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La mirada del padre Gomidás

En el marco del merecido homenaje que se realiza en todo el mundo a Gomidás Vartabed por cumplirse en este 2019 150 años desde su nacimiento, la reconocida musicóloga argentina y armenia Alicia Terzian preparó un espectáculo de una calidad inigualable que brindó el 3 de octubre en la fundación Beethoven de esta capital, con la participación de músicos y cantantes de alto nivel artístico.

Todo el rico concierto pareció ser auspiciado por el propio padre Gomidás, cuyo rostro yacía en el fondo del escenario mientras los intérpretes lo llevaban a cabo.

Las palabras de Alicia Terzian fueron al mismo tiempo de admiración al maestro y de enseñanza para el público asistente. Así, en proporciones parejas fue contando el trabajo de recopilador cultural que desarrolló el homenajeado, los trastornos que padeció por ser víctima y testigo de la barbarie turca y fue explicando el reconocimiento académico que tiene en el mundo y el motivo por el que se considera a Gomidás como el padre de la música armenia. También encomendó al auditorio de origen armenio que debe ocuparse de que la figura del músico trascienda definitivamente las fronteras armenias y llegue al nivel mundial al que debe arribar por su propio merecimiento.

La música invadió las sensaciones más placenteras de la noche, llenando los rincones del teatro de sonidos y voces que inevitablemente nos hicieron recordar nuestra milenaria nación Armenia. En la misma nostalgia evocativa o evocadora, esa música maravillosa nos conectó con las impresiones personales que todos tenemos sobre el genocidio y nos sobrecogió con el recuerdo de nuestros mayores que ya no están con nosotros y que hubieran ido a aplaudir a Gomidás, a Terzian y a cualquier manifestación cultural armenia, llevándonos de la mano para que apreciemos lo rico y vasto de nuestro legado cultural.

Los temas de Gomidás tienen la virtud de que a medida que se ejecutan nos va creciendo la patria adentro hasta que se infla el pecho y nos llenamos del orgullo de pasar un momento armenio con nosotros mismos.

Todo eso pasó esa noche.

Pero a mí me quedó flotando por varios días la imagen de la mirada del padre Gomidás desde el escenario. Era una mirada plácida, calma, algo triste, seria, sostenida. Era una mirada que nos miraba. Yo sentí que esa mirada nos interpelaba y parecía decirnos, ¿y muchachos? ¿Para cuándo?

Guillermo Alejandro Karamanian

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