El huevo de la serpiente anidó en Tracia en 1913, donde Turquía sentó sus bases genocidas en el ADN nacional

02 de noviembre de 2026

Tropas del ejército otomano durante la Primera Guerra de los Balcanes, 1912.

La política de limpieza étnica, una de las formas de genocidio tipificadas por la comunidad jurídica internacional, tiene sus orígenes dos años antes de iniciarse el genocidio armenio.

En varios sentidos, las guerras Balcánicas de 1912 y 1913 fueron el caldero en el que fraguaron las políticas genocidas del Estado turco-otomano contra todas las minorías del Imperio a comienzos del siglo XX, y entre ellas particularmente armenios y griegos, aunque no hay que olvidar a otros pueblos balcánicos, como serbios, montenegrinos, macedonios y búlgaros.

La campaña militar de Tracia en 1913, que tuvo lugar en la parte occidental de lo que hoy es Turquía y la que justifica que desde Mustafá Kemal Atatürk en adelante los turcos insistieran en su pertenencia a Europa, fue corta en duración, pero intensa y con consecuencias determinantes en los años siguientes.

En el contexto de las Guerras Balcánicas de 1912/13, los líderes del Comité Unión y Progreso (CUP), que encabezaron el gobierno de los Jóvenes Turcos y desde hacía más de un lustro estaban en el poder tras el golpe de 1908 que destituyó al sultán Abdul Hamid II, emprendieron una fuga hacia adelante en su política hacia las minorías nacionales, que a la postre sería el comienzo de la tragedia que vivió el pueblo armenio y un punto de no retorno para la política nacionalista y racista del poder turco-otomano hasta nuestros díasn revelador ensayo de Darko Majstorovic, pone el foco en esa corta campaña militar en Tracia oriental, pero de enorme significación histórica y política. Majstorovic es investigador del Nationalism Studies Program, de la Universidad Centroeuropea con sedes en Viena y Budapest, y su trabajo fue publicado por Routledge, Taylor & Francis como parte del Journal of Genocide Research.

“Es durante este breve período, entre julio y septiembre de 1913, cuando la cúpula unionista del Imperio Otomano desarrolló una forma de violencia muy específica, novedosa y sistemática que, más adelante, se emplearía contra otras poblaciones cristianas, incluidos los armenios”, señala Majstorovic.

Y agrega que “en este contexto, merece la pena examinar con detenimiento la campaña otomana de 1913, no solo como un aspecto relevante de las guerras balcánicas, sino también como preludio de unas prácticas que, trágicamente, se aplicarían a mayor escala durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial”.

Mustafá Kemal en Canakale en la Guerra de los Balcanes, 1912

“Limpiar la patria”

En el trabajo “La campaña militar otomana de 1913 en Tracia oriental: ¿un preludio del genocidio?”, publicado en 2018, el autor proporciona un dato clave. Dice que Halil Menteşe, miembro destacado del Comité Unión y Progreso (CUP), ministro de Relaciones Exteriores y presidente de la Cámara de Diputados en los últimos años del Imperio Otomano, escribió en sus memorias que la “prioridad” de Talat Pashá [en 1914] “era limpiar la patria de elementos cuya traición había quedado al descubierto durante la guerra de los Balcanes”.

Y amplía: “Esta guerra debió de causar una profunda impresión en Talat para que llegara a una conclusión tan extrema”. Un dato que contribuye a esta visión atribuida a Talaat, uno de los arquitectos del genocidio armenio, es que tras la brutal derrota de las tropas otomanas se estima que más de 600.000 hombres, mujeres, niños y ancianos de un total de 2.315.000 musulmanes que vivían en las provincias europeas del Imperio murieron producto de la guerra y enfermedades generadas por el conflicto.

Muchos otros escaparon hacia Constantinopla a Asia Menor. Además, otros 230.000 musulmanes de Macedonia se refugiaron en la capital del Imperio, luego de que los aliados incendiaran hasta un 80% de los pueblos y aldeas musulmanes, para impedir que los que se fueron, regresaran.

Acciones en campo de batalla

Hacia noviembre de 1912 el avance de las tropas búlgaras era indetenible para el ejército otomano, al punto que se habían estacionado a las puertas de Constantinopla. La línea Çatalca, era la última fortaleza de defensa para los turcos, que intentaban impedir la llegada de los búlgaros a la capital otomana.

Un grupo de oficiales búlgaros en Çatalca (un distrito de Estambul) durante la Primera Guerra de los Balcanes, 1913.

En ese contexto, un clima de finde época reinaba en Constantinopla por primera vez en 500 años de vigencia del Imperio y muchos pensaban que se acercaba la hora del fin del dominio otomano en esa estratégica región. Así, germinaron las ideas nacionalistas, buscando culpar a las minorías cristianas de la debacle, acusándolos de cooperar con el enemigo o incluso desertar del ejército en muchos casos.

