Azerbaiyán organiza su diáspora para el lobby y la confrontación

Azerbaiyán impulsa desde el Estado la organización de su diáspora en distintos países. Embajadas, funcionarios y organismos públicos participan de actividades destinadas a fortalecer a los azerbaiyanos en el exterior, difundir las posiciones de Bakú y trabajar especialmente con las nuevas generaciones.
Para sostener esa política crearon un Comité Estatal para el Trabajo con la Diáspora, que desarrolla programas, encuentros y actividades para azerbaiyanos residentes en otros países.
Para dar sólo un ejemplo, el 30 de marzo de 2026 realizaron en Rotterdam un acto organizado por el Consejo de Coordinación de los Azerbaiyanos del Benelux (Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo) y el Congreso de los Azerbaiyanos del Benelux. Allí participó el embajador de Azerbaiyán en los Países Bajos, Mammad Ahmadzada, quien años atrás fue el primer embajador azerbaiyano acreditado en la Argentina.
La reunión estuvo dedicada a lo que Azerbaiyán denomina el “Día del Genocidio de los Azerbaiyanos”, en referencia a supuestos acontecimientos de 1918. El interés del encuentro no estuvo solamente en esa conmemoración. Según la propia agencia estatal AZERTAC, los participantes hablaron de la necesidad de difundir esa interpretación histórica ante la comunidad internacional, transmitirla a las generaciones futuras, fortalecer la actividad de la diáspora y reforzar la unidad de los azerbaiyanos residentes en el extranjero. Ahmadzada, además, se refirió a las acciones realizadas por el Estado para lograr el reconocimiento internacional de esa narrativa. Es decir, no hace falta buscar intenciones ocultas: el objetivo ya está expresado públicamente.
Cinco meses después apareció otro ejemplo, esta vez en Estambul. El 12 de agosto se realizó una Cumbre de Líderes de la Diáspora Global en el marco de una reunión del Consejo Mundial de Negocios Turcos. Participaron funcionarios de Turquía y Azerbaiyán, entre ellos Valeh Hajiyev, primer vicepresidente del organismo estatal azerbaiyano dedicado a la diáspora.
Hajiyev no es un funcionario ajeno a la disputa con Armenia. En 2024 participó de un foro titulado “Retorno a Azerbaiyán Occidental” en Kars, organizado por el propio Comité Estatal para el Trabajo con la Diáspora, donde se habló de la “restitución de los derechos” de los llamados azerbaiyanos occidentales y de su regreso a sus “tierras históricas”, una formulación que Bakú utiliza para referirse a territorios de la actual República de Armenia. También escribió el prólogo de una publicación financiada por ese organismo que presenta a la actual Armenia como una antigua patria túrquica y acusa a los armenios de haber falsificado topónimos.
Hajiyev explicó además parte del trabajo que realiza Bakú: foros de médicos, ingenieros, científicos, artistas y otros profesionales azerbaiyanos que viven fuera del país y campamentos que reúnen cada año en Azerbaiyán a entre 150 y 200 jóvenes residentes en el exterior. El propósito declarado es fortalecer el potencial de la diáspora y estrechar los vínculos entre sus integrantes. La reunión colocó además esa política dentro de un marco más amplio de cooperación del llamado mundo túrquico.
Hajiyev definió la difusión internacional de las narrativas históricas de Azerbaiyán, entre ellas la de Khodjaly, y su transmisión a las nuevas generaciones como una de las tareas centrales de esa política de diáspora.
El modelo recuerda a otros procesos de construcción diaspórica. En un trabajo de investigación sobre la red de Fethullah Gülen se analizaba una estrategia de largo plazo para implantar comunidades turcas organizadas incluso en lugares donde esa presencia era escasa o prácticamente inexistente. Escuelas, asociaciones, redes profesionales y vínculos personales formaban parte de ese trabajo. El objetivo era crear, con el tiempo, una base social propia en los lugares de destino. En algunos países, esa estrategia incluía también la radicación de jóvenes, la formación de familias y la construcción gradual de vínculos locales que, con los años, permitieran consolidar una presencia turca propia.
La emigración azerbaiyana tiene su propia historia y responde a distintas causas. Lo que importa aquí es cómo el Estado trabaja sobre esas comunidades: las organiza, las conecta, forma a sus jóvenes y busca darles capacidad de incidencia en los países donde residen.
Esa política tiene una dimensión cultural y social, pero también una clara búsqueda de influencia pública. Las organizaciones de la diáspora participan en campañas, actos, declaraciones y contactos con instituciones y representantes políticos, en línea con las posiciones del gobierno de Ilham Aliyev. Esa disputa también se juega en las redes sociales: Azerbaiyán tiene antecedentes documentados de uso coordinado de trolls, bots y cuentas falsas para respaldar al gobierno y, en especial, para difundir contenidos sobre Armenia y Artsaj. Meta eliminó miles de páginas y centenares de cuentas vinculadas al partido gobernante y detectó otras operaciones relacionadas con el Ministerio de Defensa.
