek a principios de junio pasado.
En esa oportunidad Pashinyan se excusó de asistir porque estaba en el tramo final de la campaña por su reelección el 7 de junio, que prácticamente coincidía con la Cumbre de la OTSC.
"No tenemos planes de volver a la OTSC en los próximos cinco años. Puedo afirmar con certeza que no activaremos nuestro trabajo en la OTSC. Sé que hay discusiones en la OTSC y que pueden sacar al país de la organización. Me alegraría mucho si la organización decide retirar a Armenia de la OTSC. Nos liberará del dilema de salir de aquí”, dijo el pasado 24 de agosto el primer ministro armenio ante la Asamblea Nacional.
“El interés se ha agotado”, agregó el mandatario, cerrando la puerta a cualquier negociación con el organismo, argumentando a que la organización no ha dado respuestas a las preguntas que ha formulado oportunamente Armenia.
Pulseada con Putin
El argumento central y formal de los mandatarios para amenazar a Armenia con la expulsión es que desde hace dos años el país no cumple con el pago de las cuotas que corresponden como miembro pleno, por lo que literalmente estaría en “default” con el organismo.
En febrero de 2024 el gobierno armenio decidió congelar su membresía y de hecho, desistió de participar en las reuniones del bloque a partir de ese momento, lo que generó presiones de parte de Rusia y, en menor medida, Bielorrusia para que Ereván definiera qué iba a hacer con su membresía.
En septiembre de 2024, Pashinyan afirmó que la OTSC representaba una “amenaza para la soberanía de Armenia”, y tres meses más tarde, en diciembre de 2024, declaró que “las relaciones con la OTSC habían llegado a un punto de no retorno”. El dato saliente del discurso del lunes 24 de agosto pasado es que la ruptura ahora está oficialmente entendida como política de Estado.
Claramente, hay un punto de inflexión en la relación entre Armenia y la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, que nos lleva a cuatro años atrás, cuando en septiembre de 2022 Azerbaiyán atacó, sin mediar declaración de guerra alguna, a la población de Artsaj. Rompió así en la práctica un cese del fuego formal que regía desde 1994.
En ese momento Ereván intentó sin éxito gatillar el artículo 4 del Tratado de Seguridad Colectiva, que taxativamente establece: “Si uno de los Estados miembros sufre una agresión (ataque armado que amenace la seguridad, la estabilidad, la integridad territorial y la soberanía), los demás Estados miembros lo considerarán una agresión (ataque armado que amenace la seguridad, la estabilidad, la integridad territorial y la soberanía) contra todos los Estados miembros del presente Tratado”.
Y agrega: “En caso de que se cometa una agresión (ataque armado que amenace la seguridad, la estabilidad, la integridad territorial y la soberanía) contra cualquiera de los Estados Miembros, todos los demás Estados Miembros, a solicitud de dicho Estado Miembro, le prestarán de inmediato la ayuda necesaria, incluida la militar, así como el apoyo por los medios a su alcance, de conformidad con el derecho a la defensa colectiva reconocido en el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas”.
Moscú hizo caso omiso de esta exigencia del tratado y jugó en ese momento un rol muy ambiguo, buscando erigirse en mediador de la situación y garante de la seguridad de Armenia y de Azerbaiyán.
Este antecedente se agravó incluso más cuando en septiembre de 2023 Azerbaiyán bombardeó Stepanakert, pese a que las fuerzas rusas debían garantizar la seguridad de la población armenia, y Rusia no hizo nada para impedir que Azerbaiyán cortara la ruta que unía Berdzor (Lachín) con Armenia y estableciera el terrible bloqueo de 10 meses, que terminó con la limpieza étnica de más 100.000 armenios nativos de Artsaj.
Fue el momento en que Pashinyan declaró que “confiar únicamente en Rusia para garantizar la seguridad de Armenia había sido un error estratégico”. En este contexto, crecieron las tensiones con Rusia en el seno de la Unión Económica Eurasiática (UEE), a raíz del vuelco de Armenia hacia Occidente.
Mirada a Occidente
El punto de mayor encono de Moscú con Ereván es la decisión y los pasos concretos que se están dando en Armenia para avanzar en la membresía de la Unión Europea, que llevó al propio Vladimir Putin a decir que es incompatible la participación de Armenia en la UEE y a la vez en la Unión Europea, por lo que instaba a Ereván a convocar a un referéndum urgente para que la ciudadanía se expresara sobre este punto. La respuesta del gobierno armenio fue que eso se haría llegado su momento y no en forme perentoria.
Por cierto, para Armenia alejarse de la órbita rusa o incluso ser expulsada de la OTSC no será un camino de rosas. Se sabe que la economía armenia es altamente dependiente de las inversiones rusas, y del comercio bilateral, fundamentalmente en materia energética.
El otro punto es lo que está sobre la mesa de Putin en este momento, y es el desarrollo de infraestructura y conectividad con los países de su “patio trasero”, identificado como el espacio post soviético.
Apelando a una vieja estrategia que utilizaron los soviéticos durante décadas, el desarrollo de infraestructura vial, ferroviaria, rutas comerciales, gasoductos con las antiguas repúblicas socialistas le garantizaba a Moscú un determinado control y poder de coerción, en caso de “desvíos” o “comportamientos díscolos”.
Hoy es la estrategia de Rusia para evitar perder hegemonía en un Cáucaso que ve cómo se le escurre entre las manos. Armenia está mirando a Occidente en materia política y económica y ha forjado alianzas con Francia, la India y en parte Estados Unidos en materia militar.
Azerbaiyán intenta jugar un juego independiente y mantiene su alianza de hierro con Turquía e Israel – nadie sabe si Bakú podrá mantener el equilibrio entre las dos potencias regionales, hoy enfrentadas- y se apalanca en los petrodólares que le dan libertad económica. Por su parte, Georgia, se debate entre el camino a la autocracia y la búsqueda de una membresía en la Unión Europea.
“En términos estratégicos, esto significa que Moscú está perdiendo progresivamente a los tres Estados del Cáucaso Meridional de forma simultánea; cada uno por una vía diferente, pero con el mismo fin estructural: el surgimiento de una arquitectura prooccidental en el flanco sur de Rusia”, señala Muhammad Mahad Samija, en un análisis publicado esta semana en The Diplomatic Insight.
Y agrega: “La OTSC se encuentra en una encrucijada de relevancia, cohesión y poder; fracturada por la guerra de Ucrania, la cambiante geopolítica euroasiática y la creciente influencia de China, Irán y Turquía, enfrenta desconfianza interna y competencia externa que ponen en entredicho su futuro como mecanismo creíble de seguridad colectiva. La conectividad sin una arquitectura de seguridad es una infraestructura expuesta a la coerción; genera dependencia sin disuadir”.
Carlos Boyadjian