La justicia tardía de Israel

08 de julio de 2026

El tema es político, no hay dudas. El posible reconocimiento del Genocidio Armenio por parte de Israel llega tarde, llega en medio de una pelea abierta con Turquía y después de décadas de cálculo diplomático.

La resolución ya fue presentada ante el pleno de la Knesset y podría ser votada la semana próxima, aunque todavía no hay una fecha exacta confirmada. Si el Parlamento israelí completa el proceso y convierte la decisión en posición oficial del Estado, Israel habrá hecho lo correcto. Tarde, condicionado por sus intereses, obligado por el deterioro de sus relaciones con Ankara, pero es lo correcto. La verdad histórica tiene valor a pesar de que quien la pronuncia tenga intereses propios. Reconocer el Genocidio Armenio no borra las responsabilidades actuales de Israel.

El gobierno israelí aprobó por unanimidad la propuesta del canciller Gideon Sa’ar para reconocer el Genocidio Armenio y enviar la resolución a la Knesset. Sa’ar habló de un “deber moral e histórico” y dijo que “nunca es tarde para hacer lo correcto”. La noticia, y esa frase en particular, repercutieron en algunos de los medios de prensa más importantes del mundo. El canciller también apuntó contra el negacionismo institucional turco que, durante más de un siglo, intentó presentar el exterminio planificado de los armenios del Imperio Otomano como una tragedia confusa o un episodio más dentro del derrumbe imperial.

Israel siempre supo que fue un genocidio. Durante décadas tuvo académicos, dirigentes y militantes que reclamaron el reconocimiento del Genocidio Armenio. También tuvo gobiernos que evitaron pronunciar esa palabra para no incomodar a Turquía y, más tarde, para no afectar sus vínculos estratégicos con Azerbaiyán.

Quizás por eso la reacción armenia no fue simple ni unificada. Hubo quienes recibieron la noticia con escepticismo, como un reconocimiento demasiado tardío después de décadas de silencio y cálculo político. Algunos vieron una maniobra contra Erdogan. Otros sintieron que no cambiaba nada.

Turquía respondió como siempre, como se esperaba: desde el negacionismo. Rechazó la iniciativa israelí, volvió a hablar de los “sucesos de 1915” y acusó a Israel de hipocresía por la situación en Gaza. Ankara intenta presentar el reconocimiento como una maniobra para ocultar las acusaciones contra el gobierno de Netanyahu, pero denuncia esa utilización desde el lugar menos creíble: el de un Estado que sigue negando el crimen cometido contra el pueblo armenio. “Nuestra nación está libre de genocidio”, dijo Erdogan. Turquía señala Gaza para cuestionar a Israel. Israel invoca la memoria armenia sin responder por sus propias responsabilidades actuales.

La “seria preocupación” expresada por Azerbaiyán ante la decisión israelí terminó de completar un triángulo paradójico. Israel necesita a Azerbaiyán por energía, cooperación militar y por su posición geográfica frente a Irán. Azerbaiyán necesita a Israel por armas, tecnología y respaldo estratégico. Para Turquía, Azerbaiyán es la otra mitad de la fórmula “dos Estados, una nación”, unidos por una misma estrategia regional y como socio central en el proyecto de presión sobre Armenia. Hay tres vínculos cruzados, sostenidos por conveniencia, que ahora empiezan a chocar entre sí.

El reconocimiento israelí apunta a Turquía, pero no necesariamente rompe la relación de Israel con Azerbaiyán. Ese mismo Israel que ahora invoca un deber moral frente al negacionismo turco fue uno de los principales proveedores militares de Azerbaiyán, el Estado que atacó a Artsaj en 2020 y en 2023, provocó la muerte de miles de soldados armenios, bloqueó el corredor de Lachín y forzó el desplazamiento de toda su población. La memoria armenia no puede ser invocada contra Ankara y suspendida frente a Bakú.

Todos los reconocimientos son políticos. Uruguay reconoció el Genocidio Armenio en 1965 en un momento histórico determinado. Estados Unidos lo hizo después de décadas de presión comunitaria y cálculo estratégico. Argentina, Francia, Alemania, Canadá, Rusia y otros Estados avanzaron en distintos momentos, enfrentando la presión diplomática de Turquía.

Garo Armenian, un reconocido analista, interpretó la iniciativa israelí como una maniobra que expuso el talón de Aquiles de Turquía en el Cáucaso y obligó a Ankara a ponerse a la defensiva. También advierte que todavía no se sabe cuál será el texto final en la Knesset ni si la resolución señalará con claridad la responsabilidad del Estado turco como perpetrador del Genocidio. Armenian también recuerda que Israel está mostrando que la causa del reconocimiento sigue siendo una carta disponible cuando la necesita. Ese dato no puede separarse de lo demás: el gobierno de Netanyahu fue parte del andamiaje que hizo posible la ofensiva criminal de Azerbaiyán contra Artsaj.

