Mientras Armenia juega a ser europea, Putin estrangula su economía y fuerza que vaya al pie

Ninguno de los dos países quiere ceder, pero más temprano que tarde Ereván deberá comprender las ventajas de tener al Kremlin de su lado en la eterna pulseada con Ilham Aliyev, el “matón” del Cáucaso Sur.
Esta semana una nueva comunicación telefónica entre el primer ministro Nikol Pashinyan y el presidente ruso Vladimir Putin volvió a tensar las relaciones entre los dos países, abriendo un escenario incierto en las relaciones bilaterales, con previsibles consecuencias para Armenia, si la situación finalmente se saliera de cauce.
La situación no es nueva, viene con cuestionamientos cruzados entre ambos gobiernos desde hace al menos seis años, cuando el presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, dio la orden de disparar, sin previo aviso ni cambio del statu quo, artillería pesada sobre la República de Artsaj, gatillando así la Guerra de los 44 días en septiembre de 2020, en plena pandemia de Covid-19.
El punto es que cada nuevo movimiento de Armenia y Rusia parece alejar un poco más las posiciones. Lo que ninguna de las partes está teniendo en cuenta es un factor clave como es el tiempo, que como enseña la historia moderna del Cáucaso Sur, siempre golpea para el mismo lado.
No importa el momento o la circunstancia, la tensión latente entre Moscú y Ereván siempre termina beneficiando a los dos vecinos de Armenia al este y el oeste, Azerbaiyán y Turquía – que ahora se hace llamar Türkiye para que no le hagan bullying con aquello del pavo-, enemigos acérrimos y seculares, queramos o no, del pueblo armenio y de la existencia misma de la nación armenia.
El tire y afloje
Simulando un juego de suma cero, Pashinyan busca deshacerse de la influencia rusa, apostando a un vínculo con Occidente, traducido en la Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad (TRIPP) y una eventual futura membresía en la Unión Europea, creyendo, quizás ingenuamente, que el nuevo zar de Moscú, se quedará de brazos cruzados.
Algunos pasos en ese sentido ya se han dado, aunque falta una eternidad para que los siempre distantes y ventajistas países occidentales acudan en auxilio de Armenia, con la velocidad que pueda requerir una situación de amenaza existencial como la que, lamentablemente, le ha tocado vivir a Armenia varias veces en el último siglo y medio.
Por su parte, la histórica autocracia rusa -no importa de qué gobierno se trate, si de los zares, de los bolcheviques, el comunismo reformista de Gorbachov o esta seudo democracia de Putin- ha entendido hace tiempo que los métodos y las formas no pueden distraer a su país del objetivo central, que no es otro que mantener el férreo control de su “patio trasero”.
Para ello, Moscú no duda en golpear a los países considerados díscolos – fue Georgia en 2008, Armenia ahora, y ni que hablar de Ucrania desde 2022- con las armas consideradas más adecuadas en cada caso, a veces mandando tropas, drones y artillería pesada, otras estrangulando la economía, incidiendo en procesos electorales, o a través de acciones de sabotaje o espionaje, si fuera el caso.
Durante la charla telefónica que mantuvieron Pashinyan y Putin el pasado martes 28 de julio, el mandatario armenio le pidió al presidente ruso que tome medidas para resolver demoras de exportaciones y problemas vinculados al ingreso de exportaciones de bienes armenios a Rusia.
Llamativamente o no tanto, mientras en plena campaña para las elecciones parlamentarias del 7 de junio el candidato Nikol Pashinyan se jactaba del acercamiento inédito que se estaba dando con Estados Unidos y con la Unión Europea, “coqueteando” incluso con el inicio de un proceso de adhesión de Armenia como miembro pleno de la UE, la respuesta de Rusia fue tajante.
Apuntó a dos frentes, uno económico y otro político. Por un lado, dispuso cambios drásticos de la normativa fitosanitaria para frenar exportaciones armenias a ese país, como el caso de pescado, frutas, hortalizas o flores y presionó con forzar una fuerte suba de la tarifa del gas natural que le vende a Armenia.
Por otro, a sabiendas de la necesidad y dependencia de Armenia de los bienes que exporta a Rusia, aprovechando las ventajas que ofrece ser miembro de la Unión Económica Eurasiática (UEEA), como socio de Rusia, Bielorrusia, Kazajistán y Kirguistán, plantó en agenda un tema que parece ser una línea roja para Moscú: No es admisible que Armenia forme parte en simultáneo de la Unión Económica Eurasiática y de la Unión Europea, deberá optar por uno de los bloques, y la mejor forma es hacer un referéndum para que la propia ciudadanía se exprese en este sentido.
