Irina Papikyan y la nueva etapa del Conjunto de Danzas Folklóricas Armenias Nairí de HOM

13 de julio de 2026

Irina Papikyan nació en Armenia en 1979 y a los tres años ya estaba dentro de una escuela de danza. Desde entonces, la formación clásica, la disciplina del cuerpo y el vínculo con la música marcaron su vida. Después de terminar sus estudios en 1997, trabajó como actriz en el Teatro Nacional Sundukyan e integró Paregamutyun (Amistad), uno de los conjuntos nacionales de danza más reconocidos de Armenia, donde los bailarines de formación clásica interpretaban repertorios armenios y de distintos pueblos del mundo.

En aquellos años, recuerda, un concierto podía reunir danzas ucranianas, rusas, españolas, indias, judías y armenias. Lo importante no era sólo la variedad del repertorio. “Cada baile tenía su historia”, cuenta Irina Papikyan en diálogo con Diario ARMENIA. Esa idea, aprendida en Armenia y madurada durante años de trabajo, es la que hoy transmite como directora del Conjunto de Danzas Folklóricas Armenias Nairí de HOM.

Papikyan llegó a la Argentina en 2007. Poco después conoció a Vahram Ambatzoumyan y comenzó a trabajar con Mini Shirag, el grupo infantil de Nairí. Desde su arribo al país, su camino en la colectividad estuvo ligado a la enseñanza y a la formación de nuevas generaciones. Hoy define la nueva etapa de Nairí con una expresión bien armenia: “Նոր շունչ” o “nuevo respiro”. Para Irina significa nueva generación, nuevos bailes y nuevo ánimo.

“La danza armenia no puede reducirse a una coreografía”, sostiene. “Una coreografía es simplemente un conjunto de pasos bajo una canción. Los bailes armenios tienen una historia detrás. Se bailaron en casamientos, en tareas cotidianas, en momentos de despedida, antes de la guerra o después de la victoria”.

Es por eso que, antes de comenzar una nueva danza, Papikyan traduce la letra y cuenta el contexto de la canción. Quiere que las alumnas y alumnos sepan con qué energía tienen que bailar, qué emoción deben mostrar y qué están representando. No se trata solamente de aprender una secuencia coordinada. “Hay que entender qué se está contando”, resume.

Los ejemplos aparecen con naturalidad. Las mujeres tenían canciones y danzas para distintas tareas: preparar el madzún, hornear el lavash, ir a buscar agua. Los hombres, antes de entrar en batalla, bailaban hombro con hombro, tomados de la mano, para darse fuerza entre ellos. Después de la victoria, bailaban Kocharí. En esos gestos, explica Papikyan, vive una parte de la historia armenia.

También por eso le da tanta importancia al movimiento de las manos. “En la danza armenia femenina cada detalle ayuda a construir una escena”, señala, mientras acompaña sus palabras con un movimiento suave de las manos. “La mujer se desplaza con un andar pausado, con cierta reserva, muchas veces con la mirada baja. Las manos pueden parecer las de alguien que borda mientras baila”. Para ella, ese lenguaje corporal expresa una sensibilidad, una historia y una manera armenia de estar en escena.

“Con el baile podés marcar la historia armenia”, resume. La música también es parte de esa transmisión. Al elegir una pieza para Nairí, no necesita un proceso demasiado largo. Muchas veces, reconoce, escucha una canción y enseguida imagina una coreografía. Le gustan las grabaciones nuevas, pero no los arreglos que desfiguran el sentido original de la música. “Si es Gomidas, debe seguir siendo Gomidas”, afirma. Si una canción tiene una raíz clara, no hay que llenarla de colores ajenos.

Su enseñanza combina bailes tradicionales armenios con una base clásica. Esa formación le permite trabajar postura, línea, expresión, precisión y presencia escénica. Irina Papikyan insiste en que bailar no alcanza. “No es sólo bailar, es actuar”, subraya. “Hay que sentir la música, mostrar actitud, alegría, drama, emoción. Cada baile tiene su propio carácter y el cuerpo debe poder decirlo”.

En esa exigencia también aparece la dificultad de formar nuevas generaciones en la diáspora. Para Papikyan lo ideal sería que las chicas y los varones empezaran desde pequeños, alrededor de los cinco años, y crecieran dentro de la danza. De esta manera, al llegar a la adolescencia ya conocerían la música, la historia, los pasos, las actitudes y las diferencias entre un baile y otro. Pero la realidad suele ser distinta: muchos se acercan más tarde y hay que construir desde allí.

A pesar de ello, el resultado de sus dirigidos la emociona. Hay un momento que la conmueve especialmente: cuando ve que las chicas la miran para copiar sus manos, su manera de moverse, su forma de interpretar. “Me encanta que aprendan las manos armenias”, confiesa. En esos ojos que buscan repetir el movimiento, Papikyan reconoce algo más que una clase de danza. Ve una transmisión y una forma de la cultura armenia que pasa de un cuerpo a otro.

En la diáspora, esa transmisión tiene un sentido todavía más fuerte. “Si llevás sangre armenia en las venas, tenés el deber de abrazar tu patrimonio nacional”, afirma convencida. Para ella, muchos jóvenes quizás no entienden todo lo que ocurre durante una presentación, pero sienten la energía y eso los invita a volver. La danza, entonces, funciona como una puerta de entrada: primero emociona, después enseña.

En esta nueva etapa, Nairí también busca que más jóvenes se animen a acercarse, especialmente varones, cuya presencia es fundamental para completar la fuerza y el equilibrio de muchas danzas armenias. Papikyan no exige experiencia previa como condición excluyente. Prefiere que quienes tengan curiosidad se acerquen, prueben una clase y descubran desde adentro la energía del grupo.

Cuando se le pregunta qué le diría a una joven o a un varón que duda en sumarse al conjunto, no piensa en un gran discurso. “Simplemente los invitaría a una clase”. Está convencida de que volverían por la energía del grupo y por el clima de trabajo. “Nuestras puertas siempre están abiertas”, asegura.

Irina Papikyan destaca el acompañamiento de HOM. Recuerda que Nairí lleva 48 años de trayectoria y subraya que la organización está presente en cada paso, desde los ensayos hasta las presentaciones. “Sin HOM este proyecto no sería posible”, afirma. Para ella, ese apoyo forma parte de una tarea más amplia, tanto en Armenia como en la diáspora.

Nairí busca formar una nueva generación que sienta que detrás de cada paso y de cada música hay una historia, y que en cada mano que se mueve y en cada bota que retumba con fuerza en el suelo hay una cultura viva.

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