“En un intento desesperado por salvar el Imperio, el 23 de enero de 1913, oficiales unionistas —encabezados por el teniente coronel Ismail Enver— irrumpieron en la Sublime Puerta (NdR: la sede del Gobierno), abatieron a tiros al jefe del Estado Mayor otomano, Nâzım Pashá, y se hicieron con el poder. Los unionistas estaban decididos a recuperar los territorios perdidos a cualquier precio”, señala Majstorovic.

Como ocurrió varias veces en la historia reciente de Turquía, un hecho fortuito volvió a salvarlos del desastre. Los aliados balcánicos (búlgaros, griegos, serbios y macedonios) comenzaron a disputarse el botín de guerra, obligando a los búlgaros a distraer fuerzas para atender el frente interno, mientras los turcos se preparaban para la ofensiva.

El 18 de julio de 1913, en medio de la contraofensiva otomana en Tracia, el primer consejero de la embajada de Francia en Constantinopla, Auguste Boppe, fue recibido por el Gran Visir, Said Halim Pashá. Las palabras de Said Halim no dejan lugar a dudas sobre las intenciones de los turcos.

“Desde Çatalca hasta la línea Enos-Midia, nuestras tropas solo han encontrado ruinas, aldeas incendiadas, cuerpos de mujeres y niños, y osamentas de hombres. ¿Podremos evitar que los soldados turcos busquen vengarse de tales actos de barbarie?”

Con algo de razón, pero también mucho de exageración, el discurso del gobierno turco inauguraba también la política espejo de atribuir a los otros las políticas genocidas que el Imperio Otomano llevaba adelante contras griegos y armenios desde hacía más de medio siglo, por lo menos. También era el inicio de otra forma de la política genocida, la violencia urbana, que los turcos desarrollaron y perfeccionaron a partir de 1915 y por casi una década.

Vía libre para matar

El 14 de julio de 1913 las tropas otomanas dispuestas a recapturar el territorio perdido, comenzaron la avanzada, con un método particular. El resultado fueron las masacres de Rodosto y Malgara, donde una vez más los armenios llevaron la peor parte.

Tras llegar a Rodosto “inmediatamente, emitieron una proclama dirigida a la población cristiana y judía de la zona, dándoles dos días para devolver las pertenencias musulmanas que supuestamente habían confiscado durante la ocupación búlgara. Pero la restitución se convirtió en saqueo y venganza. Sin demora, los refugiados musulmanes que regresaban y los voluntarios se dividieron en grupos, cada uno encabezado por cuatro o cinco soldados irregulares, y comenzaron a saquear la ciudad”, sostiene el autor.

Y agrega: “Los habitantes adinerados se vieron obligados a pagar para que se les perdonara la vida, mientras que los más pobres corrieron peor suerte: antes de que los cónsules de las Grandes Potencias pudieran intervenir, 19 personas fueron asesinadas y otras 81 desaparecieron”.

Armenios, chivos expiatorios

En la vecina Malgara no había representantes diplomáticos europeos, ni ojos curiosos que pudieron advertir al mundo. El 15 de julio, mientras el ejército otomano se acercaba a la ciudad, una delegación de notables griegos y armenios, preocupados, fue enviada al encuentro de los soldados, con la esperanza de evitar cualquier extorsión.

“En lugar de tranquilizar a los enviados, el comandante otomano los recibió con un insulto: ‘Ustedes, los armenios, han ayudado mucho a los búlgaros, pero hoy van a recibir su recompensa’”, amenazó. “Al entrar en Malgara, el ejército emitió la misma proclama que en Rodosto; solo que esta vez, se dirigía específicamente a los armenios: ‘Traidores armenios, ustedes han ayudado en gran medida a los búlgaros, pero hoy tendrán su recompensa. Tienen en su poder armas y otros objetos robados a los musulmanes’”, recuerda Majstorovic en su investigación.

Y remata: “El 16 de julio, sin previo aviso, la población musulmana comenzó a saquear; la indulgencia de los oficiales fue interpretada por la turba como una autorización tácita para iniciar un ataque generalizado contra los cristianos. Poco después, soldados acompañados por fuerzas irregulares se sumaron al saqueo e incendiaron el barrio armenio. Según un superviviente, interrogado más tarde por una comisión del Patriarcado Armenio, la orden de matar fue dada por oficiales otomanos. La oleada de violencia se prolongó durante varias horas; 12 armenios fueron asesinados, 8 desaparecieron y 87 casas fueron incendiadas”.

Tras la corta campaña militar para fines de septiembre los enfrentamientos ya habían dejado como vencedoras a las tropas otomanas. El 29 de setiembre de 1913 se firmó un tratado de paz entre Bulgaria y el Imperio Otomano, que incluía instancias de intercambio de población para evitar nuevos choques. Pero esta parte del acuerdo no fue respetada por los turcos que, en cambio, comenzaron a emitir órdenes de expulsión y hasta deportación de los habitantes no turcos, firmadas por el propio Talaat Pashá.

Como se ve, las guerras Balcánicas fueron el ensayo general del gobierno de los Jóvenes Turcos y factor clave en el diseño del genocidio perpetrado contra los armenios apenas unos meses después.

Carlos Boyadjian
coboyadjian@yahoo.com.ar

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