Justamente, ésta fue la respuesta de Putin en la reciente conversación telefónica. Pashinyan “la sacó al corner”, como se diría en lenguaje futbolero, aduciendo que la realización de un referéndum sobre la pertenencia a la Unión Europea en la República de Armenia solo es posible en la práctica después de que Armenia envíe una solicitud oficial a Bruselas para su membresía y una vez que este tema se vuelva relevante en la agenda política armenia.
Aliyev también juega
La anterior referencia al tiempo como un factor clave en las relaciones bilaterales armenio-rusas, no es casual. Mientras Pashinyan busca dilatar una definición, creyendo que de esa manera apacigua el malestar del mandatario ruso, el propio Putin sigue urdiendo la trama de su renovada simpatía por Ilham Aliyev, el presidente de Azerbaiyán.
Durante el Shusha Global Forum, que tuvo lugar el pasado 13 de julio en la ciudad ocupada de Shushí en Artsaj, Aliyev destacó que, tras la segunda guerra de Karabaj, las relaciones con Rusia adquirieron un nuevo nivel. No hay ningún armenio en el mundo que dude de eso, viendo cuál fue el rol que jugó Rusia en la caída de la República de Artsaj.
“Valoramos las relaciones con Rusia”, destacó el mandatario azerí, destacando la “dinámica muy positiva” del vínculo bilateral. Según analistas, esta dinámica se basa esencialmente en el comercio a través del corredor Norte-Sur, en el que Azerbaiyán juega como nodo clave de una red de tránsito que conecta el sur de Asia e Irán con Rusia.
Pero, además, el corredor es una vía de salida vital y rápida para los productos rusos, entre ellos gas natural y petróleo, un canal comercial determinante para que Moscú mantenga su empantanada ofensiva bélica en Ucrania.
Y como de intereses confluentes o contradictorios viven la política internacional y la diplomacia, también la Unión Europea o algunos de sus países miembros se metieron en este juego.
El factor alemán
Durante una visita de Aliyev a Alemania el pasado 21 de julio, el canciller alemán Friedrich Merz señaló: "Nos tomamos en serio la ampliación de las relaciones entre Alemania y Azerbaiyán. La cooperación en el suministro de petróleo y gas natural a través del Corredor Sur de Gas es de especial importancia, incluso en el contexto de la crisis en curso en Oriente Medio. Lo discutimos en detalle".
Es sabido que Alemania fue tal vez el país que más sufrió por la caída del suministro ruso tras la invasión de Ucrania.
"En cuanto al suministro de petróleo, puedo decir que el año pasado nuestro volumen total de comercio con Alemania ascendió a unos 1.500 millones de dólares”, señaló a su turno Aliyev.
“Azerbaiyán suministra crudo a nivel de varios cientos de millones de dólares y puede suministrar tanto como sea necesario, tanto a costa de las fuentes nacionales como a través de la división comercial de nuestra empresa energética SOCAR”, consideró el mandatario azerí.
Y agregó: “En cuanto al gas natural, este año empezamos a vender gas natural a Alemania. El año pasado, nuestras exportaciones totales de gas ascendieron a 25.000 millones de metros cúbicos. La mitad de este volumen se exportó a los países de la Unión Europea. Que yo sepa, se ha firmado un contrato de 10 años con empresas alemanas, y el volumen inicial es de 1.500 millones de metros cúbicos. Sin embargo, este volumen, por supuesto, puede aumentar”.
Mientras esto ocurren el Kremlin observa con desconfianza el abierto apoyo de Azerbaiyán a la integridad territorial de Ucrania, en sintonía con su política a favor de recuperar Nagorno Karabaj sobre el mismo principio. Además, el petróleo y el gas azeríes van a alimentar la matriz energética alemana y de otros países de la UE, que en parte termina en equipamiento bélico, que luego viaja a Kiev para sostener el esfuerzo bélico de Ucrania.
Un dato que Vladimir Putin no deja pasar y que Nikol Pashinyan haría bien en tomar en cuenta para tender puentes también con Moscú, sin dudas la potencia hegemónica en el Cáucaso Sur, quiérase o no.
Carlos Boyadjian