Ese despliegue no se limita a lugares donde existe una comunidad armenia numerosa. También aparecen en ciudades con una presencia armenia reducida. Eso permite que determinados relatos puedan instalarse allí con poca o ninguna respuesta.
Buenos Aires, Montevideo y Santiago de Chile todavía no aparece entre los principales escenarios de esa política de organización diaspórica, pero Azerbaiyán ya estudió el terreno. Como reveló Diario ARMENIA, en 2021, el AIR Center, creado por el gobierno de Ilham Aliyev, publicó un informe de inteligencia sobre la comunidad armenia de Argentina en el que identificó instituciones, dirigentes, apoyos políticos y su capacidad de incidencia en medios y organismos públicos. También analizó el papel de la diáspora armenia durante la guerra de Artsaj. La comunidad armenia argentina está, por lo tanto, claramente identificada dentro de la mirada que Bakú tiene sobre su actividad en el exterior. Que en estos países todavía no exista una estructura azerbaiyana comparable con las que funcionan en otras ciudades no significa que la región esté fuera de su radar.
La confrontación entre ambas comunidades tampoco es solamente teórica. Durante la escalada militar de 2020, las tensiones entre armenios y azerbaiyanos se trasladaron a distintas ciudades fuera del Cáucaso y hubo manifestaciones, contramanifestaciones e incidentes violentos. (ver recuadro)
La comparación con la diáspora armenia muestra una diferencia de origen que no debería perderse de vista. La diáspora armenia moderna se formó, en una parte sustancial, con los sobrevivientes del Genocidio Armenio y sus descendientes. Las iglesias, escuelas, asociaciones y organizaciones que levantaron en distintos países surgieron de la necesidad de reconstruir una vida después del exterminio y el destierro.
Azerbaiyán trabaja hoy sobre otro modelo. No crea desde cero la existencia de azerbaiyanos en el exterior, pero sí procura organizarlos desde el Estado, mantener su vínculo con Bakú y aprovechar esa presencia para proyectar sus posiciones internacionales.
La cuestión adquiere todavía más importancia cuando desde Bakú se impulsan conceptos como el llamado “Azerbaiyán Occidental”, que incluyen reivindicaciones sobre territorios de la actual República de Armenia y presentan incluso a la capital Ereván dentro de una narrativa histórica azerbaiyana.
Ahí aparece también una pregunta para Armenia. Frente a una política que cuenta con organismos estatales, embajadas, recursos y programas de largo plazo, ¿alcanza con las respuestas de organizaciones armenias dispersas por el mundo?
Turquía y Azerbaiyán conocen bien el peso que puede tener una diáspora organizada. Ilham Aliyev señaló públicamente al lobby armenio internacional, poniendo énfasis en el Consejo Nacional Armenio (CNA) como uno de los principales adversarios de Azerbaiyán, mientras Recep Tayyip Erdogan cuestionó en distintas oportunidades la influencia de las comunidades armenias de Francia y los Estados Unidos. Para Ankara y Bakú, esa capacidad de organización e incidencia nunca fue un dato menor.
Mientras Azerbaiyán trabaja desde el Estado para organizar, formar y proyectar a su diáspora, en Armenia, el gobierno de Nikol Pashinyan mantiene una relación cada vez más distante con varias de las estructuras históricas del exterior. Bakú, en cambio, intenta convertir a su diáspora en una parte activa de su política exterior.
La diáspora armenia ya tiene una red mundial construida durante generaciones. Frente a una política estatal como la de Bakú, debilitarla sería renunciar a una ventaja que Armenia ya posee.
Azerbaiyán ya llevó esa disputa fuera de sus fronteras. Está en universidades, medios, parlamentos, organizaciones sociales y trabaja con nuevas generaciones. Bakú parece pensar esa política a largo plazo y es eso es, justamente, lo que conviene seguir con atención.
La tensión fuera del Cáucaso
En distintos momentos de los últimos años, la tensión entre Armenia y Azerbaiyán se trasladó también a las comunidades del exterior. Durante la escalada de julio de 2020 hubo enfrentamientos entre armenios y azerbaiyanos en ciudades como Los Ángeles, Bruselas, Londres y Moscú.
En Los Ángeles, una manifestación frente al consulado de Azerbaiyán terminó con enfrentamientos físicos, varios heridos y una detención. La policía informó que también resultó herido un agente.
En Moscú, la violencia tuvo otras formas. Medios locales registraron ataques contra automóviles con matrículas armenias y agresiones a sus ocupantes. Más de treinta personas fueron detenidas por peleas y disturbios y también hubo denuncias de ataques contra comercios armenios.
La tensión llegó incluso al terreno económico. Comerciantes armenios denunciaron que un gran mercado mayorista de Moscú controlado por empresarios azerbaiyanos impedía el ingreso de productos procedentes de Armenia, en medio de un boicot que siguió a los enfrentamientos fronterizos.
También se registraron incidentes en otras ciudades europeas. En Colonia, por ejemplo, un grupo atacó un comercio de propiedad armenia en un episodio que la policía investigó como políticamente motivado.
Pablo Kendikian