Hay otro dato central a tener en cuenta y es que, durante décadas, Israel trabajó junto a Turquía para frenar el reconocimiento del Genocidio Armenio a nivel internacional. Hubo operadores, lobbies y gestiones diplomáticas coordinadas para frenar resoluciones, declaraciones o leyes. Sus emisarios incluso llegaron a Buenos Aires antes del reconocimiento argentino. Así de coordinadas funcionaban ambas cancillerías. Esa historia no desaparece por más que hoy la relación con Erdogan esté rota o parezca rota.

Hayk Demoyan, exdirector del Museo del Genocidio Armenio, también pidió mirar el tema con cautela. Para él, el reconocimiento tiene importancia, pero no debe generar una lectura ingenua. Recordó que Israel y Turquía mantienen desde hace décadas una cooperación estratégica en materia de seguridad que no fue anulada, aunque la pelea pública entre ambos gobiernos sea cada vez más dura. Si esa cooperación no se modifica, el reconocimiento puede incomodar a Ankara sin alterar demasiado los intereses que siguen funcionando por debajo.

Con Azerbaiyán ocurre algo similar. Bakú puede protestar, puede hablar de distorsión histórica, puede acompañar a Ankara en la negación, pero difícilmente rompa con Israel si sigue necesitando sus armas y su tecnología. Tel Aviv puede adoptar una posición histórica totalmente opuesta al relato turco-azerbaiyano sin que eso destruya la alianza estratégica con Bakú. Pero esa relación será más difícil de justificar cada vez que Azerbaiyán vuelva a alinearse con Turquía en la negación del Genocidio Armenio.

La incomodidad también llegó a Ereván. Consultado por una periodista, Nikol Pashinyan evitó saludar la iniciativa israelí y dijo que Armenia no veía necesidad de reaccionar porque no entrar en la “utilización como arma” del Genocidio Armenio responde a los intereses del país. El Primer Ministro ya había relativizado el valor de los reconocimientos internacionales al sostener que “muchas veces responden a motivos electorales de otros Estados y no necesariamente a los intereses del pueblo armenio”.

El silencio oficial armenio es difícil de explicar. Turquía y Azerbaiyán rechazan la iniciativa. Israel utiliza el tema contra Erdogan. El gobierno de Armenia, que ya había anunciado que el reconocimiento internacional del Genocidio no era prioridad, elige no pronunciarse para no irritar a Ankara y Bakú. Esa “prudencia” corre el riesgo de desarmar a Armenia y a los armenios frente al negacionismo de los mismos Estados ante los que intenta mostrarse moderado. Armenia no puede mirar desde afuera uana discusión de su propia catástrofe nacional.

El Consejo Nacional Armenio Mundial (CNA) fue más claro y contundente: saludó con reservas el avance israelí, recordó que falta la Knesset y advirtió que el reconocimiento no otorga inmunidad frente a otras verdades. Entre ellas, su complicidad en los crímenes contra la población armenia de Artsaj. Esa posición evita la trampa de la celebración ingenua y también la del rechazo automático. Reconoce el valor del paso dado, pero no entrega la memoria armenia a quienes quieren usarla contra sus enemigos coyunturales.

“La condición de víctima histórica no concede inmunidad moral”, sostuvo el representante de la FRA-Tashnagtsutiún local. Haber sufrido el Holocausto no autoriza a ningún gobierno a someter a otro pueblo al hambre, al desplazamiento y a la destrucción, decíamos en una nota editorial. Del mismo modo, reconocer el Genocidio Armenio no borra la responsabilidad de Israel en Gaza ni su papel en el desequilibrio militar que permitió a Azerbaiyán imponerse sobre Artsaj.

La memoria armenia no puede funcionar por conveniencia ajena. No puede servir para denunciar a Erdogan y callar ante Aliyev. No puede ser invocada contra el negacionismo turco mientras se ignora la limpieza étnica de Artsaj.

Si la Knesset reconoce finalmente el Genocidio Armenio, habrá una razón para decir que una deuda histórica empezó a ser saldada. También habrá que decir que esa justicia llega retrasada, manchada por décadas de silencio y rodeada de intereses que no son los de Armenia ni los de su diáspora.

La memoria armenia no es una herramienta para ajustar cuentas entre Estados. Debe ser una advertencia frente al negacionismo, la impunidad y la repetición de los crímenes. El reconocimiento será histórico si no queda reducido a una jugada contra Erdogan ni se detiene ante las responsabilidades de sus aliados.

Pablo Kendikian
Director de Diario ARMENIA

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